Este domingo nos hace de antesala del cierre del Año Litúrgico y de la celebración de Cristo Rey del Universo. En la parábola de hoy, nos imaginamos que la puerta del palacio se abre y aparece el señor-patrón de aquellos siervos que habían sido contratados. Su ausencia como se narra ha sido larga pero no era definitiva. El había dejado a sus siervos con talentos, es decir, con los medios para ser provechosos. El talento en los orígenes era una unidad de medida de los pesos destinados a determinar la entidad de las mercancías dentro del sistema económico del cambio. Se usaba sobre todo para los metales preciosos. Si se piensa que el salario diario de un obrero era más o menos de un denario, se puede comprender la importancia del encargo confiado por el señor de la parábola a sus empleados. La parábola entonces, desea desarrollar dos realidades: la primera el gozo que debería producir la gratuidad del amo, que se va pero no los deja sin nada a cada uno de ellos y, en segundo lugar, la laboriosidad y creatividad con que los siervos deberían hacer operativo el don recibido, en la ausencia de su señor.
El talento se da a todos inicialmente, enfatizando así que el propietario y la fuente de tanta generosidad es siempre un don de Dios. Y, por el otro lado, el premio o el castigo final, va mucho más allá de cuantos los distintos personajes lo hayan merecido con su empeño o con su inercia.
La parábola desea enfatizar que no se trata tanto de pensar si hemos o no desarrollado nuestros talentos, como a reflexionar si en este año litúrgico, por decir algo, hemos abierto de par en par las puertas del corazón, a la salvación ofrecida a todos nosotros por el Padre en Cristo. Este es en definitiva el gran “talento” que Dios ha puesto, como garantía de que no hay nadie a quien no se le haya convocado y ofrecido la semilla de la cimiente que debe florecer. En el día glorioso en que el Señor, vuelva entre las nubes del cielo, seguramente pedirá las cuentas de lo que su oferta de salvación caló y echó raíz en lo más profundo de todo nuestro ser, que nos haga por lo tanto merecedores de oír: “Bien, siervo bueno y fiel, has sido fiel en lo poco, te daré autoridad sobre el mucho; toma parte en la alegría de tu patrón”.
“Velen…”
En este domingo cercanos a la fiesta de Cristo Rey, nos sumergimos espiritualmente en los discursos escatológicos de Mateo en sus capítulos 24 y 25. En él, el autor combina el anuncio de la ruina de Jerusalén (acaecida en el año 70 d.C.) con el fin de la era presente. Tal parece que lo acontecido a Jerusalén marcó para su reflexión el fin de una era, que en griego se dice “aion”: eón, época o era. La idea que subyace es que, según el pensamiento apocalíptico la historia de la salvación se dividía en una serie de períodos “eones”; por ejemplo desde la creación es decir, de Adán hasta Abrahán y de éste a Moisés, etc. Otra palabra griega interesante que nos conviene saber es “Parusía”, que significa “presencia”, ésta designaba en el mundo greco-romano la visita oficial y solemne de un príncipe a algún lugar. Los cristianos se apropiaron del termino para señalar el regreso en la segunda venida de Cristo (1Co 15,23). Y hacia este concepto cristiano de Parusía apunta la parábola de este domingo, el contexto es una boda, con los detalles de la vivencia religiosa-cultural del pueblo de Israel. Las vírgenes representan a los fieles cristianos que están a la espera de su esposo y amo: Cristo. Aún cuando tarde su regreso la lámpara de su vigilancia debe estar a punto. Ellos esperan oír: “¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!”. Pero, como no se sabe el día y la ora de tan esperada vuelta, una virtud contenida en la parábola y que es de vital importancia es: “¡Velen!”, figurada en la misma lámpara, su llama es la virtud y el aceite que la mantiene ardiente es la oración. Así pues, la primera venida ya se ha cumplido y ha inaugurado la época de la Iglesia. La segunda está aún por venir, es la parusía propiamente dicha. Para el evangelista es claro y para nosotros no tanto, el fin de la era presente y la llegada del Reino de Dios en su plenitud, ya está en marcha, con la anticipación de la caída de Jerusalén, que puso final a la otra era anterior. Velar y Orar son las dos condiciones que los verdaderos discípulos de Cristo están llamados a vivir y experimentar hasta que Él vuelva. La parábola de hoy, está en línea de presente ya se abrió la puerta, y al abrir y un cerrar de ojos, aparecerá Cristo Rey del Universo, como decimos en el Credo, para juzgar a los vivos y los muertos. Con estos textos magníficos preparémonos a celebrar a nuestro Rey.
