MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCOPARA LA CUARESMA 2022

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2022



«No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo.
Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos» (Ga 6,9-10a)



Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo favorable para la renovación personal y comunitaria que nos conduce hacia la Pascua de Jesucristo muerto y resucitado. Para nuestro camino cuaresmal de 2022 nos hará bien reflexionar sobre la exhortación de san Pablo a los gálatas: «No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad (kairós), hagamos el bien a todos» (Ga 6,9-10a).

1. Siembra y cosecha

En este pasaje el Apóstol evoca la imagen de la siembra y la cosecha, que a Jesús tanto le gustaba (cf. Mt 13). San Pablo nos habla de un kairós, un tiempo propicio para sembrar el bien con vistas a la cosecha. ¿Qué es para nosotros este tiempo favorable? Ciertamente, la Cuaresma es un tiempo favorable, pero también lo es toda nuestra existencia terrena, de la cual la Cuaresma es de alguna manera una imagen [1]. Con demasiada frecuencia prevalecen en nuestra vida la avidez y la soberbia, el deseo de tener, de acumular y de consumir, como muestra la parábola evangélica del hombre necio, que consideraba que su vida era segura y feliz porque había acumulado una gran cosecha en sus graneros (cf. Lc 12,16-21). La Cuaresma nos invita a la conversión, a cambiar de mentalidad, para que la verdad y la belleza de nuestra vida no radiquen tanto en el poseer cuanto en el dar, no estén tanto en el acumular cuanto en sembrar el bien y compartir.

El primer agricultor es Dios mismo, que generosamente «sigue derramando en la humanidad semillas de bien» (Carta enc. Fratelli tutti, 54). Durante la Cuaresma estamos llamados a responder al don de Dios acogiendo su Palabra «viva y eficaz» (Hb 4,12). La escucha asidua de la Palabra de Dios nos hace madurar una docilidad que nos dispone a acoger su obra en nosotros (cf. St 1,21), que hace fecunda nuestra vida. Si esto ya es un motivo de alegría, aún más grande es la llamada a ser «colaboradores de Dios» (1 Co 3,9), utilizando bien el tiempo presente (cf. Ef 5,16) para sembrar también nosotros obrando el bien. Esta llamada a sembrar el bien no tenemos que verla como un peso, sino como una gracia con la que el Creador quiere que estemos activamente unidos a su magnanimidad fecunda.

¿Y la cosecha? ¿Acaso la siembra no se hace toda con vistas a la cosecha? Claro que sí. El vínculo estrecho entre la siembra y la cosecha lo corrobora el propio san Pablo cuando afirma: «A sembrador mezquino, cosecha mezquina; a sembrador generoso, cosecha generosa» (2 Co 9,6). Pero, ¿de qué cosecha se trata? Un primer fruto del bien que sembramos lo tenemos en nosotros mismos y en nuestras relaciones cotidianas, incluso en los más pequeños gestos de bondad. En Dios no se pierde ningún acto de amor, por más pequeño que sea, no se pierde ningún «cansancio generoso» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 279). Al igual que el árbol se conoce por sus frutos (cf. Mt 7,16.20), una vida llena de obras buenas es luminosa (cf. Mt 5,14-16) y lleva el perfume de Cristo al mundo (cf. 2 Co 2,15). Servir a Dios, liberados del pecado, hace madurar frutos de santificación para la salvación de todos (cf. Rm 6,22).

En realidad, sólo vemos una pequeña parte del fruto de lo que sembramos, ya que según el proverbio evangélico «uno siembra y otro cosecha» (Jn 4,37). Precisamente sembrando para el bien de los demás participamos en la magnanimidad de Dios: «Una gran nobleza es ser capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra» (Carta enc. Fratelli tutti, 196). Sembrar el bien para los demás nos libera de las estrechas lógicas del beneficio personal y da a nuestras acciones el amplio alcance de la gratuidad, introduciéndonos en el maravilloso horizonte de los benévolos designios de Dios.

