Queridos lectores evangélico de hoy parece ser más bien una “joya” del evangelio joánico, recogido por san Mateo. Se trata de un himno, que comienza bendiciendo a Dios por los destinatarios de la revelación divina. El estilo solemne, la fuerza de las palabras y su riqueza teológica se acerca más a la oración sacerdotal del capítulo 17 de Juan.  Para comprender este texto, hay que ver los versículos precedentes y los siguientes. En lo versículos anteriores, Jesús sufre la indiferencia por parte de las prósperas ciudades de junto al Lago de Tiberíades: Corozaín, Betsaida y Cafarnaún. Y, en los versículos siguientes, el rechazo al Maestro es por parte de las altas clases intelectuales, del sacerdocio y de la aristocracia hebrea. Razones más que suficientes para declarar que Dios ha rechazado a éstos que le rechazan a Él y ha elegido a los pobres, a los sencillos y marginados, que han abierto de par en par las puertas de su corazón a su mensaje. Este himno tiene una estructura en tres estrofas. La primera se enmarca en una “bendición”, que brota del agradecimiento a Dios por la elección que Él ha hecho. La segunda estrofa se orienta hacia la figura de Cristo tal y como los perciben los pobres. Todo se apoya en el verbo “conocer”, un verbo que para la Biblia y la mentalidad semita, indica una plenitud de intimidad y amor. ¿Quien “conoce” a Dios?, si no el Hijo, es decir, Jesús. Es Él el único que puede poseer por “conocer” a Dios, todo lo que Dios es. Y la tercera estrofa, que prolonga la oración de Jesús, es un llamado a que todos los cargados y agobiados descansen en Él. La imagen del “yugo” que Jesús usa, se usaba en la tradición judía para indicar la Ley y sus exigencias, impuestas por el Señor a Israel. Jesús lo propone no cómo peso e imposición, sino más bien como algo “dulce” y “suave”, aunque no le quite sus exigencias.  El hoy de ese texto es para nosotros, no invita a comprender que los verdaderos discípulos de Jesús, son los que se abandonan a Dios, descartando los cálculos matemáticos de sus propios intereses humanos, cargados de un empobrecedor egoísmo, que maltrata y destruye toda forma de felicidad y descanso del alma. Esta es la pobreza evangélica: El despojo total de las ansias incontroladas de querer tener y querer ser más que los demás, en la lucha continúa por esos anhelos desmedidos que gastan y cargan pesadamente la propia conciencia y malogra hasta los más bellos sueños de amor y de entrega.

No por nada, el Maestro ha dicho: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas”. El acento hay que ponerlo en que la mansedumbre y la humildad radican no en la apariencia del querer ser y tener del Hijo de Dios, sino en el lugar mismo de todas sus decisiones: el Corazón. El acento hay que ponerlo en la palabra “descanso”, porque en verdad quien decide desde el corazón, teniendo un corazón aquilatado por la mansedumbre y la humidad, solo puede vivir de la paz que le da descanso verdadero. Y de esto Jesús es el modelo y el principio de toda sabiduría para buscar la verdadera felicidad y la verdadera paz, al llevar su “yugo” que es en efecto “dulce”, es más podríamos decir: “dulcísimo”, sin empalagar.