“Amen a sus enemigos…”  (VII Domingo del tiempo Ordinario – Lc 6,27-38)

“Amen a sus enemigos…” (VII Domingo del tiempo Ordinario – Lc 6,27-38)


P. Tony Salinas Avery

El así conocido “Discurso de la llanura” del capítulo 6 de Lucas, nos permite engalanar la celebración de este domingo día del Señor. Sus palabras están situadas dentro del marco de la literatura sapiencial, enseñados por los rabinos de su tiempo. Lucas a diferencia de Mateo, agrega al hacer siempre el bien, “amen a sus enemigos”. Aparece así dentro de este discurso como la “regla de oro” del cristiano que termina con la ley del talión y que pasa por encima de las exigencias de la justicia. Todo el Antiguo Testamento abría la posibilidad de ir viendo relaciones de equidad y justicia entre todos los hermanos judíos para una real y serena convivencia como pueblo elegido de Dios, a ejemplo: “Cuando encuentres el buey de tu enemigo o el asno descarriado, deberás devolvérselos. Cuando veas al asno de tu enemigo caído bajo el peso, no lo abandones a su suerte, ayúdalo” (Ex 23,4-5). A la larga se fue perfilando esa expresión que se ha convertido en regla tan valiosa como el oro: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”. Pero más allá de toda norma para la más justa y noble relación entre los miembros de un mismo pueblo o familia, está la que hoy evangelio levanta como la norma del más alto quilate espiritual: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso”. La misericordia apunta a la más genuina forma de ser prójimo en verdad, porque descubre esa vulnerabilidad por la que todos siendo frágiles, todos podemos ofrecernos la mano con la compasión y el deseo sincero de no juzgar para no condenar. Y, es que en verdad la misericordia impera sobre el juicio. El evangelista nos pide tomar como modelo a Dios mismo, ya que al ser hijos suyos, podemos ser también reflejos de su infinito amor y condescendencia para con todos. El amor es el criterio o principio unificador que nos permite como cristianos estar y vivir con Dios. Así la novedad de la llegada de Jesús cumplimiento de toda la esperanza judía contenida en las Sagradas Escrituras, supera también la ley humana de ver en el enemigo una barrera insuperable para querer perdonarlo y llegar amarlo; para Jesús, la ley nueva toca la esencia del mal y lo elimina, llegando entonces a cumplir en verdad su palabra: “Amen a su enemigos”. Al final está la promesa gloriosa: “Su premio será grande y serán hijos del Altísimo”. Preguntémonos: ¿cuánto progresa en nuestras relaciones humanas este principio básico de nuestra fe en Jesús, de amar a nuestro enemigos?

“Amen a sus enemigos…”  (VII Domingo del tiempo Ordinario – Lc 6,27-38)

“Ustedes los pobres…” (Lc 6,17.20-26 – VI TO)

