En la extraordinaria escena narrada hoy por el evangelista Marcos, enmarcada simbólicamente con el sentido último de la Pascua, es decir: que Jesús de Nazaret, conocedor de la muerte al haber sido crucificado y sepultado, aparece hoy resucitado victoriosamente y entronizado en la eternidad, al subir al cielo y sentarse a la derecha del Padre. Solemnidad que hoy estamos celebrando al cumplirse los cuarenta días después de la Pascua. Él les había ordenado: “No se vayan de Jerusalén” (cf. Hch 1,4) y es que para Lucas, Jerusalén es el centro predestinado de la obra de la salvación, el punto terminal de la misión terrena de Jesús y el punto inicial de la misión universal de los apóstoles. Se cierra, pues, el tiempo de la presencia visible de Cristo en medio de nosotros, pero comienza la nueva presencia a través de su acción salvadora en la Iglesia y en la vida de todo creyente. La muerte ya ha sido borrada por la vida, la cruz es sustituida por la gloria y el mal ha sido vencido por la esperanza que no defrauda. De esta certeza Marcos al finalizar su evangelio, abre la puerta a una misión que será universal (“a todo el mundo”, “a toda criatura”), de anunciar esta Buena Nueva, es decir, el anuncio de la persona y la palabra de Cristo. En 2Re 2,11 se ha narrado como Elías ha sido llevado al cielo, pero este texto no refiere en nada a esta ascensión del Señor, no se trata solamente de un justo que entra al cielo, aquí en cambio algo de grandioso y jamás contemplado ha acontecido: el Hijo de Dios, por su kénosis había entrado al mundo para cumplir un designio salvador con su muerte y resurrección y, ahora asciende entre el asombro de los coros celestes para tomar su puesto a la derecha del trono del Padre, compartiendo así su poder. De aquí que los textos de la Palabra de Dios de esta solemnidad, están invitando a la Iglesia toda a entrar en la alabanza y adoración hacia aquél que ha dignificado de manera única nuestra dignidad humana, al poseer este cuerpo glorificado y delante de la presencia del Padre de todos. Pero, a la vez alabanza y adoración porque aunque se ha ido, permanece junto a todos por la acción de su Espíritu que infunde su vida y su palabra en todos.