“El que crea en Él…” Solemnidad de la Santísima Trinidad

“El que crea en Él…” Solemnidad de la Santísima Trinidad


La revelación bíblica de Dios, no está reservada solo a un grupo de técnicos y especialistas que estudian y profundizan los textos sagrados, sino que, pasando a través de su mediación y de la comunidad creyente, debe penetrar en la vida de todos como semilla que deber germinar. Es así, que muchos hemos conocido a Dios, por la primera comunidad creyente que es la familia. Hoy con la situación actual, hemos vuelto a tener más tiempo con los de casa, propicia posibilidad para volver a encontrar a Dios, allí donde el amor es de familia. El Nuevo Testamento nos ha presentado el rostro de Dios en Jesucristo. En este diálogo Joánico, tres veces aparece la expresión “Hijo de Dios”. Y, más aún, en el mismo evangelio leemos esta declaración solemne de Jesús: “El Padre y yo somos una sola cosa”, afirmando así una verdadera igualdad en la naturaleza divina, aunque en la relación de Padre e Hijo. A estas afirmaciones deberíamos añadir las cinco promesas del Espíritu Santo proclamadas por Jesús en los discursos de despedida de Juan 13 al 17. Pero la representación viva de la Trinidad hoy en su fiesta, se encuentra precisamente en el acto inaugural de la misión de Cristo, cuando, en la orillas del Jordán, sobre Él desciende la voz del Padre que lo presenta como “Hijo Predilecto”, es decir, unigénito, y aparece el Espíritu Santo bajo el signo de la paloma. La Santísima Trinidad es el gran mensaje neotestamentario del cual deberemos vivir, alimentarnos e inspirarnos para realizar la búsqueda en esta tierra por ser santos, siendo hijos de un solo Dios que es Padre-Creador, Hijo-Redentor del Mundo y Espíritu-Santificador. A Él nuestro único y verdadero Dios, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

“El que crea en Él…” Solemnidad de la Santísima Trinidad

“Después sopló sobre ellos…” (Jn 20, 19-23 – Domingo de Pentecostés)



Con esta maravillosa celebración que cierra el tiempo de la Pascua, vemos como San Juan ambienta en la noche misma del día de Pascua la venida del Espíritu Santo. Es en el Cenáculo donde Cristo resucitado realiza ante todos un acto simbólico; para nosotros extraño pero para un oriental y para un lector de la Biblia, está cargado de significados: “sopló sobre ellos”. En la lengua hebrea como en la griega, una misma palabra significa tanto “el viento” como “el espíritu”, “el soplo” de “aire” y “el soplo” vital. En Gn 1,2 sobre la nada y sobre el caos pasa el “Espíritu” de Dios, semejante a un “viento” impetuoso y he aquí que florece el ser con todas sus maravillas cósmicas. Así con esta comprensión vemos el acto simbólico de Jesús de “soplar”, y es que el Espíritu de Dios es, pues, el soplo de la vida, la fuente de la creación, el principio de una nueva existencia interior. Así en Pentecostés narrado por Juan en la misma noche de la Pascua, Cristo aparece como el creador del hombre nuevo, liberado del pecado y del mal. Junto a las palabras que les dice ratifica esta imagen: “A quienes les perdonen los pecados les serán perdonados”. A través del Bautismo y la Reconciliación la iglesia celebra un continuo Pentecostés, que es la fiesta del perdón, de la vida nueva que florece para la humanidad y la garantía de la auténtica libertad. En esta celebración adornada y llena de contenido por la Palabra de Dios, hay que asociar textos tan maravillosos como “Envía tu espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 104). El Espíritu Santo donado por el Resucitado es el principio de la nueva creación y de la nueva humanidad. Una creación que se realiza a través del perdón de los pecados: los huesos áridos de la existencia pecadora vuelven a ser criaturas vivas, orientadas hacia las obras de la justicia bajo la acción del único Espíritu que puede renovar todas las cosas. Sin olvidar queridos lectores que Pentecostés era la fiesta estival de la cosecha. El judaísmo la había transformado en alegre conmemoración del don de la Ley del Sinaí, en donde Moisés había recibido los diez mandamientos para el pueblo de Israel. Con todo, llega a ser la fiesta de la Nueva Alianza, llena de la presencia del Espíritu de Dios infundido en los corazones de piedra del hombre pecador, según la promesa de Jeremías (31). En este marco de la fiesta judía como narra san Lucas en Hch 2,1-11 (que invito a leer), se derrama sobre el colegio apostólico y María Santísima del don prometido, el Espíritu Santo.



