El Domingo de la Palabra de Dios es una iniciativa profundamente pastoral con la que el Papa Francisco quiere hacer comprender cuán importante es en la vida cotidiana de la Iglesia y de nuestras comunidades la referencia a la Palabra de Dios, una Palabra no encerrada en un libro, sino que permanece siempre viva y se hace signo concreto y tangible. Cada realidad local podrá buscar las formas más adecuadas y eficaces para vivir de la mejor manera este Domingo, haciendo «crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura» (Aperuit illis, 15). Este Subsidio pastoral se propone como una ayuda que se ofrece a las comunidades parroquiales y a cuantos se reúnen para la celebración de la santa Eucaristía dominical, para que este Domingo sea vivido intensamente.
Pasados los ocho días del nacimiento del Niño, fue celebrado el rito del al circuncisión, mediante el cual él entró a formar parte del pueblo de elegido (cf. Gn 17,2-17)y se le impuso el nombre de “Jesús”, que quiere decir: “Dios salva”. Con el texto evangélico de esta fiesta que cierra la Octava de Navidad, celebramos además el título maravilloso de María “Madre de Dios”, título proclamado solemnemente en el 431 por el concilio de Éfeso, donde se sitúa la realidad del Niño como hijo verdadero de su madre terrena. Y a esta Madre, Lucas le atribuye la acción profunda de “meditar” cosas que le van pasando en relación con su Hijo. “Meditar” en realidad, significa literalmente en el texto original griego “poner juntos”: es la misma realidad concreta y un significado superior, una imagen inmediata y un valor espiritual, un dato de la experiencia y valor más íntimo que puede tocar las propias entrañas. María entones, “ponte juntos” como Madre, la Anunciación de su Hijo, el suceso de José que la recibió en su casa, la visita a Isabel su prima, el camino hacia Belén, su alumbramiento, la visita de los pastores…. todo al meditarlo pasa de lo simbólico normal al plano profundo de lo espiritual: superior y glorioso. Con su clara capacidad de asombro, ve a Dios en todas estas cosas, que lee como parte de ese proyecto divino que el Ángel le había ya anunciado. Ella como mujer y ahora como madre, llena de la gracia de Dios, se convierte en la “sabia” por excelencia que penetra en los secretos de los acontecimientos humanos intuyendo en ellos el designio admirable de salvación que Dios está realizando. Y ¿qué decir cuando le pone el nombre de Jesús”? ella seguramente ve no sólo el hecho de darle un nombre para identificarlo entre todos los hijos de Israel, sino para darle lo que le pidió el ángel y la misión que Él ya grande deberá consumar en su vida adulta. Para el evangelista sólo María adopta la postura del verdadero discípulo creyente, porque ella sabe guardar con sencillez lo que escucha y medita con fe lo que ve, para ponerlo todo en su corazón y transformar en plegaria la salvación que Dios le ofrece.
Con el relato del nacimiento del Hijo de Dios, narrado por Lucas que se leerá en la misa del “gallo”, nos encontramos con dos elementos opuestos y extraordinarios, la pobreza extrema con la que nace el Hijo de Dios acompañada por la manifestación gozosa del mismo cielo colmado de luz, de legiones de ángeles y coros celestiales. Y, es Belén, la ciudad del Rey David, la que sitúa el espacio físico, humano y espiritual del acontecimiento. Al Rey del cielo, a su llegada solo le acompaña su familia terrena, compuesta por esa pareja de esposos justos y pobres, y mas tarde unos simples pastores, sencillos y llenos de sincera admiración. Con su nacimiento narrado en sólo 14 versículos, Lucas nos señala que el Mesías que acaba de nacer, no tiene título, dignidad, ni poder y mucho menos dinero. En el Niño de Belén, los fieles reconocen al Señor del cielo y de la tierra, al que viene a salvarnos en el misterio de su Pascua. Es interesante notar que el arte oriental ha representado esta dimensión “pascual” solemne de la navidad de manera muy sugestiva: el icono ruso de la natividad perteneciente a la escuela Novgorod (siglo XV) representa al Niño envuelto en pañales y colocado en una pesebrera que tiene la forma del sepulcro de la Resurrección. Nace en verdad para salvarnos. Por eso los ángeles en su himno dan “Gloria a Dios” y suplican la “Paz” a los hombres. De este acto de total y plena bondad del propio Dios nace la paz, el Shalom del Antiguo Testamento. Es un concepto denso y ramificado, significa: bienestar, prosperidad, fortuna, totalidad, suficiencia, desarrollo pleno, satisfacción, serenidad, alegría, acontecimiento, tranquilidad. Es el ser total que con la Shalom divina, se ve penetrada por lo bello de la vida, por el bien y lo justo de todas las cosas. De allí que el saludo del pueblo de la antigua y nueva alianza se salude siempre con la “paz”. Que esta paz que tanto hace falta en nuestros días, se hoy un don que recibir y que ofrecer a los demás. Es un hermoso día inaugurado con esta noche santa, para volver a reconocernos como esos hombres y mujeres de “buena voluntad”, es decir, con los que Dios cuenta para construir un Reino hecho de amor y de paz, valores fundamentales para que la felicidad llegue a todos. Queridos lectores, tengan una feliz y santa Navidad.