La Palabra de Dios ensancha y eleva aún más nuestra mirada, nos anuncia que la siega más verdadera es la escatológica, la del último día, el día sin ocaso. El fruto completo de nuestra vida y nuestras acciones es el «fruto para la vida eterna» (Jn 4,36), que será nuestro «tesoro en el cielo» (Lc 18,22; cf. 12,33). El propio Jesús usa la imagen de la semilla que muere al caer en la tierra y que da fruto para expresar el misterio de su muerte y resurrección (cf. Jn 12,24); y san Pablo la retoma para hablar de la resurrección de nuestro cuerpo: «Se siembra lo corruptible y resucita incorruptible; se siembra lo deshonroso y resucita glorioso; se siembra lo débil y resucita lleno de fortaleza; en fin, se siembra un cuerpo material y resucita un cuerpo espiritual» (1 Co 15,42-44). Esta esperanza es la gran luz que Cristo resucitado trae al mundo: «Si lo que esperamos de Cristo se reduce sólo a esta vida, somos los más desdichados de todos los seres humanos. Lo cierto es que Cristo ha resucitado de entre los muertos como fruto primero de los que murieron» (1 Co 15,19-20), para que aquellos que están íntimamente unidos a Él en el amor, en una muerte como la suya (cf. Rm 6,5), estemos también unidos a su resurrección para la vida eterna (cf. Jn 5,29). «Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» (Mt 13,43).

2. «No nos cansemos de hacer el bien»

La resurrección de Cristo anima las esperanzas terrenas con la «gran esperanza» de la vida eterna e introduce ya en el tiempo presente la semilla de la salvación (cf. Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 3; 7). Frente a la amarga desilusión por tantos sueños rotos, frente a la preocupación por los retos que nos conciernen, frente al desaliento por la pobreza de nuestros medios, tenemos la tentación de encerrarnos en el propio egoísmo individualista y refugiarnos en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Efectivamente, incluso los mejores recursos son limitados, «los jóvenes se cansan y se fatigan, los muchachos tropiezan y caen» (Is 40,30). Sin embargo, Dios «da fuerzas a quien está cansado, acrecienta el vigor del que está exhausto. […] Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, vuelan como las águilas; corren y no se fatigan, caminan y no se cansan» (Is 40,29.31). La Cuaresma nos llama a poner nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor (cf. 1 P 1,21), porque sólo con los ojos fijos en Cristo resucitado (cf. Hb 12,2) podemos acoger la exhortación del Apóstol: «No nos cansemos de hacer el bien» (Ga 6,9).

No nos cansemos de orar. Jesús nos ha enseñado que es necesario «orar siempre sin desanimarse» ( Lc 18,1). Necesitamos orar porque necesitamos a Dios. Pensar que nos bastamos a nosotros mismos es una ilusión peligrosa. Con la pandemia hemos palpado nuestra fragilidad personal y social. Que la Cuaresma nos permita ahora experimentar el consuelo de la fe en Dios, sin el cual no podemos tener estabilidad (cf. Is 7,9). Nadie se salva solo, porque estamos todos en la misma barca en medio de las tempestades de la historia [2]; pero, sobre todo, nadie se salva sin Dios, porque sólo el misterio pascual de Jesucristo nos concede vencer las oscuras aguas de la muerte. La fe no nos exime de las tribulaciones de la vida, pero nos permite atravesarlas unidos a Dios en Cristo, con la gran esperanza que no defrauda y cuya prenda es el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (cf. Rm 5,1-5).

