¡Felices Pascuas de Resurrección! No puedo menos que iniciar nuestra reflexión, ofreciéndoles con toda la vitalidad de esta jornada el mejor saludo que se puede hacer en todos los tiempos. ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Se trata de experimentar como la luz de sol que nace de alto, que sale victorioso de la oscuridad de las tinieblas, hoy domina, reina e impera. De este día glorioso se ve iluminada toda la vida de la Iglesia y su liturgia espiritual. Se puede comparar a la vitalidad y la necesidad que se tiene del sol para cada día de la vida humana. No por nada los domingos, día primero de la semana, con su carácter pascual, tanto en inglés como en alemán, se llama literalmente “día del sol”. Este día narrado hoy por el evangelista con la visión del enviado celestial que mueve la piedra sepulcral y se sienta sobre ella, revela de manera categórica que Dios ha vencido a la muerte, tanto como el sol vence a las tinieblas. “¡Ha resucitado!” expresa el ángel a las mujeres. “¡Ha resucitado de entre los muertos!” (Mt 28), esta es la verdad que se anuncia. Si el reino de la muerte hasta ahora era poderoso, Cristo “al morir, le quitó su poder al que reinaba por medio de la muerte, es decir, al diablo. Liberó de este modo, a los hombres que, por miedo a la muerte, permanecían esclavos en todos los aspectos de su vida” (Hb 2,14-15). Al morir pues, Jesús entró en ese reino, y como bien lo señala la tradición hebrea narrada en la Biblia, la tumba como el signo de los infiernos y de la muerte, ahora está vacía, no porque se hayan robado el cuerpo del difunto, sino porque a éste Dios lo resucitó al tercer día, y quiso que se apareciera a los testigos elegidos por Dios” (Primera lectura Hch 10). En la catequesis que Pedro da al centurión de Cesarea, Cornelio, el primer pagano convertido al cristianismo, según los Hechos de los Apóstoles, aparece la mención del “tercer día”, que después de la muerte de Jesús, será el día nuevo de la nueva humanidad. También Pablo, en el más antiguo “credo” cristiano, citado en la primera carta los Corintios (15,3-5), recuerda que “Cristo resucitó al tercer día según las Escrituras”. En la Biblia “tercer día” no es tanto una indicación cronológica, sino más bien el signo de una fecha decisiva y definitiva. Cristo resucitado, está pues definitivamente en el “tercer día” de la eternidad, está allá arriba sentado a la derecha del Padre. Él es como ese “sol perfecto del día sin ocaso” como canta la liturgia. Hoy como las mujeres y los discípulos debemos correr hacia la tumba de nuestro Señor, no cómo el que visita la tumba de un ser querido, sino como el que busca la realidad del misterio pascual: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! ¡Aleluya!
