“!Señor, no sabemos a dónde vas¡” (Jn 14,1-12 – V Domingo de Pascua)

“!Señor, no sabemos a dónde vas¡” (Jn 14,1-12 – V Domingo de Pascua)


Ya desde el inicio de nuestro comentario al texto sagrado del Evangelio de este domingo, comprendemos que se trata de una “auto-revelación” de Jesús. El marco espacial que se nos revela, es la Última Cena, se trata de los discursos de despedida de Jesús, narrados solamente por el evangelio de Juan. Llama profundamente la atención la articulación armoniosa con la cual el evangelista nos va llevando a una cumbre teológica, rica de declaraciones fundamentales como la de hoy: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Su explicación profunda pero sencilla afirma, para quienes acompañan a Jesús, que Él es el “camino” que nos conduce al Padre, a través de la “verdad” de su revelación, que es el Evangelio, y finalmente Él nos hace llegar a la “vida” verdadera en la unidad con las tres personas divinas. Jesús es pues, el comienzo y la meta de todo vivir humano, es el fundamento y la bóveda de la Iglesia de Dios, es su base terrena y su vértice más alto que toca y traspasa los cielos.  Sentados a la mesa, los discípulos escuchan atentamente a Jesús, Tomás apodado el Dídimo (que en griego significa el “gemelo”), ante las palabras de despedida de Jesús, cuando él afirma que tiene que hacer el viaje hacia la casa del Padre, lenguaje simbólico de un palacio celestial, que indica la comunión de Jesús con Dios, después de su muerte, Tomás se atreve a pregunta: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino”? La respuesta de Jesús esta cargada de poder: sólo siguiendo el Evangelio, por Él anunciado y que se ha encarnado en Él, es como encontrará el camino de la vida plena y perfecta, el camino para llegar a esa realidad donde estará Él. Desde tiempos muy antiguos el término “camino (Derek en hebreo)” se utilizó en sentido figurativo para referirse a la actividad humana en general. En Israel, los profetas, como los Salmos y los libros de la corriente sapiencial, enseñaron que los “caminos del YHWH” eran sus mandamientos. Los “caminos” que seguía el pueblo llevaban a la muerte, mientras que los de YHWH conducían a la vida. En el Nuevo Testamento, especialmente en el libros de los Hechos de los Apóstoles, también la comunidad cristiana primitiva se auto-designo como “el camino” porque se entendía a sí misma como una forma de vida que tenía su razón de ser en el acto salvador realizado en Cristo. Hoy podemos constatar entonces, que Juan lleva a su punto más alto esta idea, al afirmar que el “Camino” es Jesucristo. Jesucristo es el Camino porque Él es la verdad. La Verdad (alètheia) en sentido platónico “es la realidad suprema, la del mundo de las ideas, de lo divino”. Pero en este sentido bíblico de debe relacionar con los escritos sapienciales y apocalípticos, en los que se indica la revelación de los misterios divinos. Jesucristo es la revelación del Padre, y en Él se verifica el acto salvador del Padre. Igualmente Jesucristo es la Vida. La vida (zòè=vida eterna) es propia de Dios y está en el Logos (Jn 1,4). Comprendemos entonces que Jesús no ha venido sólo a proclamar la vida que Dios quiere ofrecer a los hombres, sino que Él es la Vida de Dios que se hace presente en este mundo

“!Señor, no sabemos a dónde vas¡” (Jn 14,1-12 – V Domingo de Pascua)

“Mientras ellos hablaban y discutían, Jesús se les acercó” (Lc 24,13-35 – III Domingo de Pascua)