El evangelio de este domingo termina diciendo en el v. 28, que Juan el Bautista desarrolla su ministerio en “Betania, en la otra orilla del Jordán”. Esto parece simplemente una alusión topográfica, pero no es así. El significado del mismo nombre del lugar, Betania, es “casa del testimonio”. Por lo tanto, esa frase dicha al final del texto refiere a un valor de alto sentido simbólico. El camino del Adviento invita a que cada familia, cada comunidad parroquial, vuelta a los caminos del Señor, sea una “casa del testimonio”. Todo parece tener sentido ya que antes de este final, han enviado a “una comisión” desde Jerusalén para preguntar sobre quien es Juan. Para el evangelista Juan, el Bautista no es un predicador, ni mucho menos un asceta, es por excelencia un testigo. Y el sentido de su testimonio, es que él no es el Mesías, pero con su comportamiento puede remitir a Él. Cada uno de nosotros a través de la conversión operada ya desde el domingo pasado, puede ahora por su conducta ser un “signo” útil, e incluso necesario que remita a Jesús. Cada uno puede y debe ser “signo” de Jesús para el otro, manteniendo la capacidad de desaparecer; exactamente como el Bautista. Y decimos signo, por que por ser signo no es algo definitivo.
Difícil el mensaje de este domingo ¿No es así? En esta nuestra realidad el estar llamados a ser testigos de una realidad superior, espiritual y santa, requiere una auténtica conversión, no hay para dónde. El ser testigo inicia con el ser buenos oyentes. De Juan el Bautista hay que escuchar, que Jesús ya está presente, aunque muchos no lo conocen, evidenciando que ese que no conocen es “la Verdad” que todos buscamos. Tema típico de la literatura del Antiguo Testamento que señala lo escondido que está la sabiduría, y cómo debemos buscarla sin cansancio hasta encontrarla. El camino del Adviento advierte que Jesús-Sabiduría de Dios ha salido a nuestro encuentro, dichosos los sabios que han dado con Él. En este domingo de la alegría porque el Señor está cerca, la Iglesia, es decir, todos nosotros debemos fruto de nuestro testimonio sobre Jesús, “Estar siempre alegres”. Cumplamos la invitación que San Pablo hoy nos hace.