No nos cansemos de extirpar el mal de nuestra vida. Que el ayuno corporal que la Iglesia nos pide en Cuaresma fortalezca nuestro espíritu para la lucha contra el pecado. No nos cansemos de pedir perdón en el sacramento de la Penitencia y la Reconciliación, sabiendo que Dios nunca se cansa de perdonar [3]. No nos cansemos de luchar contra la concupiscencia, esa fragilidad que nos impulsa hacia el egoísmo y a toda clase de mal, y que a lo largo de los siglos ha encontrado modos distintos para hundir al hombre en el pecado (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 166). Uno de estos modos es el riesgo de dependencia de los medios de comunicación digitales, que empobrece las relaciones humanas. La Cuaresma es un tiempo propicio para contrarrestar estas insidias y cultivar, en cambio, una comunicación humana más integral (cf. ibíd., 43) hecha de «encuentros reales» ( ibíd., 50), cara a cara.

No nos cansemos de hacer el bien en la caridad activa hacia el prójimo. Durante esta Cuaresma practiquemos la limosna, dando con alegría (cf. 2 Co 9,7). Dios, «quien provee semilla al sembrador y pan para comer» (2 Co 9,10), nos proporciona a cada uno no sólo lo que necesitamos para subsistir, sino también para que podamos ser generosos en el hacer el bien a los demás. Si es verdad que toda nuestra vida es un tiempo para sembrar el bien, aprovechemos especialmente esta Cuaresma para cuidar a quienes tenemos cerca, para hacernos prójimos de aquellos hermanos y hermanas que están heridos en el camino de la vida (cf. Lc 10,25-37). La Cuaresma es un tiempo propicio para buscar —y no evitar— a quien está necesitado; para llamar —y no ignorar— a quien desea ser escuchado y recibir una buena palabra; para visitar —y no abandonar— a quien sufre la soledad. Pongamos en práctica el llamado a hacer el bien a todos, tomándonos tiempo para amar a los más pequeños e indefensos, a los abandonados y despreciados, a quienes son discriminados y marginados (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 193).

3. «Si no desfallecemos, a su tiempo cosecharemos»

La Cuaresma nos recuerda cada año que «el bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día» (ibíd., 11). Por tanto, pidamos a Dios la paciente constancia del agricultor (cf. St 5,7) para no desistir en hacer el bien, un paso tras otro. Quien caiga tienda la mano al Padre, que siempre nos vuelve a levantar. Quien se encuentre perdido, engañado por las seducciones del maligno, que no tarde en volver a Él, que «es rico en perdón» (Is 55,7). En este tiempo de conversión, apoyándonos en la gracia de Dios y en la comunión de la Iglesia, no nos cansemos de sembrar el bien. El ayuno prepara el terreno, la oración riega, la caridad fecunda. Tenemos la certeza en la fe de que «si no desfallecemos, a su tiempo cosecharemos» y de que, con el don de la perseverancia, alcanzaremos los bienes prometidos (cf. Hb 10,36) para nuestra salvación y la de los demás (cf. 1 Tm 4,16). Practicando el amor fraterno con todos nos unimos a Cristo, que dio su vida por nosotros (cf. 2 Co 5,14-15), y empezamos a saborear la alegría del Reino de los cielos, cuando Dios será «todo en todos» (1 Co 15,28).

Que la Virgen María, en cuyo seno brotó el Salvador y que «conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19) nos obtenga el don de la paciencia y permanezca a nuestro lado con su presencia maternal, para que este tiempo de conversión dé frutos de salvación eterna.

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2021, Memoria de san Martín de Tours, obispo.



FRANCISCO




[1] Cf. S. Agustín, Sermo, 243, 9,8; 270, 3; Enarrationes in Psalmos, 110, 1.

[2] Cf. Momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia (27 de marzo de 2020).

[3] Cf. Ángelus del 17 de marzo de 2013.


