Claramente el evangelio de hoy señala hablando de la viña, que ha sido Dios: “Tú que la has plantado con tu diestra” (Sal 80), y es que en toda la Biblia la simbología de la viña y la vid, tienen un gran significado por parte de a quién pertenece y paralelamente sobre aquellos que se benefician de ella. Para nosotros hoy su sentido nos lo da san Mateo, quien no se dirige hoy a la viña, sino a los viñadores, este simbolismo puramente humano, donde los que han trabajado hasta ahora han sido violentos y asesinos, dando un salto de esa situación deplorable a un futuro esperanzador y luminoso de otros que vendrán y “darán fruto”, significando para el evangelista, los que harán fructificar el don de Dios. El centro del tema es pues el rechazo del hombre de todos los tiempos a la salvación ofrecida por Dios en su Hijo. La parábola es una relectura sintética de la historia de la salvación. La historia narrada por Jesús señala a este momento su significado último: habrá un nuevo amanecer en el que se destacan “los otros viñadores que entregarán los frutos a su tiempo”. Este mensaje no deja de tener para nosotros una actualidad salvadora y de vigilancia, debemos de estar atentos para no propiciar la muerte de nuestras comunidades, por nuestra indiferencia, nuestro egoísmo o puramente por los propios intereses humanos. Nadie en verdad es indispensable, pero si la llamada viene de Dios, no deberíamos de dudar de su elección, porque a la larga con nosotros o sin nosotros Dios llevará a plenitud su proyecto. La invitación no deja de ser un evitar la miopía de aquellos que creen que con la violencia podrán hacer su labor y a diferencia de ellos optar por una disposición coherente y sincera con Dios, quien es en definitiva quien como dirá Pablo, es el que hace crecer. La salvación (la viña) y el Salvador (el Patrón) no dejará de estar a disposición de todos los que deseosos se empeñen en convertirla en un esplendor de belleza, porque Dios ha puesto su morada entre ellos. ¡No nos cansemos de trabajar por la viña, el lote de heredad que el Señor ha puesto en nuestras manos, que es algo de responsabilidad divina que el mismo Dios ha querido hacerlo así!
Al Evangelio de este domingo, la Iglesia le asocia el maravilloso texto del profeta Ezequiel en la primera lectura de hoy en el capítulo 33: “Hijo del hombre, te he constituido centinela para los israelitas; escucharás una palabra de mi boca y tú los advertirás de parte mía”. Con una curiosa comparación, Ezequiel acerca la misión del profeta a la de un centinela. Él debe divisar el horizonte de la historia señalando sus signos oscuros y ocultos, las huellas misteriosas de Dios, los amaneceres de la vida junto a sus atardeceres para comunicarlos a la ciudad que es la comunidad de Israel. Él tiene una gran responsabilidad que el mismo Dios le ha confiado. Esa misma responsabilidad del profeta, Jesús la aplica a la comunidad de los discípulos. En el capítulo 18 Mateo presenta el cuarto de los discursos del Maestro que constituyen casi las columnas de su evangelio. Discurso llamado la Regla de la comunidad o el Discurso Eclesial, porque en él se define el comportamiento y el gobierno de la Iglesia. Uno de esos temas es la corrección fraterna, que es en cierto sentido la misión del centinela que busca cuidar del peligro que los hermanos pueden correr. “Ser centinela” equivale a ejercer el arte de ayudar al bien vivir entre los hermanos, a actuar con humildad y amor genuino, a ponerse en el lugar del otro con sensibilidad humana e interior. En efecto, lo que se busca no es juzgar o condenar, sino el de salvar. Por eso es que la corrección fraterna es parte del proceso de maduración de una persona y por ende también de una comunidad. Con espíritu fraternal la corrección se hace a través del diálogo personal, seguido por la invitación a que otros también con prudencia y caridad se asocien en la tarea de ayudar al hermano que se ve está errado y no quiere enderezar el camino. En este sentido, el pasaje de Mateo de hoy no está en oposición a la regla de la corrección fraterna presente en Lucas: “Si un hermano tuyo peca, repréndelo; pero si se arrepiente, ¡perdónalo! Y si peca siete veces al día contra ti y siete veces te dice: Me arrepiento, tú lo perdonarás” (17,3). Así pues, el discurso de Mateo se propone para todos los tiempos y comunidades en un desarrollo educativo por medio del cual todos debemos crecer en corregirnos a nosotros mismos y buscar que también los otros puedan mejorar en su conducta para así alcanzar una vida eclesial más acorde a los sentimientos de Cristo que vive en ella.