P.Tony Salinas Avery 

Con la alegría de este nuevo domingo, nos engalanamos con el adorno de la casa del Señor (cf. Sal 93,5), que es su Palabra. Una palabra que este día se proclama con la fuerza espiritual que ella significa. En efecto, hoy proclamamos la verdadera Magna Carta del cristianismo, que hace de síntesis moral de esa buena semilla que en la vida del discípulo ha dado frutos al ciento por ciento. Son la así llamadas Bienaventuranzas hoy en la versión de Lucas, que Mateo señala se pronunciaron en la montaña. El término Bienaventuranza tiene como sinónimos: alegría, éxito, felicidad, dicha, bienestar, prosperidad total. Pero, entonces ¿cómo definir “bienaventurados” a los pobres, a los hambrientos, a los afligidos y a los perseguidos? ¿No encierran entonces un estilo provocador de Jesús, tan presente en los evangelios? Desde un primera apreciación apuntan a la justicia de Dios, que no olvidará para una mejor suerte a los que en esta vida la han pasado re-mal. Es por eso, que la primera de estas Bienaventuranza está dirigida a los pobres. Podemos afirmar que la pobreza entendida así por Jesús, define y especifica a todas las demás. “Pobres” utilizado aquí por Lucas que suprime “de espíritu” que Mateo pone de complemento directo a su primera Bienaventuranza, va en la línea de sus personajes, reconocidos como los “pobres del Señor”, María, Zacarías, Simón, Ana, etc., quienes sólo tenían una esperanza, la que viene del propio Dios. Y, son Bienaventurados porque con su escucha y acogida de la Palabra del Reino de Dios, han recibido el cumplimiento de las promesas divinas en las que han esperado y confiado pacientemente, con un corazón libre y disponible, vaciado de todo apego como ser el tener, el poder o el placer. Los ricos, los hartos, los satisfechos, los poderosos están demasiado llenos de sí y de las cosas que no permiten que la buena semilla florezca. Para Lucas en efecto, la riqueza son el símbolo de las posesiones del egoísta y del orgullo de los poderosos, es el gran obstáculo para encontrar como diría san Francisco de Asís, la “dicha perfecta”. Las Bienaventuranzas enseñadas por Jesús, nos revelan “el camino a la felicidad”, es decir, “Su camino”. Esto porque las Bienaventuranzas “iluminan las acciones de la vida cristiana y revelan que la presencia de Dios en nosotros nos hace verdaderamente felices”. Las bienaventuranzas son la “carta de identidad” del cristiano, porque describen el rostro y el estilo de vida de Jesús (Papa Francisco, Audiencia General, enero 2020). Preguntémonos: ¿Cuánto de bienaventurado tengo ya alcanzado en mi vida? ¿Vivo las limitaciones y sufrimientos de la vida con la paciencia de los pobres de Yahvé que aguardan en su Palabra?

“Amen a sus enemigos…”  (VII Domingo del tiempo Ordinario – Lc 6,27-38)

“Pedro cayó a los pies de Jesús…” (Lc 5,8-11 – V Domingo TO)

P. Tony Salinas Avery

               La primera lectura de hoy nos sirve de marco para el anuncio de la buena nueva que nos ofrecerá el evangelio de hoy. Isaías recibe la llamada del Señor, que aparece como la invitación para un voluntario a la misión: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?” (cf. Is 6,1-2.3-8). Los verbos “mandar e ir” son típicos de los relatos de vocación que recorren toda la historia de la salvación. Dios aparece como el que nunca se equivoca, sabe elegir a sus instrumentos humanos para su proyecto. Isaías responde: “¡Aquí estoy, mándame!”. Este relato está ricamente desarrollado, ya que tanto la llamada de Dios y la respuesta del profeta, se ven llenos de libertad, conocimiento recíproco, prontitud y entusiasmo confiado. A la narración del profeta Isaías se une ahora en la evangélica que nos presenta la historia de un pescador que es llamado a ser el primero de los Doce, Simón Pedro, que también se declara pecador. En esta narración, Lucas nos presenta la trama en cuatro escenarios:  en primer lugar viene la presentación de los protagonistas, el Mesías que está iniciando su misión y un grupo de humildes e incansables pescadores que trabajan con esperanza de sol a sol. En segundo lugar se da la presentación de los protagonistas, Jesús y el grupo de pescadores encabezados por Pedro. Es el primer contacto entre ellos. Pero es en el tercer momento de este drama, que aparece la “Palabra de Jesús”, ésta invita y propone un camino de riesgo, Pedro desea fiarse de ella, y abre el camino de la respuesta total. Finalmente en el cuarto momento, emblemático de todo relato vocacional: “dejar y seguir”,  se dan los verbos de la respuesta a la llamada. Como Isaías, Pedro también tiene que reconocer su miseria y dejarse librar de ella. Lucas es el único evangelista que subraya el desenlace final: “Dejaron todo”. Hoy domingo, escuchando la Palabra de Dios, se nos abre de nuevo el camino a escuchar la llamada del Señor, ésta sigue vigente, constante y presente para todos y cada uno de nosotros. Éste que es el Cristo, el Hijo de Dios, que sigue ofreciendo desde la barca que es su Iglesia, una misión de perdón y de salvación para todos. Preguntémonos: ¿Cómo reacciono ante esta Palabra de Dios que hoy se nos ofrece? ¿Me siento interpelado a dar una respuesta al Señor desde mi actual estado de vida? ¿Qué le digo al Señor después de su mensaje?