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“Amen a sus enemigos…”  (VII Domingo del tiempo Ordinario – Lc 6,27-38)

“Amen a sus enemigos…” (VII Domingo del tiempo Ordinario – Lc 6,27-38)


P. Tony Salinas Avery

El así conocido “Discurso de la llanura” del capítulo 6 de Lucas, nos permite engalanar la celebración de este domingo día del Señor. Sus palabras están situadas dentro del marco de la literatura sapiencial, enseñados por los rabinos de su tiempo. Lucas a diferencia de Mateo, agrega al hacer siempre el bien, “amen a sus enemigos”. Aparece así dentro de este discurso como la “regla de oro” del cristiano que termina con la ley del talión y que pasa por encima de las exigencias de la justicia. Todo el Antiguo Testamento abría la posibilidad de ir viendo relaciones de equidad y justicia entre todos los hermanos judíos para una real y serena convivencia como pueblo elegido de Dios, a ejemplo: “Cuando encuentres el buey de tu enemigo o el asno descarriado, deberás devolvérselos. Cuando veas al asno de tu enemigo caído bajo el peso, no lo abandones a su suerte, ayúdalo” (Ex 23,4-5). A la larga se fue perfilando esa expresión que se ha convertido en regla tan valiosa como el oro: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”. Pero más allá de toda norma para la más justa y noble relación entre los miembros de un mismo pueblo o familia, está la que hoy evangelio levanta como la norma del más alto quilate espiritual: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso”. La misericordia apunta a la más genuina forma de ser prójimo en verdad, porque descubre esa vulnerabilidad por la que todos siendo frágiles, todos podemos ofrecernos la mano con la compasión y el deseo sincero de no juzgar para no condenar. Y, es que en verdad la misericordia impera sobre el juicio. El evangelista nos pide tomar como modelo a Dios mismo, ya que al ser hijos suyos, podemos ser también reflejos de su infinito amor y condescendencia para con todos. El amor es el criterio o principio unificador que nos permite como cristianos estar y vivir con Dios. Así la novedad de la llegada de Jesús cumplimiento de toda la esperanza judía contenida en las Sagradas Escrituras, supera también la ley humana de ver en el enemigo una barrera insuperable para querer perdonarlo y llegar amarlo; para Jesús, la ley nueva toca la esencia del mal y lo elimina, llegando entonces a cumplir en verdad su palabra: “Amen a su enemigos”. Al final está la promesa gloriosa: “Su premio será grande y serán hijos del Altísimo”. Preguntémonos: ¿cuánto progresa en nuestras relaciones humanas este principio básico de nuestra fe en Jesús, de amar a nuestro enemigos?

“Amen a sus enemigos…”  (VII Domingo del tiempo Ordinario – Lc 6,27-38)

“Ustedes los pobres…” (Lc 6,17.20-26 – VI TO)

P.Tony Salinas Avery 

Con la alegría de este nuevo domingo, nos engalanamos con el adorno de la casa del Señor (cf. Sal 93,5), que es su Palabra. Una palabra que este día se proclama con la fuerza espiritual que ella significa. En efecto, hoy proclamamos la verdadera Magna Carta del cristianismo, que hace de síntesis moral de esa buena semilla que en la vida del discípulo ha dado frutos al ciento por ciento. Son la así llamadas Bienaventuranzas hoy en la versión de Lucas, que Mateo señala se pronunciaron en la montaña. El término Bienaventuranza tiene como sinónimos: alegría, éxito, felicidad, dicha, bienestar, prosperidad total. Pero, entonces ¿cómo definir “bienaventurados” a los pobres, a los hambrientos, a los afligidos y a los perseguidos? ¿No encierran entonces un estilo provocador de Jesús, tan presente en los evangelios? Desde un primera apreciación apuntan a la justicia de Dios, que no olvidará para una mejor suerte a los que en esta vida la han pasado re-mal. Es por eso, que la primera de estas Bienaventuranza está dirigida a los pobres. Podemos afirmar que la pobreza entendida así por Jesús, define y especifica a todas las demás. “Pobres” utilizado aquí por Lucas que suprime “de espíritu” que Mateo pone de complemento directo a su primera Bienaventuranza, va en la línea de sus personajes, reconocidos como los “pobres del Señor”, María, Zacarías, Simón, Ana, etc., quienes sólo tenían una esperanza, la que viene del propio Dios. Y, son Bienaventurados porque con su escucha y acogida de la Palabra del Reino de Dios, han recibido el cumplimiento de las promesas divinas en las que han esperado y confiado pacientemente, con un corazón libre y disponible, vaciado de todo apego como ser el tener, el poder o el placer. Los ricos, los hartos, los satisfechos, los poderosos están demasiado llenos de sí y de las cosas que no permiten que la buena semilla florezca. Para Lucas en efecto, la riqueza son el símbolo de las posesiones del egoísta y del orgullo de los poderosos, es el gran obstáculo para encontrar como diría san Francisco de Asís, la “dicha perfecta”. Las Bienaventuranzas enseñadas por Jesús, nos revelan “el camino a la felicidad”, es decir, “Su camino”. Esto porque las Bienaventuranzas “iluminan las acciones de la vida cristiana y revelan que la presencia de Dios en nosotros nos hace verdaderamente felices”. Las bienaventuranzas son la “carta de identidad” del cristiano, porque describen el rostro y el estilo de vida de Jesús (Papa Francisco, Audiencia General, enero 2020). Preguntémonos: ¿Cuánto de bienaventurado tengo ya alcanzado en mi vida? ¿Vivo las limitaciones y sufrimientos de la vida con la paciencia de los pobres de Yahvé que aguardan en su Palabra?

