
Hoy siguiendo el capítulo 13 de Mateo volvemos a escuchar como los dos domingos anteriores el mensaje en parábolas: el tesoro escondido bajo tierra, la perla de gran valor y la red llena de peces. Escuchando o leyendo atentamente el texto comprendemos que las dos primeras parábolas tienen un único sentido, el tesoro y la perla de gran valor, tienen en la mentalidad popular y en el mundo de las leyendas, algo de extraordinario, algo de incalculable riqueza que hay encontrar para terminar con todos los problemas de la vida. Descubrir estas riquezas sería la máxima de todas las sorpresas imaginables por el ser humano. Pero hay algo más profundo en ellas, cualquier persona sería capaz de perder todo lo que tiene, incluso su alma por poseer el campo donde está el tesoro o la perla preciosa. De aquí viene entonces la maravillosa explicación: si se quiere conquistar el Reino de los cielos, es decir, entrar en vida entretejida de los valores espirituales, hay que tener la misma prontitud de decisión y la misma radicalidad de renuncia por ese valor supremo.
Jesús de manera indirecta apunta a esas muchas veces en que los buscadores de tesoros como los mercaderes de piedras finas, se han cansado hasta el límite sin encontrar lo que realmente buscaban, es más, han invertido toda su vida grandes esfuerzos humanos y material y al final se han quedado con las manos vacías y el ánimos interiores enfrentados con la pena y la decepción.
La tercera parábola contada por Jesús, relaciona el tema de los pescadores que durante horas navegan en el mar de Galilea, y que al final del día sacan una gran red cargada de peces. Al desembarcar pues se dedican a la tarea de sacar los peces Kasher, es decir “puros”, y los otros, los que no tienen escamas visibles prohibidos en las mesas hebreas por una norma del libro del Levítico 11,10. Tal acción de los pescadores, asemeja al día final de la historia cuando Dios haga el balance final entre los hombres, separando los que han alcanzado la perfección por su buenas obras y los que no llegaron ni siquiera a lo mínimo necesario.
Cuanta enseñanza hay para nosotros, todavía hoy, en las palabras de Jesús; su manera de ver las actividades humanas y su gusto pedagógico para sacar de ellas lecciones de vida, nos siguen hoy en especial en este domingo, llamando al camino de la genuina conversión. Hay que realizar en esta vida acciones profundamente radicales para alcanzar el tesoro escondido y comprar la perla preciosa. Constatación ésta que le hizo al propio Jesús asegurar que sólo los violentos alcanzarán el Reino de Dios. Violencia tal que no se dirige en contra del prójimo y asume amenazas físicas contra la vida, sino una violencia típica de quien quiere ser mejor, de quien quiere alcanzas las promesas de Jesús, de quien quiere dejarlo todo para encontrar la verdadera vida. Aceptando claramente que sólo pueden optar por este camino quienes han encontrado a Jesús, como bien lo señala las cinco letras de la palabra pez, que desde sus orígenes tuvo un simbolismo cristiano desde los orígenes. En efecto pez en griego se dice: ictus. Desde la cual se leerá el acróstico de una bella profesión de fe: “Jesus Christóas Tehoú Uiós Soter”, “Jesucristo Hijo de Dios Salvador”. Sólo si Jesús es para nosotros el Hijo de Dios que ha venido a salvarnos, podremos entender el precio radical que hay que dar por alcanzar es salvación definitiva.
Preguntas: ¿Hasta el momento que violencia me he hecho por merecer el Reino de Dios? ¿Qué estaría dispuesto a perder por ganar una vida de mejor relación con Dios?