“Amen a sus enemigos…”  (VII Domingo del tiempo Ordinario – Lc 6,27-38)

“Ningún profeta es bien aceptado en su patria” (Lc 4,24-30-IV Ordinario)

En el primer plano de las lecturas de hoy, escucharemos la historia amarga de un doble rechazo. En la primera lectura es el rechazo del profeta Jeremías y en el evangelio el del propio Jesús. Se trata del rechazo y agresión de sus propios paisanos, es un viaje marcado por la hostilidad que tiene como meta El Calvario, es el drama de la Palabra de Dios ignorada o pisoteada en los profetas y al final en el mismo Hijo de Dios. Toda la narración inicia con las palabras provocativas con las que Jesús termina su lectura en la sinagoga de Nazaret: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que han escuchado”, leíamos el domingo pasado. ¿Qué acaba de decir? ¿Cuál es su real significado? Su auditorio está más que informado sobre él y su origen (¿no es el hijo de José?). El culmen está también en que en esta su tierra no obra ningún milagro, como han dicho que ha realizado fuera de ella. Y, es que Jesús va más allá, recorriendo los ciclos narrativos de los libros de los Reyes relativos a los “padres” del profetismo bíblico, Elías y Eliseo, afirma que los milagros están destinados ante todo a los extranjeros y a los lejanos, tal como se los recuerda el caso de la viuda de Sarepta de Sidón y Naamán el Sirio. “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de indignación; se levantaron lo sacaron fuera de la ciudad, para arrojarlo por el precipicio”. El rechazo pues se hace agresivo y revela la falsedad de la aparente religiosidad que antes se manifestaba orgullosamente. Podemos decir que ellos tenían la fe en Dios como una inversión de la cual se obtenían todas las mas ricas ventajas. Pero la Palabra de Dios aunque incomode y desenmascare las falsas posturas de una religiosidad equivocada, no se apaga, sigue resonando sin detenerse jamás. Al respecto el Papa Francisco en su homilía del domingo pasado puntualizó: “La rigidez no nos cambia solo nos esconde, la Palabra de Dios nos cambia. Y lo hace penetrando en el alma como una espada. Porque si por una parte nos consuela, revelándonos el rostro de Dios, por otra parte provoca y sacude, mostrándonos nuestras contradicciones y poniéndonos en crisis”. Preguntémonos: ¿Estoy dispuesto a recibir este mensaje de Jesús y dejarme cambiar por él?

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO DOMINGO DE LA PALABRA 2022

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO DOMINGO DE LA PALABRA 2022

En la primera Lectura y en el Evangelio encontramos dos gestos paralelos: el sacerdote Esdras tomó el libro de la ley de Dios, lo abrió y lo proclamó delante de todo el pueblo; Jesús, en la sinagoga de Nazaret, abrió el volumen de la Sagrada Escritura y leyó un pasaje del profeta Isaías delante de todos. Son dos escenas que nos comunican una realidad fundamental: en el centro de la vida del pueblo santo de Dios y del camino de la fe no estamos nosotros, con nuestras palabras; en el centro está Dios con su Palabra.