Mateo en el evangelio de hoy nos propone el considerar una tensión pesada que existía en su iglesia siro-palestina, por la fractura ya dada y evidencia entre la nueva vida cristiana y la antigua vida judía. Fueron pues dos realidades antagónicas y confrontadas. Para ser que un grupo de fieles querían ser sólo apariencia con tinte religioso y el otro más deseoso de vivir la coherencia de la fe en Cristo Jesús. Estos últimos tenían sentido del pecado y de todo aquello que les podría separar de Dios, los otros en cambio preocupados por los puestos de honor, las reverencias y usos externos de piedad, un sentimiento de grandeza y superioridad en relación a los demás les dominaba.
Las palabras cortantes de Jesús se asemejan a los de los profetas, haciendo eco de la denuncia por un culto tan vacío y equivocado que no lleva y conduce a nada, un puro y real engaño en nombre de Dios. Pensemos sólo en la expresión dicha por Jesús el “ensanchar las filacterias”. El término griego indica de por sí un “contenedor”, un estuche de custodia; en hebreo y arameo, en cambio, se usaba el vocablo “tefillín”, es decir, “oraciones” porque se trataba de un objeto sagrado, destinado al uso litúrgico. Se usaban entonces amarrados al brazo o en la frente, lamentablemente, la pura ejecución ritual había transformado este símbolo en un frío acto religioso extrínseco. Había que lucirlo y que los demás vieran que estaban orando o era gente sumamente religiosa.
Naturalmente, toda la espiritualidad se pierde cuando el gesto se convierte en una rúbrica que hay que observar minuciosamente. Así pues, ante la teología que pretende con su orgullo comprar la salvación a Dios por ritos puramente externos, ilusionada con tener la verdad, superficial y vana, Jesús busca con su mensaje llevar al creyente que vive en la comunidad, a vivir una fe que “hace” lo que “dice”, una plena y total coherencia entre el mensaje fácil a veces de decir, y lo más duro que consiste en el vivir. A nosotros hoy esta Palabra nos invita a buscar una fe sincera, alejándonos de una práctica religiosa heredada de la familia, hecha de gestos convencionales y ritos rutinarios que ya no dicen nada y lo peor, que a veces es parte de un pertenecer a un grupo social determinado. Jesús nos llama a practicar obras de fe, pero desde el corazón, haciendo crecer siempre su reino de amor.
Mateo, sigue como el domingo pasado con el género literario de la controversia y el deseo de hacer caer a Jesús en alguna trampa, dice que un doctor de la Ley “…para ponerlo a prueba”. Hoy no se trata de sí es lícito pagar el tributo al César, sino ¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley? Jesús está en un debate estrecho con los teólogos y con los representantes jerárquicos del judaísmo oficial de entonces (fariseos, saduceos, sacerdotes, doctores de la ley y escribas). Cinco veces se enciende la polémica y el diálogo se acalora hasta volverse incandescente con los durísimos siete “¡Ayes!” del cap. 23. Hoy leemos la tercera de esas cinco controversias. Las respuestas de Jesús están sacadas lógicamente de la mismo Escritura: “Amarás al Señor, tu Dios” (Dt 6,5) y “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18). Para el jurista y sabio oriental, sabiendo que de la misma Biblia se habían sacado los 613 preceptos para agradar a Dios, era importante discutir la jerarquización de los mismos. La meta de ellos era definir la secuencia exacta, por importancia, de esos preceptos y la discusión se profundizaba en especulaciones cada vez más complejas y exasperadas. En la respuesta de Jesús resuena dos veces el verbo “agapán”, “amar”, cuyo sustantivo es “ágape”, “amor”, que es un término típicamente cristiano. Pero Jesús no le apunta al legalismo de la ley, no apunta a los dos preceptos señalándolos como los únicos con los cuales hay que cumplir para estar en paz con Dios. Él quiere ofrecer la perspectiva de fondo para vivir toda Ley; no quiere imponer un contenido en particular, aunque noble, sino que sugiere una actitud general constante; indicando que todo gesto y toda respuesta humana y religiosa debe estar impregnada de Dios y de amor para ser válida. Con esta actitud de amor todos los mandamientos, hasta los más pequeños, son importantes porque son expresión de una amor permanente y total, tal y cómo lo quiere Dios mismo que es definido como “Amor”. El ser humano encuentra en el amor su unidad plena, porque comprende y experimenta que al amar está involucrando su “corazón”, es decir, su conciencia más intima y fuerte, tanto como el alma misma, todo él está tocado por esta fuerza interior y exterior que lo realiza hasta lo más íntimo de su ser.