La lectura de la Pasión el domingo de Ramos, tiene un origen muy antiguo. Siendo el inicio de la Semana Santa quiere impregnar la espiritualidad del “seguimiento”, ya que a través de los muchos personajes que van apareciendo en el camino de cruz, desea suscitar a quienes estamos escuchando tan maravilloso texto sinóptico, a vivir algunas de las características de ellos en nuestro encuentro con el Nazareno durante esta semana. Nos enseñan los textos de este domingo que la salvación no pasa a través de caminos triunfales, sino por el camino que todavía hoy en Jerusalén se llama “Vía Dolorosa”: que va desde un tribunal hasta un lugar de ejecución capital , para terminar en un sepulcro. Los dos capítulos de Mateo (26-27) que hoy se leen están articulados sobre seis escenas que se siguen unas a otras inmediata y dramáticamente, pero que reúnen en sí un mensaje y una semilla que morirá y florecerá. La Cena Pascual inaugura el memorial nuevo de un sacrificio que hará presente su vida en medio de su pueblo. En Getsemaní Jesús es el modelo del perfecto orante que experimenta la “agonía” que en griego señala la lucha del atleta que sufre para ganar la corona, aquí Jesús combate entre su voluntad y la de su Padre, triunfando esa voluntad del Padre en quien Jesús se complace plenamente y por la que alcanzará la gloria como recompensa. En el arresto Jesús reafirma su amor por el perdón y la no-violencia. El proceso judío está dominado por la última revelación mesiánica y divina de Jesús delante de su pueblo: “De ahora en adelante veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios y venir sobre las nubes del cielo”. El proceso romano sanciona la elección de la muchedumbre de Jerusalén y revela la indiferencia de Pilato, pero también la simpatía de su mujer (aparecen aquí los paganos). La escena de la crucifixión está convocando a todo el cosmos con sus fuerzas (tinieblas y terremoto), al presente de la humanidad que blasfema y se burla del Salvador, anticipando por igual a la Iglesia de los primeros tiempos que reconoce al Mesías crucificado como Hijo de Dios en la confesión del centurión. Presentando finalmente a la humanidad liberada por fin de todas las ataduras, incluso la de la muerte al señalar que los muertos surgen de sus sepulcros. Desde hace dos mil años, venimos seguramente de una manera u otra, siguiendo los pasos del que recorrió con sus pies ensangrentados, la historia del “Mártir del Gólgota”, o la del “Jesús Nazareno”, como queramos llamarla, que refiere no a una letra muerta que quedó plasmada en la memoria de sus seguidores, sino al misterio mismo de la Encarnación por medio de la cual, el verdadero y único Hijo de Dios Altísimo, cayó en tierra y murió, para dar posteriormente fruto de abundante eternidad.
Este domingo es la gran antesala de preparación a la Semana Santa, llegando por igual al vértice de nuestras liturgias dominicales. Se trata de la esplendida escena de Betania, “el pueblo de Lázaro”, como todavía se llama hoy en árabe. Recurriendo al diálogo, estilo favorito en Juan, está Jesús y María la hermana del amigo muerto, hablando no de lo bueno que ha sido el difunto en vida y de la falta que hace en familia; sino del trasfondo que para ella mujer creyente en Jesús, concibe ahora la muerte de su hermano: “Si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto…”, le dice a Jesús. Parece que ésta es la expresión álgida que hace que Jesús eleve su espíritu y la conduzca a la profundidad de su mensaje de vida, “Tú hermano resucitará”. Si la Palabra de Dios al principio de la creación, reafirmaba la condena del “Mot tamut”, “ciertamente morirás”, en Jesús el Hijo del Padre, Dios anuncia ese fin inevitable ya no para el hombre, sino para la muerte. La primera sentencia trágica se produjo en el jardín del Edén, el nuevo anuncio-sentencia de vida, se produce en Betania, el lugar de la amistad de Jesús con esta familia de hermanos. Es aquí donde se anticipa el nuevo aroma que produce la muerte, para quienes creen en Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”. “Maestro ya huele mal” le dicen las hermanas, cuando Él quiere ir a ver dónde le han puesto. Van al lugar y Jesús, después de orar llama al muerto: “Lázaro ¡Ven afuera!”. “Los infiernos no son los que te alaban, Señor, ni es la muerte la que canta himnos sino el viviente es el que te da gracias” (Is 38,18-19). La piedra fue removida y el muerto se levantó. “¿Dónde está muerte, tu victoria?” (1Co 15,55). Con la resurrección de Lázaro Jesús manifiesta su poder sobre el pecado y la muerte, y anuncia su pasaje de muerte a la vida, para ser quien produzca la fecundidad definitiva de una semilla que al morir se corrompe para dar la vida hasta la eternidad. Ahora bien, para nosotros la Betania de hoy ya no está en el espacio, suburbio de Jerusalén, vive en el tiempo, porque Betania es cada Semana Santa. Allí nuestro aroma de muerte por los pecados, queda diluido en el aroma que trae la presencia de aquél que ha vencido a la muerte, constituyéndose Señor de la Vida. Propósito de la Semana: Me confesaré ante de la Pascua.
