Los días 31 de marzo a 2 de abril de 2022 vamos a celebrar el encuentro de las asociaciones bíblicas Española e Italiana en Salamanca; el tema general que se va a desarrollar es “El sacrificio en la Biblia”.
Programa:
Jueves manaña:
9:15-9:30. Presentación
9:30-11:00. Potencia y diálogo AT: “La fuerza inclusiva de los sacrificios del Levítico”, por Junkal Guevara (Facultad de Teología, Granada, Universidad Loyola)
11:00-11:30. Descanso
11:30-13:00. Ponencia y diálogo AT: “Il sistema sacrificale di Levitico e Numeri a confronto: ripetizione, riformulazione o complemento?”, por Francesco Cocco (Universidad Pontificia Comillas)
Jueves tarde:
15:00-17:00. Seminarios
17:00-17:15. Descanso
17:15-18:45. Seminarios
Viernes manaña:
9:30-11:00. Ponencia y diálogo NT: “¿Sacrificaba Pablo en el Templo de Jerusalén tras su llamada?”, por Álvaro Pereira Delgado (Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla)
11:00-11:30. Descanso
11:30-13:00. Ponencia y diálogo NT: “Antropologia e teologia del sacrificio nella Lettera agli Ebrei”, por Paolo Garuti (École Biblique, Jerusalem – Pontificia Università S. Tommaso, Roma)
Viernes tarde:
15:00-17:00. Seminarios
17:00-17:15. Descanso
17:15-18:45. Seminarios
Sábado manaña:
Visita a la Universidad
Visita a la ciudad
Directores de seminarios de AT:
José Antonio Garijo (Universidad Pontificia de Salamanca)
Simone Paganini (RWTH Aachen University)
Luca Mazzinghi (Pontificia Universidad Gregoriana)
Nuria Calduch-Benages (Pontificia Universidad Gregoriana)
Directores de seminarios de NT:
Sergio Rossell (St. Louis University. Madrid)
Antonio Pitta (Pontificia Universidad Lateranense)
Directores de seminarios de aspectos interdisciplinares:
Carlos Gil (Universidad de Deusto)
Massimo Naro (Facultad de Teología de Sicilia, Palermo)
La parábola de este domingo está reflejando claramente que no se trata de una historia de crisis intrafamiliar, sino por el contrario cuenta con lujos de detalles la historia de un “retorno” y el “amoroso recibimiento que da un padre”. No hay mejor contexto tomado por el ingenio de Jesús, que el de la relación de padres e hijos, para explicar el conocido del verbo hebreo shûb, “retornar”, en su sentido profundo de conversión. Los evangelios utilizan el término griego metanoein, referido más bien al “cambio de mentalidad”, un cambio de ruta, tal y como lo haría un pastor beduino que en marcha por el desierto se da cuenta de estar tomando un sendero que lo aleja en espacio y tiempo de las fuentes de agua, fundamental para la vida de su rebaño. El largo relato de Lucas, nos lleva en primer lugar a la descripción de lo que acontece, el hijo menor se va pero recapacitando por la mala experiencia vivida, decide volver, se convierte: “Me levantaré y volveré a mi padre”. Tal como lo señala el evangelista, se trata de un acto de verdadera conversión, jugó el joven con su vida y perdió, no sólo el dinero de la herencia, sino su dignidad y la confortable vida que poseía en la casa paterna. El duro exilio voluntario le hizo tocar fondo y es desde esa dura realidad que experimenta, no busca acabar con su vida sino confiar en que su padre le recibirá. Este papá es su única y verdadera esperanza, y no quedará defraudado. En efecto, su padre lo ha esperado desde el primer día que se fue, y al verlo venir se hace el servidor de ese hijo suyo que ha regresado en estado de muerte, pero su amor y compasión le devolverá la vida. No hay que olvidar que el hermano mayor, sí le ha cerrado la puerta de la casa y de su corazón y no puede comprender el proceder de su padre. Esta liturgia queridos lectores, ricamente penitencial y propia de este tiempo cuaresmal, es un fuerte llamado a la conversión y a la penitencia, asociando su sentido de confianza y abandono a la misericordia del Padre Dios, que siempre está dispuesto a perdonarnos y animarnos a suscitar con la fuerza de su Espíritu el deseo de querer volver a sus brazos de Padre. Por eso bien lo señalaron los profetas, este es el tiempo de la misericordia, es el tiempo de la salvación. Es el momento para volver a escuchar esta parábola y permitirle que su efecto salvador en nosotros, nos haga volver a la casa paterna de la que nunca tendríamos que haber salido.