Encaminándonos al final del año litúrgico el carácter sapiencial y escatológico de los textos bíblico de la Eucaristía se hacen cada vez más evidentes. Este domingo Mateo nos cuenta esta maravillosa parábola de Jesús, teniendo como fondo un banquete de bodas solemne y definitivo. En realidad son dos parábolas unidas entre sí: la primera es la de los invitados al banquete y la segunda que es propia sólo de Mateo, que refiere al traje de fiesta, símbolo de la dignidad de una persona. En la primera parábola se presenta el marcado rechazo a la invitación. Los invitados de primer orden son estos que según el parecer del oferente no pueden faltar, pero éstos responden con indiferencia, con desprecio, se sienten molestos por el simple hecho de estar invitados, al punto que actúan con hostilidad y prepotencia. Claramente evidencia, como el mensaje que Jesús trae, es una invitación que ofrece el entrar a esa experiencia con Dios que bajo el símbolo de una cena-comida expresa amistad, diálogo e intimidad. Pero para el hombre superficial y egoísta le parece algo excesivo, para lo que no tiene tiempo ni interés. Pero, ¿Se suspenderá la cena por esas actitudes? ¡Claro que NO! La invitación no se apaga y se dirige a unos invitados inesperados que si aceptan entrar. Luego viene el símbolo del vestido. Nadie iría al igual que hoy, a una fiesta con el vestido inapropiado. El vestido significa dignidad, buen gusto, limpieza, honrar al que invitó, darle importancia al evento, etc. Jesús evoca ese significado para subrayar que sin cambio de hábito, es decir, sin la conversión del corazón, de las costumbres pasadas, no se puede participar en el banquete que permitiría sentarse familiarmente en la presencia de Dios, para entablar comunión plena con Él. La parábola denuncia que aunque al principio todos estaban inapropiadamente vestidos, y que sólo al aceptar la invitación transformaron su andrajos en vestidos dignos de la fiesta, había uno que hizo caso omiso a lo que decía la invitación, como requisito para participar, el “vestido nuevo”, por lo que fue echado y expulsado del convite del rey. Cristo, Rey y Señor del universo cuya fiesta pronto vamos a celebrar, exige un vestido totalmente nuevo, no acepta poner un paño nuevo sobre el vestido viejo. El Reino de Jesús se revela pues, como algo plenamente inédito, algo que parte del mismo corazón del hombre.
Claramente el evangelio de hoy señala hablando de la viña, que ha sido Dios: “Tú que la has plantado con tu diestra” (Sal 80), y es que en toda la Biblia la simbología de la viña y la vid, tienen un gran significado por parte de a quién pertenece y paralelamente sobre aquellos que se benefician de ella. Para nosotros hoy su sentido nos lo da san Mateo, quien no se dirige hoy a la viña, sino a los viñadores, este simbolismo puramente humano, donde los que han trabajado hasta ahora han sido violentos y asesinos, dando un salto de esa situación deplorable a un futuro esperanzador y luminoso de otros que vendrán y “darán fruto”, significando para el evangelista, los que harán fructificar el don de Dios. El centro del tema es pues el rechazo del hombre de todos los tiempos a la salvación ofrecida por Dios en su Hijo. La parábola es una relectura sintética de la historia de la salvación. La historia narrada por Jesús señala a este momento su significado último: habrá un nuevo amanecer en el que se destacan “los otros viñadores que entregarán los frutos a su tiempo”. Este mensaje no deja de tener para nosotros una actualidad salvadora y de vigilancia, debemos de estar atentos para no propiciar la muerte de nuestras comunidades, por nuestra indiferencia, nuestro egoísmo o puramente por los propios intereses humanos. Nadie en verdad es indispensable, pero si la llamada viene de Dios, no deberíamos de dudar de su elección, porque a la larga con nosotros o sin nosotros Dios llevará a plenitud su proyecto. La invitación no deja de ser un evitar la miopía de aquellos que creen que con la violencia podrán hacer su labor y a diferencia de ellos optar por una disposición coherente y sincera con Dios, quien es en definitiva quien como dirá Pablo, es el que hace crecer. La salvación (la viña) y el Salvador (el Patrón) no dejará de estar a disposición de todos los que deseosos se empeñen en convertirla en un esplendor de belleza, porque Dios ha puesto su morada entre ellos. ¡No nos cansemos de trabajar por la viña, el lote de heredad que el Señor ha puesto en nuestras manos, que es algo de responsabilidad divina que el mismo Dios ha querido hacerlo así!