El tercero de los siete domingo de Pascua tiene una de las más extraordinarias páginas del Evangelio de Lucas, la de Emaús, que es la gran catequesis post-pascual para quienes se preguntan: ¿Verdaderamente ha resucitado Jesús?  La trama de este Cristo resucitado la extiende Lucas sobre una escena en cuatro actos. La primera la encontramos en los versículos del 13 al 18, que refiere a dos discípulos que van “en camino, discutiendo entre ellos, con el rostro triste”. Uno de ellos se llama Cleofás y el otro un desconocido. Ante el desconsuelo de lo que ha acontecido días atrás en Jerusalén, sólo resta eso, hablar de lo que ha pasado en términos de conformidad y resignación. Pero aparece un tercer caminante que se une a ellos y que no se sabe quien es. La segunda escena la encontramos en los versículos del 19 al 24. De desarrolla el drama, porque ellos le advierten al peregrino que les acompaña por el camino, cómo ellos habían puesto su esperanza en Jesús de Nazaret, “un hombre poderoso en palabra y obras”, pero que al final todo ha sido un fracaso, “nuestros sacerdotes y nuestros jefes lo crucificaron”, visiones de mujeres dicen que ángeles han visto… pero todo se queda aquí. Preparada la escena para lo que viene, entramos al tercer acto, en los versículos 25-27, el acompañante abre su boca de nuevo y comienza a explicar todo lo que concernía a ese Mesías crucificado, desde la misma Escritura: “comenzando por la Ley y siguiendo por los profetas”, les fue explicando todo. Se trató cómo el de ir abriéndoles los ojos del corazón para comprender las Escrituras, en relación a ese Jesús que ya según ellos yace en las redes de la muerte. Y, la meta espacial ha llegado, Emaús. Pero con el cuarto acto en los versículos 28 al 35, se llega también a la meta espiritual. Los gestos de esa cena, ya que lo han invitado a quedarse porque la tarde ha caído, en esa modesta casa de Palestina, son sustituidos por Lucas, casi en disolución, por los gestos de otra cena, la de la última noche de Cristo: “Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio”. Ante el pan eucarístico fraccionado “sus ojos se abrieron y lo reconocieron”. La chispa de fuego que ardía en sus corazones mientras les hablaba por el camino, se convirtió ahora en un incendio que devoraba. Al reconocerlo en la fracción del pan, llegaron al convencimiento que da la fe… Ya sabemos que en la Biblia el verbo “reconocer” es el verbo de la fe.  La catequesis fundamental responde a la pregunta: ¿dónde está el resucitado? Lucas lo afirma con las dos frases: “Empezando por Moisés y los profetas les explicó todo lo que se refería a Él en todas las Escrituras” (v.27) y “Tomó el pan, lo partió y se lo dio” (v. 30). En verdad, son los dos momentos de la Eucaristía: la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística. Está Jesús en la Palabra y  en el pan de vida. 
Propósito de la semana: Trataré de participar de la Santa Eucaristía las veces que pueda esta semana.

“!Señor, no sabemos a dónde vas¡” (Jn 14,1-12 – V Domingo de Pascua)

“Ha resucitado de entre los muertos…” (Mt 28 – Domingo de Resurrección)


¡Felices Pascuas de Resurrección! No puedo menos que iniciar nuestra reflexión, ofreciéndoles con toda la vitalidad de esta jornada el mejor saludo que se puede hacer en todos los tiempos. ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Se trata de experimentar como la luz de sol que nace de alto, que sale victorioso de la oscuridad de las tinieblas, hoy domina, reina e impera. De este día glorioso se ve iluminada toda la vida de la Iglesia y su liturgia espiritual. Se puede comparar a la vitalidad y la necesidad que se tiene del sol para cada día de la vida humana. No por nada los domingos, día primero de la semana, con su carácter pascual, tanto en inglés como en alemán, se llama literalmente “día del sol”.  Este día narrado hoy por el evangelista con la visión del enviado celestial que mueve la piedra sepulcral y se sienta sobre ella, revela de manera categórica que Dios ha vencido a la muerte, tanto como el sol vence a las tinieblas. “¡Ha resucitado!” expresa el ángel a las mujeres. “¡Ha resucitado de entre los muertos!” (Mt 28), esta es la verdad que se anuncia. Si el reino de la muerte hasta ahora era poderoso, Cristo “al morir, le quitó su poder al que reinaba por medio de la muerte, es decir, al diablo. Liberó de este modo, a los hombres que, por miedo a la muerte, permanecían esclavos en todos los aspectos de su vida” (Hb 2,14-15). Al morir pues, Jesús entró en ese reino, y como bien lo señala la tradición hebrea narrada en la Biblia, la tumba como el signo de los infiernos y de la muerte, ahora está vacía, no porque se hayan robado el cuerpo del difunto, sino porque a éste Dios lo resucitó al tercer día, y quiso que se apareciera a los testigos elegidos por Dios” (Primera lectura Hch 10).  En la catequesis que Pedro da al centurión de Cesarea, Cornelio, el primer pagano convertido al cristianismo, según los Hechos de los Apóstoles, aparece la mención del “tercer día”, que después de la muerte de Jesús, será el día nuevo de la nueva humanidad. También Pablo, en el más antiguo “credo” cristiano, citado en la primera carta los Corintios (15,3-5), recuerda que “Cristo resucitó al tercer día según las Escrituras”. En la Biblia “tercer día” no es tanto una indicación cronológica, sino más bien el signo de una fecha decisiva y definitiva. Cristo resucitado, está pues definitivamente en el “tercer día” de la eternidad, está allá arriba sentado a la derecha del Padre. Él es como ese “sol perfecto del día sin ocaso” como canta la liturgia.  Hoy como las mujeres y los discípulos debemos correr hacia la tumba de nuestro Señor, no cómo el que visita la tumba de un ser querido, sino como el que busca la realidad del misterio pascual: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!