Todo comenzó con la Palabra que Dios nos dirigió. En Cristo, su Palabra eterna, el Padre «nos eligió antes de la creación del mundo» (Ef 1,4). Con su Palabra creó el universo: «Él lo dijo y así sucedió» (Sal 33,9). Desde la antigüedad nos habló por medio de los profetas (cf. Hb 1,1); por último, en la plenitud del tiempo, nos envió su misma Palabra, el Hijo unigénito (cf. Ga 4,4). Por esto, al finalizar la lectura de Isaías, Jesús en el Evangelio anuncia algo inaudito: «Esta lectura se ha cumplido hoy» (Lc 4,21). Se ha cumplido; la Palabra de Dios ya no es una promesa, sino que se ha realizado. En Jesús se hizo carne. Por obra del Espíritu Santo habitó entre nosotros y quiere hacernos su morada, para colmar nuestras expectativas y sanar nuestras heridas.

Hermanas y hermanos, tengamos la mirada fija en Jesús, como la gente en la sinagoga de Nazaret (cf. v. 20), —lo miraban, era uno de ellos: ¿qué novedad? ¿qué hará éste, del que tanto se habla?— y acojamos su Palabra. Meditemos hoy dos aspectos de ella que están unidos entre sí: la Palabra revela a Dios y la Palabra nos lleva al hombre. Ella esta al centro, revela a Dios y nos lleva al hombre.

En primer lugar, la Palabra revela a Dios. Jesús, al comienzo de su misión, comentando ese pasaje específico del profeta Isaías, anuncia una opción concreta: ha venido para liberar a los pobres y oprimidos (cf. v. 18). De este modo, precisamente por medio de las Escrituras, nos revela el rostro de Dios como el de Aquel que se hace cargo de nuestra pobreza y le preocupa nuestro destino. No es un tirano que se encierra en el cielo, esa es una fea imagen de Dios, sino un Padre que sigue nuestros pasos. No es un frío observador indiferente e imperturbable, un Dios “matemático”. Es el Dios con nosotros, que se apasiona con nuestra vida y se identifica hasta llorar nuestras mismas lágrimas. No es un dios neutral e indiferente, sino el Espíritu amante del hombre, que nos defiende, nos aconseja, toma partido a nuestro favor, se involucra y se compromete con nuestro dolor. Siempre está presente allí. Esta es «la buena noticia» (v. 18) que Jesús proclama ante la mirada sorprendida de todos: Dios es cercano y quiere cuidar de mí, de ti, de todos. Y este es el modo de tratar de Dios: la cercanía. Él se define a sí mismo de esta manera; dice al pueblo, en Deuteronomio: «¿Cuál es la gran nación que tenga dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos?» (cf. Dt 4,7). Él es un Dios cercano, compasivo y tierno, quiere aliviarte de las cargas que te aplastan, quiere caldear el frío de tus inviernos, quiere iluminar tus días oscuros, quiere sostener tus pasos inciertos. Y lo hace con su Palabra, con la que te habla para volver a encender la esperanza en medio de las cenizas de tus miedos, para hacer que vuelvas a encontrar la alegría en los laberintos de tus tristezas, para llenar de esperanza la amargura de tus soledades. Él te hace caminar, no dentro de un laberinto, más bien por el camino, para encontrarlo cada día.

Hermanos, hermanas, preguntémonos: ¿llevamos en el corazón esta imagen liberadora de Dios, del Dios cercano, compasivo y tierno o pensamos que sea un juez riguroso, un rígido aduanero de nuestra vida? ¿Nuestra fe genera esperanza y alegría o me pregunto si entre nosotros está todavía determinada por el miedo? ¿Qué rostro de Dios anunciamos en la Iglesia, el Salvador que libera y cura o el Dios Temible que aplasta bajo los sentimientos de culpa? Para convertirnos al Dios verdadero, Jesús nos indica de dónde debemos partir: de la Palabra. Ella, contándonos la historia del amor que Dios tiene por nosotros, nos libera de los miedos y de los conceptos erróneos sobre Él, que apagan la alegría de la fe. La Palabra derriba los falsos ídolos, desenmascara nuestras proyecciones, destruye las representaciones demasiado humanas de Dios y nos muestra su rostro verdadero, su misericordia. La Palabra de Dios nutre y renueva la fe, ¡volvamos a ponerla en el centro de la oración y de la vida espiritual! Al centro la Palabra que nos revela como es Dios y nos hace cercanos a Él.