Al texto evangélico de este domingo le precede la primera lectura del encuentro de Dios con Moisés en el desierto, tomado del libro del Éxodo (3,1-8.13-15). Es la revelación de Dios de manera única en la cual se da también un extraordinario diálogo, en el que Él revela su nombre secreto. Dar a conocer su nombre, en esa cultura semítica, significa conocer su realidad misma, indicando con el nombre todo su ser y su fuerza, la esencia más genuina de quien se es. Llama la atención como Dios no se revela en un sustantivo sino en un verbo, es decir, una forma activa, no estática o inerte, como bien se señala de un ídolo. Con este texto del Éxodo comprendemos cómo Dios abrió ese diálogo con el hombre, que de nuevo vendrá a ser interrumpido por esa actitud ya no de su elegido, Moisés, sino del pueblo mismo, como lo señala san Pablo en la segunda lectura, sobre todo con el uso del verbo “murmurar”, verbo bíblico que indica directamente la incredulidad, el desprecio al Señor y la desconfianza en su poder. Es por tal razón, que el Evangelio quiere ser hoy el retomar ese diálogo cortado entre Dios y los hombres, manifestado en la parábola del dueño de la viña y el campesino. Con sus tres años de ministerio Jesús ha querido ser ese campesino que aboga ante el dueño (el Padre) por la aridez y la indiferencia de la higuera (el pueblo de Israel). Cumple así su gran papel de mediador, intercede por la humanidad a la cual también invita a convertirse (metanoein), verbo que en el original griego indica “cambiar de mentalidad”. En definitiva, no estamos tratando con un ídolo al que podemos manipular a nuestro antojo, estamos tratando con la real presencia de Dios, de quien recibimos misericordia y paciencia para darnos siempre más posibilidades de cambio sincero, más tiempo para aceptar el mensaje de su Hijo, el cual ha pedido un año más, cifra de un tiempo definido pero no determinado en su final, porque aboga a la bondad de un Dios que siempre puede dar más y más prórrogas para que el árbol pueda dar frutos. Hermosa y santa Palabra de Dios la de este domingo, que nos coloca entre la personal decisión de aceptar a ese Dios vivo y verdadero del que nos habla Jesús, rico plenamente de misericordia y amor, de quien sólo podemos recibir vida, para tenerla en abundancia. Fuera de la savia de su Espíritu vivo y vivificador no hay experiencia de vida verdadera, por eso es que Jesús está urgido en que volvamos a Él.
Hoy caminando juntos en este maravilloso tiempo de conversión, acompañamos a Jesús, el misterio de todo un Dios que se oculta bajo los rasgos de un hombre que camina por los senderos de Palestina. Hoy el texto sagrado nos hace contemplar su resplandor, sus tres discípulos han podido ser testigos de algo que pronto se develará plenamente, algo en Él comienza a despuntar. Lucas es el único de los evangelistas para conectar este acontecimiento del monte Tabor, como lo es conocido por nosotros, con la Pascua al señalar el diálogo de Jesús con Moisés y Elías: “Hablaban de su muerte que se cumpliría en Jerusalén”. Señalemos amigos que la traducción de “partida” (muerte) no corresponde exactamente al original griego que habla de “éxodo”. Él es en verdad el nuevo Moisés que llevará al resucitar y subir al cielo, como dice la Carta a los Hebreos, a una gran multitud de rescatados como el líder que va a la cabeza del grupo. Ese será el verdadero Éxodo de la esclavitud del pecado, de la muerte hacia la libertad perfecta y la vida. Lucas al señalar que sube a un monte, lugar del encuentro con Dios, como señala la Biblia, y por ende lugar de oración para todos los hombres creyentes, coloca a Jesús que sube ante la inminencia de su final destino que intuye será doloroso, sube para orar, y en esa cumbre espiritual el Padre mismo le hace probar con su oración, la transfiguración, en griego “metamorfosis”. Envuelto en la luz, signo divino, sumergido en la gloria, venerado por Moisés y Elías, símbolos de la ley y lo profetas, Cristo “se revela” en su profunda y misteriosa verdad: “Este es mi Hijo, el elegido”, le dice el Padre. En este domingo el cristiano orando sinceramente y con constancia se permite ver la epifanía del Hijo de Dios, reconociendo el lazo de amor profundo que une a Jesús al Padre. El maravilloso efecto de la oración que le permite al Hijo, ver y probar la gloria luego de su dolorosa pasión. Subió al monte seguro que su ser humano le agitaba por el miedo y el terror su propia alma, pero ora y el Padre que le viene a su encuentro le colma de paz y seguridad que después del tomento y el horror de la cruz, sus cinco llagas se llenarán de gloria y su vida resplandecerá para siempre como primogénito de entre los muertos. Nos ayude al oración de este día para meditar en el camino de Jesús y el nuestro.
