El profeta Isaías había profetizado: “A los extranjeros … los llevaré a mi monte Santo y los llenaré de mi alegría” (66,21). Con el Evangelio de este domingo, comprendemos la gran novedad que Jesús trae con su presencia y sus acciones. En efecto, Él es la respuesta de Dios, como su Enviado que es, a todas las esperanzas de un pueblo que ha creído en las Escrituras. De hecho el milagro a la mujer “cananea”, es decir, de nacionalidad indígena de Palestina antes de la llegada de los hebreos, o de origen fenicio, revela esta irrupción de Dios mismo a favor de los extranjeros, cumpliendo las profecía de Isaías. La puerta a esta acción divina, radica en la fe de esta mujer que mueve a Jesús a responder de inmediato a su urgente necesidad. En el principio de la narración Jesús se ve tocado por la tradición judía, Él ha venido para los hijos descarriados de Israel, pero al final, en el gesto de Jesús y en la fe de la mujer emerge nítidamente que la salvación de Dios no tiene límites raciales o espaciales o culturales, sino que pasa a través de la conciencia de todo hombre, su libertad y su fe. Caen entonces todas la barreras y “vendrán de occidente y de oriente para sentarse a la mesa en el Reino de Dios” (Mt 8,11) y la comunidad del nuevo Israel que es la Iglesia será “una multitud inmensa de toda nación raza, pueblo y lengua” (Ap 7,9). La liturgia de la Palabra de hoy, es un llamado a un renovado compromiso para que las comunidades cristianas sean capaces de vencer la tentación de la autodefensa, de la mezquindad, del cómodo encerrarse en un horizonte tranquilo y sereno, hecho sólo de voces conocidas. Como dirá el camino Sinodal, es un llamado a la acción misionera, al diálogo, al compromiso ecuménico, pero siempre en la perseverancia y fidelidad a las exigencias fundamentales del Reino de Dios y al mensaje evangélico en su pureza. “Ya no hay judío ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo”. Ciertamente, para llegar a esta lapidaria proclamación de Pablo en la Carta a los gálatas (3,28), también la Iglesia ha tenido que hacer su itinerario de conversión. Pensemos como este problema creo tensiones que urgieron el primer Concilio, llamado de Jerusalén entre cristianos de origen judío y los de origen pagano (Hch 15). La mujer pagana, reflejo e imagen de la Iglesia, a los ojos de Jesús se convierte en un modelo de creyente por su fe y eso la hace partícipe de la salvación que Jesús ha venido a ofrecer.
El viento y las olas impetuosas crearon un gran temor que envuelve la escena evangélica de este domingo; nada que ver con el domingo pasado donde el mismo Pedro que hoy se está hundiendo en las aguas del mar, había pedido más bien construir tres chozas por lo bien que estaban allá en la cumbre del monte de la transfiguración. De la cumbre espiritual vivida en el Tabor ahora los discípulos descendidos a la cotidianidad experimentan la realidad a veces contraria a la vida. Pero incluso cuando aquí la violencia de la naturaleza y la amenaza latente de la muerte, para la Iglesia representada en esos primeros discípulos que están sobre la barca, aparece la voz serena de Cristo en una especie de aparición pascual: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. El pasaje entonces, se convierte en el signo de un encuentro de Cristo Señor, con su Iglesia en dificultades y con poca fe representada por su portavoz Pedro. Es una escena de profundas y maravillosas experiencias de fe para el creyente de todos los tiempos. Narración rica de detalles: la mano de Cristo, Señor glorioso se extiende no sólo sobre Pedro que se hunde, sino sobre todas la fuerzas del caos y del mal, sosteniendo con la fe la debilidad de sus discípulos. Esa mano entonces, extendida hacia Pedro no es sólo su salvación sino también la nuestra. Aquí cabe muy bien recordar la celebre frase del autor de la Carta a los Hebreos: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (13,8). Todo ocurre en el marco temporal de la noche, oscura como nunca seguramente para los discípulos. Pero, ésta no será eterna, hacia su final señala Mateo, Jesús vino hacia ellos caminando sobre el mar… La narración de este domingo, tiene como centro una epifanía de Cristo que se revela con la misma definición divina del Sinaí: “¡Yo soy el que soy!”, “¡Ánimo, soy yo!”; pero se cierra con el broche de oro por medio de la cual, Pedro profesa su fe en nombre de todos: “¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!”. La turbulencia y la perturbación interior vivida por los discípulos de Jesús, ahora se vuele confianza y quietud, es cómo si afirmaran que si tú estás conmigo nada he de temer… Una vez más podemos citar al respecto en el Salmo 23: “Aunque fuese por valle tenebroso, ningún mal temeré, pues tú vienes conmigo” (v.4). Y es que para el hombre de la Biblia, el temor por las “grandes aguas” le es inevitable, ya que éstas le son signo del mal, de la nada, de lo demoníaco.
