“Un tesoro escondido…” (Mt 13,44-50 – XVII Domingo del Tiempo Ordinario)

“Un tesoro escondido…” (Mt 13,44-50 – XVII Domingo del Tiempo Ordinario)



Hoy siguiendo el capítulo 13 de Mateo volvemos a escuchar como los dos domingos anteriores el mensaje en parábolas: el tesoro escondido bajo tierra, la perla de gran valor y la red llena de peces. Escuchando o leyendo atentamente el texto comprendemos que las dos primeras parábolas tienen un único sentido, el tesoro y la perla de gran valor, tienen en la mentalidad popular y en el mundo de las leyendas, algo de extraordinario, algo de incalculable riqueza que hay encontrar para terminar con todos los problemas de la vida. Descubrir estas riquezas sería la máxima de todas las sorpresas imaginables por el ser humano. Pero hay algo más profundo en ellas, cualquier persona sería capaz de perder todo lo que tiene, incluso su alma por poseer el campo donde está el tesoro o la perla preciosa. De aquí viene entonces la maravillosa explicación: si se quiere conquistar el Reino de los cielos, es decir, entrar en vida entretejida de los valores espirituales, hay que tener la misma prontitud de decisión y la misma radicalidad de renuncia por ese valor supremo. 
Jesús de manera indirecta apunta a esas muchas veces en que los buscadores de tesoros como los mercaderes de piedras finas, se han cansado hasta el límite sin encontrar lo que realmente buscaban, es más, han invertido toda su vida grandes esfuerzos humanos y material y al final se han quedado con las manos vacías y el ánimos interiores enfrentados con la pena y la decepción.
La tercera parábola contada por Jesús, relaciona el tema de los pescadores que durante horas navegan en el mar de Galilea, y que al final del día sacan una gran red cargada de peces. Al desembarcar pues se dedican a la tarea de sacar los peces Kasher, es decir “puros”, y los otros, los que no tienen escamas visibles prohibidos en las mesas hebreas por una norma del libro del Levítico 11,10. Tal acción de los pescadores, asemeja al día final de la historia cuando Dios haga el balance final entre los hombres, separando los que han alcanzado la perfección por su buenas obras y los que no llegaron ni siquiera a lo mínimo necesario.
Cuanta enseñanza hay para nosotros, todavía hoy, en las palabras de Jesús; su manera de ver las actividades humanas y su gusto pedagógico para sacar de ellas lecciones de vida, nos siguen hoy en especial en este domingo, llamando al camino de la genuina conversión. Hay que realizar en esta vida acciones profundamente radicales para alcanzar el tesoro escondido y comprar la perla preciosa. Constatación ésta que le hizo al propio Jesús asegurar que sólo los violentos alcanzarán el Reino de Dios. Violencia tal que no se dirige en contra del prójimo y asume amenazas físicas contra la vida, sino una violencia típica de quien quiere ser mejor, de quien quiere alcanzas las promesas de Jesús, de quien quiere dejarlo todo para encontrar la verdadera vida. Aceptando claramente que sólo pueden optar por este camino quienes han encontrado a Jesús, como bien lo señala las cinco letras de la palabra pez, que desde sus orígenes tuvo un simbolismo cristiano desde los orígenes. En efecto pez en griego se dice: ictus. Desde la cual se leerá el acróstico de una bella profesión de fe: “Jesus Christóas Tehoú Uiós Soter”, “Jesucristo Hijo de Dios Salvador”. Sólo si Jesús es para nosotros el Hijo de Dios que ha venido a salvarnos, podremos entender el precio radical que hay que dar por alcanzar es salvación definitiva.
Preguntas: ¿Hasta el momento que violencia me he hecho por merecer el Reino de Dios? ¿Qué estaría dispuesto a perder por ganar una vida de mejor relación con Dios?