El seguimiento de Jesús se ve hoy puesto a prueba para aquellos sus primeros discípulos, que van con Él hacia Jerusalén. Ellos van acompañándolo seguramente esperanzados en un mesianismo popular triunfalista, por lo que Jesús les hace parar, detenerse, para encarar la realidad exigida para quien quiera seguirle. Él lo hace a través de tres frases, que podemos señalar como “escandalosas” o “duras”. Y es, queridos lectores que no se trata de un viaje normal de Jesús de Nazaret a su Ciudad Santa, el anuncio de esta decisión está fundado en los hechos que acontecerán para Él allí. Hay que ver en este ida a Jerusalén la novedad eclesial del proyecto definitivo de Jesús, por el que hará nuevas todas las cosas. Palabras que en el evangelio Pedro y seguramente el resto de los Doce no pueden comprender, porque se expresan con el lenguaje doloroso del término “cruz”. El texto griego asegura que es una decisión propia de Jesús, para cumplir la voluntad del Padre. Y, por eso señala que “será entregado”, enfrentándose así con un destino superior que deberá cumplirse. Y en ese “será entregado”, se perfila que lo matarán… (el destino teológico de esta entrega). Pero se asegura con profundidad que el panorama final es la resurrección al tercer día. Y ante esto, Satanás no está lejos en querer intervenir, y lo hace en la persona del discípulo que poco antes lo había constituido “piedra”. En vez de ser piedra para sostener a Jesús ante el escándalo de la cruz que se ve el horizonte, le sirve más bien de “piedra de tropiezo”: ese en efecto, el significado de la palabra griega scandalon, usada en el reclamo de Jesús a Pedro. La lectura eclesiológica que hace Mateo de este anuncio de la Pasión, refleja la fiel intención de mostrar al que quiera ser discípulo, que no hay otro camino más que el que Jesús ha tomado, el del despojo total, que al seguir la lectura nos hace ver como le llaman los especialistas las “palabras duras de Jesús”. Erasmo de Rotterdam célebre humanista holandés, que vivió entre 1469 y 1536, comentando este texto puso en boca de Jesús esta frase elocuente: “muchos me siguen más con los pies que con una verdadera imitación”. Seguir a Jesús es “perder”. Al escucharlo, modifica radicalmente el sentido. Perder para Jesús es una capacidad libre de romper con todas las ataduras del propio egoísmo de las cosas materiales, para “encontrase” verdaderamente; es la verdadera conquista humana, que lleva a la vida plena y lograda a la que apuntaban los filósofos. Efectivamente, el egoísmo más absoluto es prisión y muerte; la pesadilla del “salvar la propia vida” se transforma en una maldición.
Tú eres Kefas… Hoy el evangelio que engalana este domingo XXI del tiempo durante el año, está formado por tres grandes símbolos que ilustran la misión de Pedro y de la Iglesia, tal como la concibió Jesús. El primer símbolo es estructural podemos decir, se refiere a edificar una casa sobre la roca. El nuevo nombre que le impone a Simón, que hablándole en arameo su lengua, le llamará Kefas que significa piedra y que nosotros hemos traducido por Pedro. Así que, este Pedro tendrá la misión de hacer visible la función de fundamento, de unidad, de la estabilidad de Cristo para su comunidad la Iglesia. El segundo símbolo son las llaves, el poseerlas es signo de una autoridad en sentido jurídico o cultural. Pedro, de ahora en adelante, será el que dispensará los tesoros de la salvación. Y, de este signo de las llaves sale la tercera imagen del pasaje, la del atar-desatar, también en un sentido jurídico. La misión de Pedro es la de ofrecer el perdón de Dios y, más ampliamente la de consolar, amonestar, exhortar, guiar al pueblo de Dios. Es por tanto, que este maravilloso texto que nos regala Mateo, es un retrato de la Iglesia para todos los tiempos. En él se evidencia la voluntad explícita de Cristo de fundar “una” Iglesia, no varias. Y, junto a ella la voluntad de elegir de entre el grupo de los Doce, a Simón, para que presida el grupo, como cabeza visible con la autoridad que el propio Jesús le concede de gobernar, enseñar y santificar. Así pues en la “región de Cesarea de Filipo”, después de la confesión de fe en la mesianidad de Jesús, inició Pedro hasta nuestros días la misión de ser “piedra” fundamento visible de la perpetuidad de la Iglesia, hasta que el Señor vuelva