Hoy se inicia el tan antiguo itinerario como preparación a las celebraciones centrales de la vida cristiana, como lo es el “Santo Triduo Pascual”. Para ello la Iglesia nos ha regalado la maravillosa práctica de la Cuaresma, que está enriquecida sobremanera en los textos selectos de la Palabra de Dios, para que como un alimento en el desierto cuaresmal, nos sirvan junto a la Santísima Eucaristía de fortaleza. Se abre este primer domingo, con la narración de las tentaciones de Jesús, construidas por Mateo sobre una triple composición maravillosa y fundamental, concluidas cada una de ellas por la expresión de Jesús: “Está escrito”, a manera de sentencia victoriosa. Las tres tentaciones vienen presentadas, si nos fijamos bien, en dos escenarios bien definidos. La primera tentación está realizada teniendo como fondo el desierto, que evoca alusivamente la crisis de fe de Israel peregrino en las etapas del Sinaí. La segunda está situada bajo el horizonte palestino, la tierra prometida, ya que el tentador ha llevado a Jesús, a el “pináculo” (que es la esquina más alta de los muros del Templo, que desciende perpendicularmente sobre el valle de Cedrón) y la última desde el “monte altísimo” que la tradición popular ha identificado con el Monte de las tentaciones, que se encuentra en el estupendo oasis de Jericó. Con esta escenografía Mateo presenta el tema muy gustado en toda su obra, a saber: en Jesús de Nazaret se congrega el verdadero Israel fiel, que no cae ante los proyectos diabólicos de poder y de triunfo. ¿Cuál fue el contenido de esas tentaciones? Mateo las desarrolla de la siguiente manera: La primera totalmente basada en un mesianismo terreno, simbolizada en la oferta del pan, ligada a la materialidad de las cosas. La segunda simbolizada por el tentador en el vuelo que le pide desde el pináculo, que podríamos definirla como deseo de todo lo espectacular a los ojos del mundo. Haciendo de Él un mesías de espectáculos y fama. La tercera tentación que es la más fuerte, ofrecerle todo el poder y el bienestar que ofrecería un mesianismo político. Para el diablo, su osadía ha terminado en fracaso, pre-anuncio de su definitiva derrota. Jesús le replica a cada tentación desafiante, con su única arma la que lo ha alimentado en la oración y el ayuno: la santa Palabra de Dios. No usa ninguna palabra suya sino sólo la “escrita” en la Biblia. Para Mateo, Jesús es el Maestro vencedor, su doctrina nace de la experiencia de Dios; los cuarenta días de ayuno y oración, han sido la escuela espiritual, a través, de la cual conoce a ciencia cierta, que el hombre no sólo vive de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Dios en el desierto ha sido todo su alimento, todo su abrigo, en definitiva ha sido el TODO de su ser. Él viene presentado como modelo del fiel buscador de Dios, que se complace en hacer toda y plenamente su voluntad, capacitado para renunciar a todo lo del mundo para probarse a sí mismo que Sólo se puede vivir de Dios, que sólo Dios basta. Y así, saliendo de las tentaciones del desierto, está ahora ya capacitado como un atleta para correr hasta la meta, es decir que “participó de esa condición para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como esclavos”.