“Amen a sus enemigos…”  (VII Domingo del tiempo Ordinario – Lc 6,27-38)

“Pedro cayó a los pies de Jesús…” (Lc 5,8-11 – V Domingo TO)

P. Tony Salinas Avery

               La primera lectura de hoy nos sirve de marco para el anuncio de la buena nueva que nos ofrecerá el evangelio de hoy. Isaías recibe la llamada del Señor, que aparece como la invitación para un voluntario a la misión: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?” (cf. Is 6,1-2.3-8). Los verbos “mandar e ir” son típicos de los relatos de vocación que recorren toda la historia de la salvación. Dios aparece como el que nunca se equivoca, sabe elegir a sus instrumentos humanos para su proyecto. Isaías responde: “¡Aquí estoy, mándame!”. Este relato está ricamente desarrollado, ya que tanto la llamada de Dios y la respuesta del profeta, se ven llenos de libertad, conocimiento recíproco, prontitud y entusiasmo confiado. A la narración del profeta Isaías se une ahora en la evangélica que nos presenta la historia de un pescador que es llamado a ser el primero de los Doce, Simón Pedro, que también se declara pecador. En esta narración, Lucas nos presenta la trama en cuatro escenarios:  en primer lugar viene la presentación de los protagonistas, el Mesías que está iniciando su misión y un grupo de humildes e incansables pescadores que trabajan con esperanza de sol a sol. En segundo lugar se da la presentación de los protagonistas, Jesús y el grupo de pescadores encabezados por Pedro. Es el primer contacto entre ellos. Pero es en el tercer momento de este drama, que aparece la “Palabra de Jesús”, ésta invita y propone un camino de riesgo, Pedro desea fiarse de ella, y abre el camino de la respuesta total. Finalmente en el cuarto momento, emblemático de todo relato vocacional: “dejar y seguir”,  se dan los verbos de la respuesta a la llamada. Como Isaías, Pedro también tiene que reconocer su miseria y dejarse librar de ella. Lucas es el único evangelista que subraya el desenlace final: “Dejaron todo”. Hoy domingo, escuchando la Palabra de Dios, se nos abre de nuevo el camino a escuchar la llamada del Señor, ésta sigue vigente, constante y presente para todos y cada uno de nosotros. Éste que es el Cristo, el Hijo de Dios, que sigue ofreciendo desde la barca que es su Iglesia, una misión de perdón y de salvación para todos. Preguntémonos: ¿Cómo reacciono ante esta Palabra de Dios que hoy se nos ofrece? ¿Me siento interpelado a dar una respuesta al Señor desde mi actual estado de vida? ¿Qué le digo al Señor después de su mensaje?