Y ahora, el segundo aspecto: la Palabra nos lleva al hombre. Justamente cuando descubrimos que Dios es amor compasivo, vencemos la tentación de encerrarnos en una religiosidad sacra, que se reduce a un culto exterior, que no toca ni transforma la vida. Esta es idolatría, escondida y refinada, pero idolatría al fin. La Palabra nos impulsa a salir fuera de nosotros mismos para ponernos en camino al encuentro de los hermanos con la única fuerza humilde del amor liberador de Dios. En la sinagoga de Nazaret Jesús nos revela precisamente esto: Él es enviado para ir al encuentro de los pobres – que somos todos nosotros – y liberarlos. No vino a entregar una serie de normas o a oficiar alguna ceremonia religiosa, sino que descendió a las calles del mundo para encontrarse con la humanidad herida, para acariciar los rostros marcados por el sufrimiento, para sanar los corazones quebrantados, para liberarnos de las cadenas que nos aprisionan el alma. De este modo nos revela cuál es el culto que más agrada a Dios: hacernos cargo del prójimo. Volvamos sobre esto. En el momento en el que en la Iglesia están las tentaciones de la rigidez, que es una perversión, y se cree que encontrar a Dios es hacerse más rígido, con más normas, las cosas justas, las cosas claras… no es así. Cuando nosotros veremos propuestas rígidas, inmediatamente pensemos: esto es un ídolo, no es Dios, nuestro Dios no es así.

Hermanas y hermanos, la rigidez no nos cambia solo nos esconde, la Palabra de Dios nos cambia. Y lo hace penetrando en el alma como una espada (cf. Hb 4,12). Porque, si por una parte consuela, revelándonos el rostro de Dios, por otra parte provoca y sacude, mostrándonos nuestras contradicciones y poniéndonos en crisis. No nos deja tranquilos, si quien paga el precio de esta tranquilidad es un mundo desgarrado por la injusticia y el hambre, y quienes sufren las consecuencias son siempre los más débiles. Siempre pagan los más débiles. La Palabra pone en crisis esas justificaciones nuestras que siempre hacen depender aquello que no funciona del otro o de los otros. Cuánto dolor sentimos al ver morir en el mar a nuestros hermanos y hermanas porque no los dejan desembarcar. Y esto lo hacen algunos en nombre de Dios. La Palabra de Dios nos invita a salir al descubierto, a no escondernos detrás de la complejidad de los problemas, detrás del “no hay nada que hacer” o del “¿qué puedo hacer yo?” o del “es un problema de ellos o de él”. Nos exhorta a actuar, a unir el culto a Dios y el cuidado del hombre. Porque la Sagrada Escritura no nos ha sido dada para entretenernos, para mimarnos en una espiritualidad angélica, sino para salir al encuentro de los demás y acercarnos a sus heridas. Hablé de rigidez, de ese pelagianismo moderno, que es una de las tentaciones de la Iglesia. Y buscar una espiritualidad angélica, es la otra tentación de hoy: los movimientos espirituales gnósticos, el gnosticismo, que te ofrece una Palabra de Dios que te pone “en órbita” y no te deja tocar la realidad. La Palabra que se ha hecho carne (cf. Jn 1,14) quiere encarnarse en nosotros. No nos aleja de la vida, sino que nos introduce en la vida, en las situaciones de todos los días, en la escucha de los sufrimientos de los hermanos, del grito de los pobres, de la violencia y las injusticias que hieren la sociedad y el planeta, para no ser cristianos indiferentes sino laboriosos, cristianos creativos, cristianos proféticos.