Llegamos hoy en el itinerario bíblico que vamos recorriendo a los pies de la montaña, donde juntos a los discípulos nos pondremos también nosotros, a los pies del Maestro para escuchar su palabra. Este será el primero de los cinco discursos que son como las columnas que sostienen todo la obra del Evangelio de Mateo. Con la subida de Cristo al monte, vemos a ese nuevo Moisés, que sentado en el nuevo Sinaí, nos ofrece la definitivas palabras de Dios. Y los primeros destinatarios son precisamente los “pobres en espíritu”, una expresión bíblica para indicar a quien tiene el corazón, la conciencia y su interior más profundamente “pobre”. Este término une las tres lecturas de este domingo. La figura del “pobre” en la Biblia tiene varios significados. El término original hebreo ‘anawin’ indica a los que están encorvados, es decir, oprimidos por los gobernantes poderosos, víctimas indefensas que eran la gran mayoría de la población. Pero esta definición es incompleta. Los “anawin” son también los temerosos de Dios, los mansos, los humildes. A éstos se refiere Mateo, al llamarlos “pobres de espíritu”.Jesús para ellos y la gran categoría de los justos para Dios, su Padre, usará el maravilloso término de: “Bienaventurados”. La bienaventuranza fue una forma literaria usada por el Antiguo Testamento para celebrar la felicidad del justo que confía su vida al camino indicado por Dios y no se deja seducir por el encanto perverso del mal. Éste termino resuena 26 veces en los Salmos y 31 veces en el resto del Antiguo Testamento. El término para nuestra real situación revindica la esperanza que Dios hoy y siempre hará justicia a los pobres de la tierra, a los sufridos víctimas de la violencia enajenante de los orgullosos y poderosos de la tierra. Dios no se olvidará de los que han sido pisoteados por otros que se han creído superiores a los demás y les hará justicia, en esta vida y sobre todo en la vida del cielo, donde la bienaventuranza será consumada de manera plena, revestida de consuelo, saciedad, herencia definitiva que lleva al gozo perfecto e imperecedero. Propósito para la semana: Meditá a profundidad este mensaje de Jesús y sacaré mis propias conclusiones.
Con la liturgia de la Palabra de Dios de este domingo, se retoma de manera solemne la llegada de la luz a un pueblo que caminaba en tinieblas, como lo señala la primera lectura (Is 8,23; 9,2), pero no recién nacida sino hecha ya adulta: “Paseando Jesús junto al lago de Galilea…”. Esa luz que profetiza Isaías, está ahora encarnada, hecha vida e historia nuestras, su nombre: Jesús de Nazaret. Para el Evangelista Mateo, Jesús ese desconocido hasta entonces es la figura del Mesías esperado, espléndida sorpresa de amor de Dios, para un pueblo sin esperanza. El símbolo de la luz, clásico en todas las regiones del mundo, para hablar de la divinidad, señala la iniciativa de Dios que rompe su aislamiento y se dirige al hombre, lo envuelve y lo involucra en su luz, en su vida. Es clarísimo que para la Biblia, el interés primario de ella es manifestar que es Dios quien primero se interesa por nosotros, antes que nosotros nos interesemos por Él. Así lo manifiesta el propio evangelista al poner junto a este lago de Galilea, el escenario de la llamada de los primeros discípulos. Jesús viene con conocimiento de causa a elegir a estos humildes pescadores de la Galilea. En la tradición judía eran los alumnos que elegían a su rabí-maestro, Jesús cambia novedosamente el método, al llamar a través del imperativo: “Sígueme”. Y, ellos ante la irrupción de Dios en su historia personal, dejan caer las redes y se embarcan en una aventura mucho más misteriosa de que vivían sobre aquel lago a menudo infiel pero también rico de peces. Jesús pasa y hace un llamado que es casi una orden. Y, este es el inicio de la maravillosa historia de un grupo de Doce elegidos, que serán llamados “apóstoles”, es decir, “enviados”. En la última noche de su vida terrena, en el Cenáculo, Jesús recordará a sus discípulos: “No me habéis elegido vosotros, sino yo os he elegido”. Ellos no pueden olvidar, tan importante constatación, la llamada es iniciativa del Señor, nadie puede arrogarse tan misteriosa elección. En cada llamada hay un don de gracia y un amor de predilección. Propósito para la semana: Meditar sobre la mejor atención y escucha de la Palabra en cada santa Misa que asistimos.