De nuevo este domingo una trilogía de mini-parábolas: la del tesoro enterrado en una propiedad, la perla de gran valor hallada en el bazar y la red llena de peses. Las dos primeras el tesoro y la perla preciosa nos llevan a la imaginación novelesca del mundo de las fábulas y los cuentos. Señalan como estos dos acontecimientos muestran la buena suerte, la buena fortuna para quien les encuentra. Se trata pues, de algo de inestimable valor. Para poseerlo, eso sí, se debe hasta perder el alma, sacrificarlo todo hasta lo ínfimo que se tenga en posesión. Es que para Jesús que encarna en Sí y anuncia el Reino de Dios, éste es el DON sin precedentes, es la ocasión que se puede dar una sola vez en la vida, de manera única y extraordinaria, por lo que no hay que perder esa oportunidad, hay que tomar una decisión de inmediato, en el esperar se nos haría tarde. El inestimable tesoro como la perla preciosa, nos deberán ser de tal atractivo que también hoy debemos venderlo todo sin la menor duda, sinónimo en lenguaje bíblico expresado por el propio Jesús, de “perderlo todo” para ganarlo todo. La meta de tan exigente y arriesgada empresa está en tener en las manos al final esa verdadera “joya”. Y, en la tercera parábola, Jesús pone en escena el momento final de la pesca, cuando los pescadores, sacando las redes a la orilla, comienzan a seleccionar el pescado, ya que por la ley del kasher “puros” que de acuerdo a la catalogación ritual debían ser separados de los impuros prohibidos a la mesa de los judíos según Levítico 11,10. En conclusión, las dos primera pequeñas parábolas nos invitan a darlo todo, sin medida alguna, por alcanzar ese Reino de Dios, la verdadera “joya” de la vida ya presente entre nosotros. La última, evoca como al final Dios se hará acompañar de los santos para la vida eterna. El fin del mundo será el momento de realizar tan anhelado y esperado resultado de la historia, según el misterio y sabio designo de Dios. Pero no hay que estar ansiosos, no hay que querer anticipar los tiempos de Dios y de su venida. Más bien hay que compartir la paciencia de Dios, en espera de que surja aquel día en el cual finalmente se obrará una definitiva separación. El mal debe saber ya su destino final y el bien, ya debe estar consciente que le espera después de estas vicisitudes, la gloria a la que estamos llamados como ha dicho san Pablo: “Recuerden la Escritura: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni por mente humana han pasado las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman” (1Co 2,9).
Amigos todos, seguimos escuchando el capítulo 13 de san Mateo, llamado “el Discurso en Parábolas”. Es una lista en hilera de pequeñas parábolas tomadas de la vida cotidiana que invita al lector a descubrir ese mensaje oculto bajo los signos de la naturaleza del ambiente cultural del tiempo de Jesús en esa Palestina del siglo I, queriendo suscitar una mejor respuesta al seguimiento del mismo Maestro. Hoy un conjunto de tres pequeñas enseñanzas sobre el “Reino de los cielos”, que es el tema central en la predicación de Jesús, se detiene a considerar como ese Reino, es el proyecto de Dios en la historia, un proyecto que no está separado de la persona misma de Jesús que como Hijo de Dios, ha venido a instaurarlo, ni de la persona de cada ser humano, que debe aceptar ser parte de este proyecto y luchar por instaurarlo junto a Jesús. A ese propósito convergen las tres pequeñas parábolas de hoy: la principal la de la cizaña y las dos paralelas, de la semilla de mostaza y de la levadura. El sentido fuerte lo da esa pequeña semilla de mostaza que siendo microscópica la entrar en la tierra se convierte en un gran árbol. Igual sentido nos ofrece el hecho de como un poco de granos de levadura, puesto en la masa de harina la hace crecer y aumentar. Así es ese Reino, ya inaugurado entre nosotros, aparece insignificante, pequeño, ínfimo pero tiene en sí mismo la fuerza para abarcar todo el orbe y a todos los hombres. Los opositores al mismo están figurados en la cizaña, nombre tomado del griego “zizania”, del latín “ebriacum”, y en español “cizaña”, en la primavera esta plantita se confunde con el trigo, absorbiendo el alimento del terreno haciéndolo marchitar. Habrá que esperar el corte para distinguir trigo y cizaña, recoger uno y quemar el otro, conservar el grano de trigo en la bodega y botar el que no lo es. Esta es la realidad que encuentra y enfrenta el Reino de los cielos, el bien y el mal, mezclados a veces en esta historia y en nuestras conciencias. La gran enseñanza hace ver como Dios no participa de nuestras prisas, de quienes no respetan ni quieren los tiempos de la misericordia de Dios y de quienes no creen en la conversión del pecador. Hay que saber que el día del corte y de la recolección del fruto, imagen bíblica por excelencia que presenta a un Dios que sabe el día y la hora en que juzgará separando el trigo de la cizaña, las ovejas de los cabros, el bien y el mal, para instaurar el Reino definitivo.
1 Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. 2 Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. 3 Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: “El sembrador salió a sembrar. 4 Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. 5 Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; 6 pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. 7 Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. 8 Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. 9 ¡El que tenga oídos, que oiga!”. 10 Los discípulos se acercaron y le dijeron: “¿Por qué les hablas por medio de parábolas?”. 11 El les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. 12 Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. 13 Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. 14 Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, 15 Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure. 16 Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. 17 Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.” 18 Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. 19 Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. 20 El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, 21 pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. 22 El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. 23 Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno”.