“Un tesoro escondido…” (Mt 13,44-50 – XVII Domingo del Tiempo Ordinario)

“Y mientras sembraba….” (Mt 13,1-23 – XV Domingo del Tiempo Ordinario)


Estando Jesús sobre la barca en el lago de Galilea o Genezaret, usándola como un púlpito, pronuncia a viva voz el maravilloso discurso en parábolas que hoy iniciamos a leer. Con las parábolas Jesús gusta de partir su enseñanza con signos concretos de la vida llevándolos a ulteriores y altísimos significados.  Hoy nos propone el simbolismo agrícola clásico: el de la semilla y el sembrador. Refiere a la arcaica manera de sembrar con la que el campesino palestino, a manos llenas tiraba la semilla sobre los terrenos raramente fértiles. Sólo después pasaba por donde era posible el arado que hacía penetrar la semilla en la tierra. Las situaciones precarias del clima, de los terrenos llenos de piedra o de vegetación con zarzas impedían el desarrollo pleno de la semilla. Sin dudar que habían terrenos fértiles aunque no eran en gran cantidad, producían mucho fruto.  Ante el ingreso al mundo de la “Divina Semilla” aparecen las realidades de los terrenos, apuntando que la falta de fecundidad que al final es el tema central del mensaje, no se debe a la semilla ya que ésta es de buena calidad por excelencia, tampoco es la culpa del sembrador, pero sí de los suelos. El aparente fracaso de la gran mayoría de las semillas lanzadas debido a las grandes extensiones de terreno árido y estéril, no puede hacernos suponer que todo está perdido; porque por otro lado, está la sorprendente abundancia del fruto que brota de la minoría de las semillas y de las áreas fértiles. La Palabra de Dios, que es esa semilla bajada del cielo y fecundada en nuestra historia, es como lo señala el profeta Isaías en la primera lectura “Lluvia que baja del cielo y no regresa allí sin haber irrigado la tierra, sin haberla fecundado y hecha germinar para que dé la semilla al sembrador y pan para comer” (55,10-11). Ella se encuentra sin lugar a duda con la indiferencia, la hostilidad y el rechazo; pero no por eso se desanima o se detiene en su proceso. Al contrario: ¿No es fuerte como el fuego y dispuesta a romper hasta las rocas como un martillo, según la célebre imagen de profeta Jeremías? (23,29). En efecto, ella siempre produce el éxito final.  Esa buena tierra, no son más que los pobres y sencillos, los pequeños y pecadores arrepentidos que acogen con agrado y decisión la “Buena Semilla”, permitiéndoles en su vida una auténtica conversión que es el fruto al que lleva la Palabra de Dios.
La parábola es por tanto un llamado a la confianza y a la esperanza que todos debemos tener ante la “Nueva Evangelización”, ella es una fuerza oculta bajo el manto pobre y débil de los obreros de esta nueva hora de la misión de la Iglesia, que ante su aparente fracaso no deben detenerse o perder el ánimo. La parábola dirigida a los evangelizadores, es decir, a toda la Iglesia, es además la invitación a ser terrenos fértiles y fructuosos para la Palabra de Dios que han recibido. Isaías también como si escribiera para el hoy de la historia ha sabido decir: “Ese tronco será semilla santa” (6,13). ¡Jesús, Palabra de Dios encarnada, hará por su santidad siempre fecundo el trabajo del sembrador!
Preguntas para la meditación: ¿Vivo y me alimento de la Palabra de Dios? ¿Qué tipo de terreno soy ante la semilla divina?

“Un tesoro escondido…” (Mt 13,44-50 – XVII Domingo del Tiempo Ordinario)

“JESÚS: Alivio para vuestras almas” (Mt 11, 25-30 – XIV Domingo del Tiempo Ordinario)