«No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos» (Ga 6,9-10a)
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un tiempo favorable para la renovación personal y comunitaria que nos conduce hacia la Pascua de Jesucristo muerto y resucitado. Para nuestro camino cuaresmal de 2022 nos hará bien reflexionar sobre la exhortación de san Pablo a los gálatas: «No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad (kairós), hagamos el bien a todos» (Ga 6,9-10a).
1. Siembra y cosecha
En este pasaje el Apóstol evoca la imagen de la siembra y la cosecha, que a Jesús tanto le gustaba (cf. Mt 13). San Pablo nos habla de un kairós, un tiempo propicio para sembrar el bien con vistas a la cosecha. ¿Qué es para nosotros este tiempo favorable? Ciertamente, la Cuaresma es un tiempo favorable, pero también lo es toda nuestra existencia terrena, de la cual la Cuaresma es de alguna manera una imagen [1]. Con demasiada frecuencia prevalecen en nuestra vida la avidez y la soberbia, el deseo de tener, de acumular y de consumir, como muestra la parábola evangélica del hombre necio, que consideraba que su vida era segura y feliz porque había acumulado una gran cosecha en sus graneros (cf. Lc 12,16-21). La Cuaresma nos invita a la conversión, a cambiar de mentalidad, para que la verdad y la belleza de nuestra vida no radiquen tanto en el poseer cuanto en el dar, no estén tanto en el acumular cuanto en sembrar el bien y compartir.
El primer agricultor es Dios mismo, que generosamente «sigue derramando en la humanidad semillas de bien» (Carta enc. Fratelli tutti, 54). Durante la Cuaresma estamos llamados a responder al don de Dios acogiendo su Palabra «viva y eficaz» (Hb 4,12). La escucha asidua de la Palabra de Dios nos hace madurar una docilidad que nos dispone a acoger su obra en nosotros (cf. St 1,21), que hace fecunda nuestra vida. Si esto ya es un motivo de alegría, aún más grande es la llamada a ser «colaboradores de Dios» (1 Co 3,9), utilizando bien el tiempo presente (cf. Ef 5,16) para sembrar también nosotros obrando el bien. Esta llamada a sembrar el bien no tenemos que verla como un peso, sino como una gracia con la que el Creador quiere que estemos activamente unidos a su magnanimidad fecunda.
¿Y la cosecha? ¿Acaso la siembra no se hace toda con vistas a la cosecha? Claro que sí. El vínculo estrecho entre la siembra y la cosecha lo corrobora el propio san Pablo cuando afirma: «A sembrador mezquino, cosecha mezquina; a sembrador generoso, cosecha generosa» (2 Co 9,6). Pero, ¿de qué cosecha se trata? Un primer fruto del bien que sembramos lo tenemos en nosotros mismos y en nuestras relaciones cotidianas, incluso en los más pequeños gestos de bondad. En Dios no se pierde ningún acto de amor, por más pequeño que sea, no se pierde ningún «cansancio generoso» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 279). Al igual que el árbol se conoce por sus frutos (cf. Mt 7,16.20), una vida llena de obras buenas es luminosa (cf. Mt 5,14-16) y lleva el perfume de Cristo al mundo (cf. 2 Co 2,15). Servir a Dios, liberados del pecado, hace madurar frutos de santificación para la salvación de todos (cf. Rm 6,22).