“El que crea en Él…” Solemnidad de la Santísima Trinidad

“Porque yo vivo y vosotros viviréis” (Jn 14,15-21 – VI Domingo de Pascua)



En este maravilloso domingo de VI de Pascua, iluminado profundamente por las palabras de Jesús, comprendemos un proceso dinámico de la vida Trinitaria, Cristo no está solo porque siempre tiene consigo al Padre. Nosotros por igual, nunca estaremos solos porque siempre estará a nuestro lado, como un abogado defensor, al Espíritu, que será, por tanto, el Consolador que Jesús ha prometido “Yo pediré al Padre y Él os dará otro Consolador”.
En los diálogos de despedida, Jesús nos habla indistintamente del Paráclito (Consolador) (Jn 14,16.26; 15,26; 16,7), del Espíritu de la verdad (Jn 14,17; 15,26; 16,13) y del Espíritu Santo (14,26). El Paráclito es un “Enviado”. Es el mismo Padre de Jesús quien lo envía. Sin embargo, lo hará en nombre de Jesús. En otros pasajes parece que es el propio Jesús quien lo envía, pero desde el Padre. Su función desde el Evangelio de Juan se define en dos misiones fundamentales: dar testimonio de Jesús en primer lugar (15,26) y conducir a la verdad plena (16,13). Así pues, podemos decir que el Espíritu es el continuador de la obra de Jesús, es el agente enviado por Jesús. Jesús ha sido enviado por el Padre, y se manifestó en la carne. Esto lo diferencia del Espíritu, que se hará presente a los discípulos, les consolará, les ayudará. Y, aunque no se hará visible ni a los discípulos ni al mundo (14,17), sin embargo los discípulos percibirán su presencia: lo conocerán, estará con ellos, se quedará con ellos (4,16).
Pues bien, teniendo claro lo anterior, vemos como en el evangelio de hoy, se repite cinco veces la presentación que se hace del Espíritu Santo, llamándolo en primer lugar “Consolador”. Como se sabe, el original griego habla de Paráclito, un término sacado del ámbito judicial en donde significa “abogado defensor”.
Para comprender este aspecto a primera vista extraño hay que evocar un dato sugestivo del cuarto evangelio. Juan ve el acontecimiento de Cristo y de la Iglesia como un gran “debate procesal”. Y, es que en el plano histórico y humano, Jesús aparece derrotado al morir crucificado en la cruz, su Iglesia perseguida; tanto el mundo pecador y su maestro de orquesta (el diablo) parecen triunfadores. Pero la realidad es otra, la pasión de Cristo se convierte en una marcha triunfal de Jesús hacia la cruz. Su muerte es más bien una victoria que una derrota. La cruz es más un trono que un patíbulo. El verdadero condenado ya no es Jesús de Nazaret, sino el acusador, que desde el principio del mundo ha hecho al hombre pecador. La Pascua es pues el testimonio del triunfo del bien sobre el mal de manera definitiva.

“El que crea en Él…” Solemnidad de la Santísima Trinidad

“¡Creedme…!” (Jn 14,1-12 – V Domingo de Pascua)



El comentario al Evangelio de este domingo, parte de una “auto-revelación” de Jesús, que nos llama a creer en Él. El marco espacial que se nos revela, es la Última Cena, el lenguaje está ubicado dentro de los así llamados: “discursos de despedida” de Jesús (Caps.13-17), narrados solamente por san Juan.
Llama poderosamente la atención la articulación armoniosa con la cual el evangelista nos va llevando a una cumbre teológica, rica de declaraciones fundamentales como la de hoy: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Su explicación profunda pero sencilla afirma, que para quienes acompañan a Jesús, Él no es sólo la puerta de las ovejas, sino también es el “camino” que nos conduce al Padre, a través de la “verdad” de su revelación, que es el Evangelio, y finalmente Él nos hace llegar a la “vida” verdadera en la unidad con las tres personas divinas. Jesús es pues, el comienzo y la meta de todo vivir humano, es el fundamento y la bóveda de la Iglesia de Dios, es su base terrena y su vértice más alto que toca y traspasa los cielos.
Sentados a la mesa, los discípulos escuchan atentamente a Jesús, Tomás apodado el Dídimo (que en griego significa el “gemelo”), ante las palabras de despedida de Jesús, cuando él afirma que tiene que hacer el viaje hacia la casa del Padre, lenguaje simbólico de un palacio celestial, que indica la comunión de Jesús con Dios, después de su muerte, Tomás se atreve a preguntar: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino”? La respuesta de Jesús esta cargada de poder: siguiendo sólo el Evangelio, por Él anunciado y que se ha encarnado en Él, es como encontrará el camino de la vida plena y perfecta, el camino para llegar a esa realidad donde estará Él.
Desde tiempos muy antiguos el término “camino (Derek)” se utilizó en sentido figurativo para referirse a la actividad humana en general. En Israel, los profetas, como los Salmos y los libros de la corriente sapiencial, enseñaron que los “caminos del YHWH” eran sus mandamientos. Los “caminos” que seguía el pueblo llevaban a la muerte, mientras que los de YHWH conducían a la vida. En el Nuevo Testamento, especialmente en el libros de los Hechos de los Apóstoles, también la comunidad cristiana primitiva se auto-designo como “el camino” porque se entendía a sí misma como una forma de vida que tenía su razón de ser en el acto salvador realizado en Cristo. Hoy podemos constatar entonces, que Juan lleva a su punto más alto esta idea, al afirmar que el “Camino” es Jesucristo.