Queridos lectores al inicio del nuevo Año Litúrgico les deseamos el mejor provecho de estos artículos que buscan el “gusto por la Palabra de Dios”. Deseo ponerles algunos antecedentes para todos los domingos de este tiempo de Adviento: escucharemos al evangelista San Marcos, luego los tres primeros domingos presentan la última venida del Señor, primero como redentor, como el que viene con poder y esplendor y luego el que es anunciado por Juan con todas su características. El último domingo ya está centrado en el nacimiento próximo del redentor de María Virgen. Con estas notas introductorias, entramos al Evangelio de este primer domingo. Su centro se basa en el verbo “vigilar” que es en la pequeña parábola la invitación del propio Jesús a hacerlo. Pero, ¿qué significa vigilar? Estar vigilantes no se trata solo de creer, sino de estar alertas. Todos tenemos la experiencia de esperar a un amigo a un familiar que tarda en llegar, lo que nos puede producir un poco de ansiedad. Vigilar por Cristo es mirar hacia delante sin olvidar el pasado. No olvidar lo que ha hecho Él por nosotros en la cruz del Calvario, por ello “vigilar” es aquí sinónimo de contemplación atraídos por la fuerza del amor inmenso del Redentor. Entonces con la invitación a “vigilar”, Jesús desea vitalizar a una comunidad para que no esté obsesionada con el deseo de conocer el final de los tiempos, sino que se preocupe por vivir y discernir tiempos y momentos en la escuela de la escucha de la Palabra de Dios y en su obediencia alegre y agradecida. Con la enseñanza final de la alusión a uno que se fue dejando a su portero que vigile para cuidar de su casa, podemos ver como esa referencia a su “casa” hace alusión a comunidad cristiana. Cualquier creyente es, en su fidelidad cotidiana al Señor, responsable de su cuidado y construcción. La vigilancia se caracteriza según el Evangelio, como “vigilancia de la casa”, de la que mientras espera a su Señor, el cristiano debe cuidar desempeñando la tarea que Dios ha confiado a cada uno. Y por lo tanto, la “Esperanza” es la virtud por excelencia del Adviento. Ésta nos hace mirar al mañana con confianza y valentía. Esta virtud en este tiempo especial se conjuga con la vigilancia y la laboriosidad. En la casa del Señor todos somos “siervos”, cuidamos como tales de su casa, sin pertenecernos a nosotros mismos sino a Él que por nosotros nacerá en Belén y más tarde morirá en la cruz del Calvario para luego resucitar.
Celebrando hoy el cierre del Año Litúrgico con la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, el texto evangélico de Mt 25, nos refiere una vez más al reino definitivo de Dios. Más de 160 veces aparece en el Nuevo Testamento la expresión “Reino de los cielos” o “Reino de Dios”, que está sin lugar a duda, en el corazón de la predicación de Jesús. Esta imagen nos lleva hacia una sociedad, la oriental, toda marcada por la estructura socio-política monárquica, desde donde la Biblia toma esta imagen representando así el señorío de Dios. Con el Evangelio de este domingo, se señala el desenlace final, por medio del cual aparecerá el Reino definitivo de Dios en su Cristo. En esta ceremonia ya no aparecen las delegaciones oficiales de nobles y poderosos, y aparecen los justos, los que fueron solidarios con los enfermos, los presos, los hambrientos y los pobres. El cortejo real lo encabezan un cortejo de sencillos, ligados no al poder, sino al amor. En la realidad humana los reyes, los príncipes y jefes, casi nunca llegan a reinar sin antes no hacen morir a alguien; Cristo es el rey que se entrega Él mismo al martirio, para ofrecer de sí mismo la verdadera y genuina riqueza de su Reino, así lo señaló en algún momento a sus discípulos: “Los jefes de las naciones las dominan y los grandes ejercen el poder sobre ellas”, pero en el Reino mío, podría decir Él mismo: “no es así; el que quiera ser grande hágase siervo, y el que quiere ser el primero sea el último de todos” (Mc 10,42-44). Con esta parábola una vez más Jesús, nuestro Rey, el “Pastor grande de las ovejas y guardián de nuestras almas” (Hb 13,20), nos advierte el destino último que nos espera y nos invita a la elección decisiva para su proyecto de salvación. En efecto, en la tarde de la vida y de la historia, Cristo entra en escena como el rey que desata el ovillo del bien y del mal, que hace brillar el trigo separándolo de la cizaña para quemar, que revela la verdadera oveja de su rebaño alejándola del cabrito, símbolo de la violencia y el orgullo. A las primeras les espera el camino abierto por Cristo hacia su Reino, es decir, de la plena comunión con Él; a los otros queda sólo el silencio de la muerte y las tinieblas.