En realidad, sólo vemos una pequeña parte del fruto de lo que sembramos, ya que según el proverbio evangélico «uno siembra y otro cosecha» (Jn 4,37). Precisamente sembrando para el bien de los demás participamos en la magnanimidad de Dios: «Una gran nobleza es ser capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra» (Carta enc. Fratelli tutti, 196). Sembrar el bien para los demás nos libera de las estrechas lógicas del beneficio personal y da a nuestras acciones el amplio alcance de la gratuidad, introduciéndonos en el maravilloso horizonte de los benévolos designios de Dios.
La Palabra de Dios ensancha y eleva aún más nuestra mirada, nos anuncia que la siega más verdadera es la escatológica, la del último día, el día sin ocaso. El fruto completo de nuestra vida y nuestras acciones es el «fruto para la vida eterna» (Jn 4,36), que será nuestro «tesoro en el cielo» (Lc 18,22; cf. 12,33). El propio Jesús usa la imagen de la semilla que muere al caer en la tierra y que da fruto para expresar el misterio de su muerte y resurrección (cf. Jn 12,24); y san Pablo la retoma para hablar de la resurrección de nuestro cuerpo: «Se siembra lo corruptible y resucita incorruptible; se siembra lo deshonroso y resucita glorioso; se siembra lo débil y resucita lleno de fortaleza; en fin, se siembra un cuerpo material y resucita un cuerpo espiritual» (1 Co 15,42-44). Esta esperanza es la gran luz que Cristo resucitado trae al mundo: «Si lo que esperamos de Cristo se reduce sólo a esta vida, somos los más desdichados de todos los seres humanos. Lo cierto es que Cristo ha resucitado de entre los muertos como fruto primero de los que murieron» (1 Co 15,19-20), para que aquellos que están íntimamente unidos a Él en el amor, en una muerte como la suya (cf. Rm 6,5), estemos también unidos a su resurrección para la vida eterna (cf. Jn 5,29). «Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» (Mt 13,43).
2. «No nos cansemos de hacer el bien»
La resurrección de Cristo anima las esperanzas terrenas con la «gran esperanza» de la vida eterna e introduce ya en el tiempo presente la semilla de la salvación (cf. Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 3; 7). Frente a la amarga desilusión por tantos sueños rotos, frente a la preocupación por los retos que nos conciernen, frente al desaliento por la pobreza de nuestros medios, tenemos la tentación de encerrarnos en el propio egoísmo individualista y refugiarnos en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Efectivamente, incluso los mejores recursos son limitados, «los jóvenes se cansan y se fatigan, los muchachos tropiezan y caen» (Is 40,30). Sin embargo, Dios «da fuerzas a quien está cansado, acrecienta el vigor del que está exhausto. […] Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, vuelan como las águilas; corren y no se fatigan, caminan y no se cansan» (Is 40,29.31). La Cuaresma nos llama a poner nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor (cf. 1 P 1,21), porque sólo con los ojos fijos en Cristo resucitado (cf. Hb 12,2) podemos acoger la exhortación del Apóstol: «No nos cansemos de hacer el bien» (Ga 6,9).
No nos cansemos de orar. Jesús nos ha enseñado que es necesario «orar siempre sin desanimarse» ( Lc 18,1). Necesitamos orar porque necesitamos a Dios. Pensar que nos bastamos a nosotros mismos es una ilusión peligrosa. Con la pandemia hemos palpado nuestra fragilidad personal y social. Que la Cuaresma nos permita ahora experimentar el consuelo de la fe en Dios, sin el cual no podemos tener estabilidad (cf. Is 7,9). Nadie se salva solo, porque estamos todos en la misma barca en medio de las tempestades de la historia [2]; pero, sobre todo, nadie se salva sin Dios, porque sólo el misterio pascual de Jesucristo nos concede vencer las oscuras aguas de la muerte. La fe no nos exime de las tribulaciones de la vida, pero nos permite atravesarlas unidos a Dios en Cristo, con la gran esperanza que no defrauda y cuya prenda es el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (cf. Rm 5,1-5).