“Amen a sus enemigos…”  (VII Domingo del tiempo Ordinario – Lc 6,27-38)

“Ningún profeta es bien aceptado en su patria” (Lc 4,24-30-IV Ordinario)

En el primer plano de las lecturas de hoy, escucharemos la historia amarga de un doble rechazo. En la primera lectura es el rechazo del profeta Jeremías y en el evangelio el del propio Jesús. Se trata del rechazo y agresión de sus propios paisanos, es un viaje marcado por la hostilidad que tiene como meta El Calvario, es el drama de la Palabra de Dios ignorada o pisoteada en los profetas y al final en el mismo Hijo de Dios. Toda la narración inicia con las palabras provocativas con las que Jesús termina su lectura en la sinagoga de Nazaret: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que han escuchado”, leíamos el domingo pasado. ¿Qué acaba de decir? ¿Cuál es su real significado? Su auditorio está más que informado sobre él y su origen (¿no es el hijo de José?). El culmen está también en que en esta su tierra no obra ningún milagro, como han dicho que ha realizado fuera de ella. Y, es que Jesús va más allá, recorriendo los ciclos narrativos de los libros de los Reyes relativos a los “padres” del profetismo bíblico, Elías y Eliseo, afirma que los milagros están destinados ante todo a los extranjeros y a los lejanos, tal como se los recuerda el caso de la viuda de Sarepta de Sidón y Naamán el Sirio. “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de indignación; se levantaron lo sacaron fuera de la ciudad, para arrojarlo por el precipicio”. El rechazo pues se hace agresivo y revela la falsedad de la aparente religiosidad que antes se manifestaba orgullosamente. Podemos decir que ellos tenían la fe en Dios como una inversión de la cual se obtenían todas las mas ricas ventajas. Pero la Palabra de Dios aunque incomode y desenmascare las falsas posturas de una religiosidad equivocada, no se apaga, sigue resonando sin detenerse jamás. Al respecto el Papa Francisco en su homilía del domingo pasado puntualizó: “La rigidez no nos cambia solo nos esconde, la Palabra de Dios nos cambia. Y lo hace penetrando en el alma como una espada. Porque si por una parte nos consuela, revelándonos el rostro de Dios, por otra parte provoca y sacude, mostrándonos nuestras contradicciones y poniéndonos en crisis”. Preguntémonos: ¿Estoy dispuesto a recibir este mensaje de Jesús y dejarme cambiar por él?

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO DOMINGO DE LA PALABRA 2022

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO DOMINGO DE LA PALABRA 2022

En la primera Lectura y en el Evangelio encontramos dos gestos paralelos: el sacerdote Esdras tomó el libro de la ley de Dios, lo abrió y lo proclamó delante de todo el pueblo; Jesús, en la sinagoga de Nazaret, abrió el volumen de la Sagrada Escritura y leyó un pasaje del profeta Isaías delante de todos. Son dos escenas que nos comunican una realidad fundamental: en el centro de la vida del pueblo santo de Dios y del camino de la fe no estamos nosotros, con nuestras palabras; en el centro está Dios con su Palabra.

Todo comenzó con la Palabra que Dios nos dirigió. En Cristo, su Palabra eterna, el Padre «nos eligió antes de la creación del mundo» (Ef 1,4). Con su Palabra creó el universo: «Él lo dijo y así sucedió» (Sal 33,9). Desde la antigüedad nos habló por medio de los profetas (cf. Hb 1,1); por último, en la plenitud del tiempo, nos envió su misma Palabra, el Hijo unigénito (cf. Ga 4,4). Por esto, al finalizar la lectura de Isaías, Jesús en el Evangelio anuncia algo inaudito: «Esta lectura se ha cumplido hoy» (Lc 4,21). Se ha cumplido; la Palabra de Dios ya no es una promesa, sino que se ha realizado. En Jesús se hizo carne. Por obra del Espíritu Santo habitó entre nosotros y quiere hacernos su morada, para colmar nuestras expectativas y sanar nuestras heridas.

