Continuamos este domingo el discurso misionero del capítulo 10 de Mateo. Éste partiendo seguramente de la experiencia de su comunidad eclesial sometida a fuertes embates por parte de la sinagoga judía, delinea la figura del apóstol como de un “confesor de la fe”, como la de un verdadero “mártir”, es decir, un testigo valiente del Reino de Dios.  Tal discurso de Mateo, les ayuda a comprender lo difícil de la situación de su tiempo para los discípulos del Nazareno, muerto y resucitado, se trata de persecuciones, cárcel y hasta la pena capital. Pero en esta tempestad, resuena de manera repetitiva el imperativo dado por el Señor: “¡No tengan miedo!”. El discípulo “debe continuar su peregrinación entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios”, como escribía San Agustín en su obra La Ciudad de Dios. El discípulo como seguidor de Jesús debe entrar en un discipulado, que lo traduce como en una forma alternativa, en la que se puede asumir el rechazo y la persecución sin sucumbir al temor o a la tentación de renegar a Jesús. Para Mateo, el “discípulo” es sustancialmente un sinónimo de “cristiano”. Este es el gran mensaje para este domingo.  La primera lectura de Jeremías junto al Evangelio, desarrollan la atmósfera de la vivencia cristiana: serenidad y confianza. Y, es que la situación de quien anuncia es la de una oveja que está entre los lobos. Imagen que evidencia la asociación de los discípulos al misterio de la cruz, revelación de la gloria de Dios en la historia de la contradicción del hombre. Por una parte se sabe la necesidad de la muerte de la semilla para que dé fruto; de la vida difícil del cordero en medio de los lobos, aunque sabiendo que su sacrificio es el camino a la victoria. Los lobos pueden matar el cuerpo, pero el cuerpo no es la vida: viene de la tierra y a la tierra regresa. ¡Por eso no se debe temer! El temor del Dios, Señor de todo, es el principio de la sabiduría (Sal 111,10) y por ende quien vive así: expulsa todo miedo, todo temor. Confiar en Dios es el destino del auténtico discípulo, la comparación de los pajarillos o los pelos de cabeza, consolidan la piedra firme en que se apoya el discípulo y su ministerio. Los Hijos de Dios están sostenidos por las manos de un Padre, que se preocupa por seres tan pequeños como los pájaros, confirmando así su preocupación sin duda, sobre el hombre, obra de sus maravillosas manos. Pensar que Dios no se preocupa por nosotros, es un auténtico sin sentido para la vida.
Propósito de la Semana: Buscaré alguna lectura sobre los nuevos mártires de la Iglesia.