Queridos lectores evangélico de hoy parece ser más bien una “joya” del evangelio joánico, recogido por san Mateo. Se trata de un himno, que comienza bendiciendo a Dios por los destinatarios de la revelación divina. El estilo solemne, la fuerza de las palabras y su riqueza teológica se acerca más a la oración sacerdotal del capítulo 17 de Juan.  Para comprender este texto, hay que ver los versículos precedentes y los siguientes. En lo versículos anteriores, Jesús sufre la indiferencia por parte de las prósperas ciudades de junto al Lago de Tiberíades: Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Y, en los versículos siguientes, el rechazo al Maestro es por parte de las altas clases intelectuales, del sacerdocio y de la aristocracia hebrea. Razones más que suficientes para declarar que Dios ha rechazado a éstos que le rechazan a Él y ha elegido a los pobres, a los sencillos y marginados, que han abierto de par en par las puertas de su corazón a su mensaje. Este himno tiene una estructura en tres estrofas. La primera se enmarca en una “bendición”, que brota del agradecimiento a Dios por la elección que Él ha hecho. La segunda estrofa se orienta hacia la figura de Cristo tal y como los perciben los pobres. Todo se apoya en el verbo “conocer”, un verbo que para la Biblia y la mentalidad semita, indica una plenitud de intimidad y amor. ¿Quien “conoce” a Dios?, si no el Hijo, es decir, Jesús. Es Él el único que puede poseer por “conocer” a Dios, todo lo que Dios es. Y la tercera estrofa, que prolonga la oración de Jesús, es un llamado a que todos los cargados y agobiados descansen en Él. La imagen del “yugo” que Jesús usa, se usaba en la tradición judía para indicar la Ley y sus exigencias, impuestas por el Señor a Israel. Jesús lo propone no cómo peso e imposición, sino más bien como algo “dulce” y “suave”, aunque no le quite sus exigencias.  El hoy de ese texto es para nosotros, no invita a comprender que los verdaderos discípulos de Jesús, son los que se abandonan a Dios, descartando los cálculos matemáticos de sus propios intereses humanos, cargados de un empobrecedor egoísmo, que maltrata y destruye toda forma de felicidad y descanso del alma. Esta es la pobreza evangélica: El despojo total de las ansias incontroladas de querer tener y querer ser más que los demás, en la lucha continúa por esos anhelos desmedidos que gastan y cargan pesadamente la propia conciencia y malogra hasta los más bellos sueños de amor y de entrega.

No por nada, el Maestro ha dicho: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas”. El acento hay que ponerlo en que la mansedumbre y la humildad radican no en la apariencia del querer ser y tener del Hijo de Dios, sino en el lugar mismo de todas sus decisiones: el Corazón. El acento hay que ponerlo en la palabra “descanso”, porque en verdad quien decide desde el corazón, teniendo un corazón aquilatado por la mansedumbre y la humidad, solo puede vivir de la paz que le da descanso verdadero. Y de esto Jesús es el modelo y el principio de toda sabiduría para buscar la verdadera felicidad y la verdadera paz, al llevar su “yugo” que es en efecto “dulce”, es más podríamos decir: “dulcísimo”, sin empalagar.

“Un tesoro escondido…” (Mt 13,44-50 – XVII Domingo del Tiempo Ordinario)

“No tengan miedo…” (Mt 10, 26-33 – XII Domingo del Tiempo Ordinario)


Continuamos este domingo el discurso misionero del capítulo 10 de Mateo. Éste partiendo seguramente de la experiencia de su comunidad eclesial sometida a fuertes embates por parte de la sinagoga judía, delinea la figura del apóstol como de un “confesor de la fe”, como la de un verdadero “mártir”, es decir, un testigo valiente del Reino de Dios.  Tal discurso de Mateo, les ayuda a comprender lo difícil de la situación de su tiempo para los discípulos del Nazareno, muerto y resucitado, se trata de persecuciones, cárcel y hasta la pena capital. Pero en esta tempestad, resuena de manera repetitiva el imperativo dado por el Señor: “¡No tengan miedo!”. El discípulo “debe continuar su peregrinación entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios”, como escribía San Agustín en su obra La Ciudad de Dios. El discípulo como seguidor de Jesús debe entrar en un discipulado, que lo traduce como en una forma alternativa, en la que se puede asumir el rechazo y la persecución sin sucumbir al temor o a la tentación de renegar a Jesús. Para Mateo, el “discípulo” es sustancialmente un sinónimo de “cristiano”. Este es el gran mensaje para este domingo.  La primera lectura de Jeremías junto al Evangelio, desarrollan la atmósfera de la vivencia cristiana: serenidad y confianza. Y, es que la situación de quien anuncia es la de una oveja que está entre los lobos. Imagen que evidencia la asociación de los discípulos al misterio de la cruz, revelación de la gloria de Dios en la historia de la contradicción del hombre. Por una parte se sabe la necesidad de la muerte de la semilla para que dé fruto; de la vida difícil del cordero en medio de los lobos, aunque sabiendo que su sacrificio es el camino a la victoria. Los lobos pueden matar el cuerpo, pero el cuerpo no es la vida: viene de la tierra y a la tierra regresa. ¡Por eso no se debe temer! El temor del Dios, Señor de todo, es el principio de la sabiduría (Sal 111,10) y por ende quien vive así: expulsa todo miedo, todo temor. Confiar en Dios es el destino del auténtico discípulo, la comparación de los pajarillos o los pelos de cabeza, consolidan la piedra firme en que se apoya el discípulo y su ministerio. Los Hijos de Dios están sostenidos por las manos de un Padre, que se preocupa por seres tan pequeños como los pájaros, confirmando así su preocupación sin duda, sobre el hombre, obra de sus maravillosas manos. Pensar que Dios no se preocupa por nosotros, es un auténtico sin sentido para la vida.
Propósito de la Semana: Buscaré alguna lectura sobre los nuevos mártires de la Iglesia.