Hermanas y hermanos, tengamos la mirada fija en Jesús, como la gente en la sinagoga de Nazaret (cf. v. 20), —lo miraban, era uno de ellos: ¿qué novedad? ¿qué hará éste, del que tanto se habla?— y acojamos su Palabra. Meditemos hoy dos aspectos de ella que están unidos entre sí: la Palabra revela a Dios y la Palabra nos lleva al hombre. Ella esta al centro, revela a Dios y nos lleva al hombre.

En primer lugar, la Palabra revela a Dios. Jesús, al comienzo de su misión, comentando ese pasaje específico del profeta Isaías, anuncia una opción concreta: ha venido para liberar a los pobres y oprimidos (cf. v. 18). De este modo, precisamente por medio de las Escrituras, nos revela el rostro de Dios como el de Aquel que se hace cargo de nuestra pobreza y le preocupa nuestro destino. No es un tirano que se encierra en el cielo, esa es una fea imagen de Dios, sino un Padre que sigue nuestros pasos. No es un frío observador indiferente e imperturbable, un Dios “matemático”. Es el Dios con nosotros, que se apasiona con nuestra vida y se identifica hasta llorar nuestras mismas lágrimas. No es un dios neutral e indiferente, sino el Espíritu amante del hombre, que nos defiende, nos aconseja, toma partido a nuestro favor, se involucra y se compromete con nuestro dolor. Siempre está presente allí. Esta es «la buena noticia» (v. 18) que Jesús proclama ante la mirada sorprendida de todos: Dios es cercano y quiere cuidar de mí, de ti, de todos. Y este es el modo de tratar de Dios: la cercanía. Él se define a sí mismo de esta manera; dice al pueblo, en Deuteronomio: «¿Cuál es la gran nación que tenga dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos?» (cf. Dt 4,7). Él es un Dios cercano, compasivo y tierno, quiere aliviarte de las cargas que te aplastan, quiere caldear el frío de tus inviernos, quiere iluminar tus días oscuros, quiere sostener tus pasos inciertos. Y lo hace con su Palabra, con la que te habla para volver a encender la esperanza en medio de las cenizas de tus miedos, para hacer que vuelvas a encontrar la alegría en los laberintos de tus tristezas, para llenar de esperanza la amargura de tus soledades. Él te hace caminar, no dentro de un laberinto, más bien por el camino, para encontrarlo cada día.

Hermanos, hermanas, preguntémonos: ¿llevamos en el corazón esta imagen liberadora de Dios, del Dios cercano, compasivo y tierno o pensamos que sea un juez riguroso, un rígido aduanero de nuestra vida? ¿Nuestra fe genera esperanza y alegría o me pregunto si entre nosotros está todavía determinada por el miedo? ¿Qué rostro de Dios anunciamos en la Iglesia, el Salvador que libera y cura o el Dios Temible que aplasta bajo los sentimientos de culpa? Para convertirnos al Dios verdadero, Jesús nos indica de dónde debemos partir: de la Palabra. Ella, contándonos la historia del amor que Dios tiene por nosotros, nos libera de los miedos y de los conceptos erróneos sobre Él, que apagan la alegría de la fe. La Palabra derriba los falsos ídolos, desenmascara nuestras proyecciones, destruye las representaciones demasiado humanas de Dios y nos muestra su rostro verdadero, su misericordia. La Palabra de Dios nutre y renueva la fe, ¡volvamos a ponerla en el centro de la oración y de la vida espiritual! Al centro la Palabra que nos revela como es Dios y nos hace cercanos a Él.