“!Señor, no sabemos a dónde vas¡” (Jn 14,1-12 – V Domingo de Pascua)

“¡Lo despojaron del manto y lo llevaron para crucificarlo!” (Mt 26,14-27,66 – Domingo de Ramos)

La lectura de la Pasión el domingo de Ramos, tiene un origen muy antiguo. Siendo el inicio de la Semana Santa quiere impregnar la espiritualidad del “seguimiento”, ya que a través de los muchos personajes que van apareciendo en el camino de cruz, desea suscitar a quienes estamos escuchando tan maravilloso texto sinóptico, a vivir algunas de las características de ellos en nuestro encuentro con el Nazareno durante esta semana.  Nos enseñan los textos de este domingo que la salvación no pasa a través de caminos triunfales, sino por el camino que todavía hoy en Jerusalén se llama “Vía Dolorosa”: que va desde un tribunal hasta un lugar de ejecución capital , para terminar en un sepulcro.  Los dos capítulos de Mateo (26-27) que hoy se leen están articulados sobre seis escenas que se siguen unas a otras inmediata y dramáticamente, pero que reúnen en sí un mensaje y una semilla que morirá y florecerá. La Cena Pascual inaugura el memorial nuevo de un sacrificio que hará presente su vida en medio de su pueblo. En Getsemaní Jesús es el modelo del perfecto orante que experimenta la “agonía” que en griego señala la lucha del atleta que sufre para ganar la corona, aquí Jesús combate entre su voluntad y la de su Padre, triunfando esa voluntad del Padre en quien Jesús se complace plenamente y por la que alcanzará la gloria como recompensa. En el arresto Jesús reafirma su amor por el perdón y la no-violencia. El proceso judío está dominado por la última revelación mesiánica y divina de Jesús delante de su pueblo: “De ahora en adelante veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios y venir sobre las nubes del cielo”. El proceso romano sanciona la elección de la muchedumbre de Jerusalén y revela la indiferencia de Pilato, pero también la simpatía de su mujer (aparecen aquí los paganos). La escena de la crucifixión está convocando a todo el cosmos con sus fuerzas (tinieblas y terremoto), al presente de la humanidad que blasfema y se burla del Salvador, anticipando por igual a la Iglesia de los primeros tiempos que reconoce al Mesías crucificado como Hijo de Dios en la confesión del centurión. Presentando finalmente a la humanidad liberada por fin de todas las ataduras, incluso la de la muerte al señalar que los muertos surgen de sus sepulcros. Desde hace dos mil años, venimos seguramente de una manera u otra, siguiendo los pasos del que recorrió con sus pies ensangrentados, la historia del “Mártir del Gólgota”, o la del “Jesús Nazareno”, como queramos llamarla, que refiere no a una letra muerta que quedó plasmada en la memoria de sus seguidores, sino al misterio mismo de la Encarnación por medio de la cual, el verdadero y único Hijo de Dios Altísimo, cayó en tierra y murió, para dar posteriormente fruto de abundante eternidad.

“!Señor, no sabemos a dónde vas¡” (Jn 14,1-12 – V Domingo de Pascua)

Lázaro, ¡Ven afuera!” ( Jn 11,1-45 – V Domingo de Cuaresma)