Hallan en el Vaticano un fragmento de una antigua traducción del Nuevo Testamento

Hallan en el Vaticano un fragmento de una antigua traducción del Nuevo Testamento

La Academia de Ciencias de Austria (ÖAW) ha anunciado recientemente el descubrimiento de un fragmento perdido de la Biblia del Nuevo Testamento, que ofrece una perspectiva única y novedosa a los primeros estadios de los Evangelios. El descubrimiento se trata de un pequeño fragmento del manuscrito de la traducción siríaca, escrito en el siglo III y copiado en el siglo VI. El descubrimiento es uno de los testimonios textuales más antiguos de los Evangelios y un elemento crucial de la historia del Nuevo Testamento.

Descubrimiento del manuscrito

El fragmento del manuscrito ha sido descubierto por el medievalista Grigory Kessel durante el proyecto «Sinai Palimpsests». El manuscrito en cuestión se encuentra en el Monasterio de Santa Catalina en el Monte Sinaí. Se trata de un palimpsesto, un manuscrito que ha sido reutilizado borrando y escribiendo encima varias veces. El fragmento ha sido hecho legible de nuevo gracias a la tecnología de fotografía ultravioleta.

Kessel ha identificado el pequeño fragmento del manuscrito como la tercera capa de texto, o doble palimpsesto, del manuscrito original en la Biblioteca del Vaticano. Se cree que es el cuarto testimonio textual y proporciona una ventana única a los primeros estadios de la historia de la transmisión textual de los Evangelios.

La tecnología utilizada


La tecnología de fotografía ultravioleta es una técnica que se utiliza para revelar detalles ocultos en manuscritos antiguos y otros documentos que han sido escritos sobre o borrados y reescritos varias veces. Esta técnica se basa en la propiedad de que las tintas antiguas y otros materiales que se han utilizado para escribir a menudo reflejan o absorben la luz ultravioleta de manera diferente que el pergamino o el papel en el que se escribió.

Para hacer una fotografía ultravioleta, se utiliza una cámara que está equipada con un filtro de corte de infrarrojos y un filtro de paso de ultravioleta. El filtro de paso de ultravioleta bloquea la luz visible y permite que solo la luz ultravioleta entre en la cámara. El filtro de corte de infrarrojos bloquea la luz infrarroja que puede interferir con la imagen.

Una vez que se ha tomado la fotografía ultravioleta, se procesa digitalmente para revelar los detalles ocultos. Esto se puede hacer mediante el uso de software especializado que puede aumentar el contraste y ajustar la exposición para resaltar los detalles que son difíciles de ver a simple vista.

La tecnología de fotografía ultravioleta se ha utilizado para descubrir y revelar muchos manuscritos antiguos importantes, incluyendo fragmentos del Mar Muerto y otros documentos bíblicos antiguos. Esta técnica ha permitido a los historiadores y a otros expertos en manuscritos estudiar y analizar estos documentos con mayor detalle, lo que ha llevado a nuevos descubrimientos y una mayor comprensión de la historia y la cultura de las sociedades antiguas.

En el caso del fragmento perdido de la Biblia del Nuevo Testamento, la fotografía ultravioleta fue esencial para hacer legible el texto del palimpsesto, que había sido borrado y escrito encima varias veces. Sin esta tecnología, el texto original habría permanecido oculto e inaccesible, lo que significa que este importante descubrimiento nunca habría sido posible.

El valor del descubrimiento


El descubrimiento es de gran importancia porque es uno de los testimonios textuales más antiguos de los Evangelios, proporcionando una ventana única a los primeros estadios de la transmisión textual de los Evangelios. La traducción siríaca es una de las primeras traducciones de los textos bíblicos, y el descubrimiento es uno de los testimonios más antiguos de la versión siríaca de los Evangelios.

El fragmento del manuscrito contiene una parte de Mateo, capítulo 12, verso 1. La traducción siríaca dice que los discípulos de Jesús «comenzaron a recoger las cabezas del grano, frotarlas en sus manos y comerlas«. Este pasaje ofrece una perspectiva única sobre la forma en que se han traducido los textos bíblicos a lo largo de los siglos y cómo las diferencias en la traducción pueden afectar a la interpretación de los textos.

El descubrimiento de este fragmento perdido de la Biblia del Nuevo Testamento es un importante logro histórico. La traducción siríaca es una de las primeras traducciones de los textos bíblicos y el descubrimiento es uno de los testimonios más antiguos de la versión siríaca de los Evangelios.

La traducción siríaca fue utilizada por los primeros cristianos en Siria y en todo el Oriente Medio, y el descubrimiento es un recordatorio de la larga y rica historia del cristianismo en estas regiones.