«Esta lectura que acaban de oír – dice Jesús – se ha cumplido hoy» (Lc 4,21). La Palabra quiere encarnarse hoy, en el tiempo que vivimos, no en un futuro ideal. Una mística francesa del siglo pasado, que eligió vivir el Evangelio en las periferias, escribió que la Palabra del Señor no es «“letra muerta”, sino espíritu y vida. […] Las condiciones de la escucha que reclama de nosotros la Palabra del Señor son las de nuestro “hoy”: las circunstancias de nuestra vida cotidiana y las necesidades de nuestro prójimo» (M. Delbrêl, La alegría de creer, Sal Terrae, Santander 1997, 242-243).Entonces, preguntémonos: ¿queremos imitar a Jesús, ser ministros de liberación y de consolación para los demás poniendo en práctica la Palabra? ¿Somos una Iglesia dócil a la Palabra; una Iglesia con capacidad de escuchar a los demás, que se compromete a tender la mano para aliviar a los hermanos y las hermanas de aquello que los oprime, para desatar los nudos de los temores, liberar a los más frágiles de las prisiones de la pobreza, del cansancio interior y de la tristeza que apaga la vida? ¿Queremos esto?

En esta celebración, algunos de nuestros hermanos y hermanas son instituidos lectores y catequistas. Están llamados a la tarea importante de servir el Evangelio de Jesús, de anunciarlo para que su consuelo, su alegría y su liberación lleguen a todos. Esta es también la misión de cada uno de nosotros: ser anunciadores creíbles, ser profetas de la Palabra en el mundo. Por eso, apasionémonos por la Sagrada Escritura. Dejémonos escrutar interiormente por la Palabra de Dios, que revela la novedad de Dios y nos lleva a amar a los demás sin cansarse. ¡Volvamos a poner la Palabra de Dios en el centro de la pastoral y de la vida de la Iglesia! Así nos libraremos de todo pelagianismo rígido, de toda rigidez, y nos libraremos también de la ilusión de una espiritualidad que nos pone “en órbita” sin cuidar de nuestros hermanos y hermanas. Volvamos a poner la Palabra de Dios en el centro de la pastoral y de la vida de la Iglesia. Escuchémosla, recemos con ella, pongámosla en práctica.

ABP Arquidiocesis Invita Conferencia Mons. Santiago

ABP Arquidiocesis Invita Conferencia Mons. Santiago

La Animación Biblica de la Pastoral Invita a la Conferencia en el Marco del Domingo de la Palabra de Dios


Biografía

Santiago Silva Retamales es magíster en Teología dogmática por la Pontificia universidad Católica de Chile y licenciado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma. Durante varios años ha sido profesor titular de Sagrada Escritura en el Pontificio Seminario Mayor San Rafael, de la diócesis de Valparaíso, en la Pontificia Universidad Católica de Chile (sede de Santiago) y en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Ha publicado muchos artículos y varios libros.
Fue fundador (2003) y obispo responsable hasta el año 2015 del Centro Bíblico Pastoral para América Latina» (CEBIPAL), dependiente del CELAM, hoy llamada Escuela Bíblica. Es el actual responsable de la traducción de la Sagrada Escritura llamada Biblia de la Iglesia en América o BIA, cuya edición completa se prepara para el año 2019. El Nuevo Testamento ya fue publicado en 2015 por la editorial PPC.
Fue secretario general del CELAM durante el cuatrienio 2011-2015. Actualmente es el obispo presidente del Departamento de Comunión Eclesial y Diálogo del CELAM para el período 2015-2019.
En su calidad de perito en materias bíblicas, participó en mayo de 2007 en la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y El Caribe, en Aparecida (Brasil), y fue uno de los redactores del documento final.
Por parte de la Conferencia Episcopal de Chile participó en el Sínodo de los Obispos sobre «La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia» (Roma, octubre de 2008), instancia en la que fue nombrado vicepresidente de la Comisión Redactora del Mensaje Final del Sínodo. También participó en el Sínodo sobre la nueva evangelización, en 2012, y en el Sínodo extraordinario sobre la familia (octubre de 2014).
En la actualidad es el presidente de la Conferencia Episcopal de Chile y obispo encargado de la Comisión Nacional de Animación Bíblica de la Pastoral.