No nos cansemos de extirpar el mal de nuestra vida. Que el ayuno corporal que la Iglesia nos pide en Cuaresma fortalezca nuestro espíritu para la lucha contra el pecado. No nos cansemos de pedir perdón en el sacramento de la Penitencia y la Reconciliación, sabiendo que Dios nunca se cansa de perdonar [3]. No nos cansemos de luchar contra la concupiscencia, esa fragilidad que nos impulsa hacia el egoísmo y a toda clase de mal, y que a lo largo de los siglos ha encontrado modos distintos para hundir al hombre en el pecado (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 166). Uno de estos modos es el riesgo de dependencia de los medios de comunicación digitales, que empobrece las relaciones humanas. La Cuaresma es un tiempo propicio para contrarrestar estas insidias y cultivar, en cambio, una comunicación humana más integral (cf. ibíd., 43) hecha de «encuentros reales» ( ibíd., 50), cara a cara.
No nos cansemos de hacer el bien en la caridad activa hacia el prójimo. Durante esta Cuaresma practiquemos la limosna, dando con alegría (cf. 2 Co 9,7). Dios, «quien provee semilla al sembrador y pan para comer» (2 Co 9,10), nos proporciona a cada uno no sólo lo que necesitamos para subsistir, sino también para que podamos ser generosos en el hacer el bien a los demás. Si es verdad que toda nuestra vida es un tiempo para sembrar el bien, aprovechemos especialmente esta Cuaresma para cuidar a quienes tenemos cerca, para hacernos prójimos de aquellos hermanos y hermanas que están heridos en el camino de la vida (cf. Lc 10,25-37). La Cuaresma es un tiempo propicio para buscar —y no evitar— a quien está necesitado; para llamar —y no ignorar— a quien desea ser escuchado y recibir una buena palabra; para visitar —y no abandonar— a quien sufre la soledad. Pongamos en práctica el llamado a hacer el bien a todos, tomándonos tiempo para amar a los más pequeños e indefensos, a los abandonados y despreciados, a quienes son discriminados y marginados (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 193).
3. «Si no desfallecemos, a su tiempo cosecharemos»
La Cuaresma nos recuerda cada año que «el bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día» (ibíd., 11). Por tanto, pidamos a Dios la paciente constancia del agricultor (cf. St 5,7) para no desistir en hacer el bien, un paso tras otro. Quien caiga tienda la mano al Padre, que siempre nos vuelve a levantar. Quien se encuentre perdido, engañado por las seducciones del maligno, que no tarde en volver a Él, que «es rico en perdón» (Is 55,7). En este tiempo de conversión, apoyándonos en la gracia de Dios y en la comunión de la Iglesia, no nos cansemos de sembrar el bien. El ayuno prepara el terreno, la oración riega, la caridad fecunda. Tenemos la certeza en la fe de que «si no desfallecemos, a su tiempo cosecharemos» y de que, con el don de la perseverancia, alcanzaremos los bienes prometidos (cf. Hb 10,36) para nuestra salvación y la de los demás (cf. 1 Tm 4,16). Practicando el amor fraterno con todos nos unimos a Cristo, que dio su vida por nosotros (cf. 2 Co 5,14-15), y empezamos a saborear la alegría del Reino de los cielos, cuando Dios será «todo en todos» (1 Co 15,28).
Que la Virgen María, en cuyo seno brotó el Salvador y que «conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19) nos obtenga el don de la paciencia y permanezca a nuestro lado con su presencia maternal, para que este tiempo de conversión dé frutos de salvación eterna.
Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2021, Memoria de san Martín de Tours, obispo.
FRANCISCO
[1] Cf. S. Agustín, Sermo, 243, 9,8; 270, 3; Enarrationes in Psalmos, 110, 1.
[2] Cf. Momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia (27 de marzo de 2020).