Este domingo es la gran antesala de preparación a la Semana Santa, llegando por igual al vértice de nuestras liturgias dominicales. Se trata de la esplendida escena de Betania, “el pueblo de Lázaro”, como todavía se llama hoy en árabe. Recurriendo al diálogo, estilo favorito en Juan, está Jesús y María la hermana del amigo muerto, hablando no de lo bueno que ha sido el difunto en vida y de la falta que hace en familia; sino del trasfondo que para ella mujer creyente en Jesús, concibe ahora la muerte de su hermano: “Si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto…”, le dice a Jesús. Parece que ésta es la expresión álgida que hace que Jesús eleve su espíritu y la conduzca a la profundidad de su mensaje de vida, “Tú hermano resucitará”. Si la Palabra de Dios al principio de la creación, reafirmaba la condena del “Mot tamut”, “ciertamente morirás”, en Jesús el Hijo del Padre, Dios anuncia ese fin inevitable ya no para el hombre, sino para la muerte.  La primera sentencia trágica se produjo en el jardín del Edén, el nuevo anuncio-sentencia de vida, se produce en Betania, el lugar de la amistad de Jesús con esta familia de hermanos. Es aquí donde se anticipa el nuevo aroma que produce la muerte, para quienes creen en Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”. “Maestro ya huele mal” le dicen las hermanas, cuando Él quiere ir a ver dónde le han puesto. Van al lugar y Jesús, después de orar llama al muerto: “Lázaro ¡Ven afuera!”. “Los infiernos no son los que te alaban, Señor, ni es la muerte la que canta himnos sino el viviente es el que te da gracias” (Is 38,18-19). La piedra fue removida y el muerto se levantó. “¿Dónde está muerte, tu victoria?” (1Co 15,55). Con la resurrección de Lázaro Jesús manifiesta su poder sobre el pecado y la muerte, y anuncia su pasaje de muerte a la vida, para ser quien produzca la fecundidad definitiva de una semilla que al morir se corrompe para dar la vida hasta la eternidad.  Ahora bien, para nosotros la Betania de hoy ya no está en el espacio, suburbio de Jerusalén, vive en el tiempo, porque Betania es cada Semana Santa.  Allí nuestro aroma de muerte por los pecados, queda diluido en el aroma que trae la presencia de aquél que ha vencido a la muerte, constituyéndose Señor de la Vida.
Propósito de la Semana: Me confesaré ante de la Pascua.

“!Señor, no sabemos a dónde vas¡” (Jn 14,1-12 – V Domingo de Pascua)

“El diablo lo condujo…” (Mt 4,1-10 – I Domingo de Cuaresma)


Hoy se inicia el tan antiguo itinerario como preparación a las celebraciones centrales de la vida cristiana, como lo es el “Santo Triduo Pascual”. Para ello la Iglesia nos ha regalado la maravillosa práctica de la Cuaresma, que está enriquecida sobremanera en los textos selectos de la Palabra de Dios, para que como un alimento en el desierto cuaresmal, nos sirvan junto a la Santísima Eucaristía de fortaleza.
Se abre este primer domingo, con la narración de las tentaciones de Jesús, construidas por Mateo sobre una triple composición maravillosa y fundamental, concluidas cada una de ellas por la expresión de Jesús: “Está escrito”, a manera de sentencia victoriosa. Las tres tentaciones vienen presentadas, si nos fijamos bien, en dos escenarios bien definidos. La primera tentación está realizada teniendo como fondo el desierto, que evoca alusivamente la crisis de fe de Israel peregrino en las etapas del Sinaí. La segunda está situada bajo el horizonte palestino, la tierra prometida, ya que el tentador ha llevado a Jesús, a el “pináculo” (que es la esquina más alta de los muros del Templo, que desciende perpendicularmente sobre el valle de Cedrón) y la última desde el “monte altísimo” que la tradición popular ha identificado con el Monte de las tentaciones, que se encuentra en el estupendo oasis de Jericó.
Con esta escenografía Mateo presenta el tema muy gustado en toda su obra, a saber: en Jesús de Nazaret se congrega el verdadero Israel fiel, que no cae ante los proyectos diabólicos de poder y de triunfo.
¿Cuál fue el contenido de esas tentaciones? Mateo las desarrolla de la siguiente manera: La primera totalmente basada en un mesianismo terreno, simbolizada en la oferta del pan, ligada a la materialidad de las cosas. La segunda simbolizada por el tentador en el vuelo que le pide desde el pináculo, que podríamos definirla como deseo de todo lo espectacular a los ojos del mundo. Haciendo de Él un mesías de espectáculos y fama. La tercera tentación que es la más fuerte, ofrecerle todo el poder y el bienestar que ofrecería un mesianismo político.
Para el diablo, su osadía ha terminado en fracaso, pre-anuncio de su definitiva derrota. Jesús le replica a cada tentación desafiante, con su única arma la que lo ha alimentado en la oración y el ayuno: la santa Palabra de Dios. No usa ninguna palabra suya sino sólo la “escrita” en la Biblia.
Para Mateo, Jesús es el Maestro vencedor, su doctrina nace de la experiencia de Dios; los cuarenta días de ayuno y oración, han sido la escuela espiritual, a través, de la cual conoce a ciencia cierta, que el hombre no sólo vive de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Dios en el desierto ha sido todo su alimento, todo su abrigo, en definitiva ha sido el TODO de su ser. Él viene presentado como modelo del fiel buscador de Dios, que se complace en hacer toda y plenamente su voluntad, capacitado para renunciar a todo lo del mundo para probarse a sí mismo que Sólo se puede vivir de Dios, que sólo Dios basta. Y así, saliendo de las tentaciones del desierto, está ahora ya capacitado como un atleta para correr hasta la meta, es decir que “participó de esa condición para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como esclavos”.