“Un tesoro escondido…” (Mt 13,44-50 – XVII Domingo del Tiempo Ordinario)

“Dueño de la mies…” (Mt 9,36-38.10,1-8 – XI Domingo del Tiempo Ordinario)


Cuando el Papa Francisco señaló que somos una Iglesia en “Salida”, sin duda tiene presente el Evangelio de hoy domingo, que trata de la primera “salida” misionera, narrada por Mateo: «Vayan y enseñen a todas las naciones…» (Mt 28,18). Los contenidos de la misión están bien ilustrados y se sintetizan en tres puntos fundamentales: el empeño por la caridad, curar a los enfermos y expulsar a los demonios. El empeño de Jesús ahora se hace misión para sus discípulos, encaminados a llevar su Palabra con sus labios y realizando las obras que esas mismas palabra de Jesús operan en los que la reciben según sus necesidades. La misión a la que les envía no es un acto de proselitismo o de propaganda, como a menudo sucede en algunos grupos religiosos, sino un testimonio de amor y un servicio para todos los hombres. Hechos y palabras, curaciones y discursos, salvación y evangelio fueron los componentes de esta misión terrena de Cristo y deberán serlo, como hemos dicho, también para los discípulos. El contenido del mensaje es el mismo de la predicación de Jesús: la cercanía de Dios y la irrupción de su Reino, para lo cual Cristo es el que inaugura tan gran acontecimiento. En esta narración vemos que la misión se limita a las “ovejas perdidas de Israel”, pero solamente después de la Pascua enviará a los discípulos a “enseñar a todas la naciones”. Jesús no quiere una comunidad adormecida en sus propias comodidades, sino abierta y en salida a la misión, que salida al encuentro de todo ser humano, sumergido en una cultura particular y en una geografía que la encarna en toda su realidad. Viendo todo este progreso pastoral de la llamada de Jesús, concluimos que la misión no es un conquista  sino un servicio, un gesto de amor. No es una propaganda sino un anuncio cargado de testimonio. Por ello la Iglesia debe conservar esta fidelidad en la proclamación del Kerigma, es decir, de este primer anuncio de Jesucristo muerto y resucitado, entendiendo así las palabras de San Pablo: “Nosotros, en efecto, no nos predicamos a nosotros mismos sino a Jesucristo el Señor” (2Co 4,2.5). La llamada a la Iglesia de todos los tiempos implica el evitar todo estancamiento en sí misma, abriendo las puertas del mundo, siendo solidaria con las esperanzas y las necesidades de todos los hombres, a quien se ven como hermanos, llamados a la misma herencia que en Cristo todos somos convocados como co-herederos del Reino de los cielos.
Propósito de la semana: Acompañaré a los misioneros de las parroquias a alguna visita programa y luego haré un rato de oración, pidiendo «al dueño de la mies, envíe operarios».