Y ahora, el segundo aspecto: la Palabra nos lleva al hombre. Justamente cuando descubrimos que Dios es amor compasivo, vencemos la tentación de encerrarnos en una religiosidad sacra, que se reduce a un culto exterior, que no toca ni transforma la vida. Esta es idolatría, escondida y refinada, pero idolatría al fin. La Palabra nos impulsa a salir fuera de nosotros mismos para ponernos en camino al encuentro de los hermanos con la única fuerza humilde del amor liberador de Dios. En la sinagoga de Nazaret Jesús nos revela precisamente esto: Él es enviado para ir al encuentro de los pobres – que somos todos nosotros – y liberarlos. No vino a entregar una serie de normas o a oficiar alguna ceremonia religiosa, sino que descendió a las calles del mundo para encontrarse con la humanidad herida, para acariciar los rostros marcados por el sufrimiento, para sanar los corazones quebrantados, para liberarnos de las cadenas que nos aprisionan el alma. De este modo nos revela cuál es el culto que más agrada a Dios: hacernos cargo del prójimo. Volvamos sobre esto. En el momento en el que en la Iglesia están las tentaciones de la rigidez, que es una perversión, y se cree que encontrar a Dios es hacerse más rígido, con más normas, las cosas justas, las cosas claras… no es así. Cuando nosotros veremos propuestas rígidas, inmediatamente pensemos: esto es un ídolo, no es Dios, nuestro Dios no es así.

Hermanas y hermanos, la rigidez no nos cambia solo nos esconde, la Palabra de Dios nos cambia. Y lo hace penetrando en el alma como una espada (cf. Hb 4,12). Porque, si por una parte consuela, revelándonos el rostro de Dios, por otra parte provoca y sacude, mostrándonos nuestras contradicciones y poniéndonos en crisis. No nos deja tranquilos, si quien paga el precio de esta tranquilidad es un mundo desgarrado por la injusticia y el hambre, y quienes sufren las consecuencias son siempre los más débiles. Siempre pagan los más débiles. La Palabra pone en crisis esas justificaciones nuestras que siempre hacen depender aquello que no funciona del otro o de los otros. Cuánto dolor sentimos al ver morir en el mar a nuestros hermanos y hermanas porque no los dejan desembarcar. Y esto lo hacen algunos en nombre de Dios. La Palabra de Dios nos invita a salir al descubierto, a no escondernos detrás de la complejidad de los problemas, detrás del “no hay nada que hacer” o del “¿qué puedo hacer yo?” o del “es un problema de ellos o de él”. Nos exhorta a actuar, a unir el culto a Dios y el cuidado del hombre. Porque la Sagrada Escritura no nos ha sido dada para entretenernos, para mimarnos en una espiritualidad angélica, sino para salir al encuentro de los demás y acercarnos a sus heridas. Hablé de rigidez, de ese pelagianismo moderno, que es una de las tentaciones de la Iglesia. Y buscar una espiritualidad angélica, es la otra tentación de hoy: los movimientos espirituales gnósticos, el gnosticismo, que te ofrece una Palabra de Dios que te pone “en órbita” y no te deja tocar la realidad. La Palabra que se ha hecho carne (cf. Jn 1,14) quiere encarnarse en nosotros. No nos aleja de la vida, sino que nos introduce en la vida, en las situaciones de todos los días, en la escucha de los sufrimientos de los hermanos, del grito de los pobres, de la violencia y las injusticias que hieren la sociedad y el planeta, para no ser cristianos indiferentes sino laboriosos, cristianos creativos, cristianos proféticos.

«Esta lectura que acaban de oír – dice Jesús – se ha cumplido hoy» (Lc 4,21). La Palabra quiere encarnarse hoy, en el tiempo que vivimos, no en un futuro ideal. Una mística francesa del siglo pasado, que eligió vivir el Evangelio en las periferias, escribió que la Palabra del Señor no es «“letra muerta”, sino espíritu y vida. […] Las condiciones de la escucha que reclama de nosotros la Palabra del Señor son las de nuestro “hoy”: las circunstancias de nuestra vida cotidiana y las necesidades de nuestro prójimo» (M. Delbrêl, La alegría de creer, Sal Terrae, Santander 1997, 242-243).Entonces, preguntémonos: ¿queremos imitar a Jesús, ser ministros de liberación y de consolación para los demás poniendo en práctica la Palabra? ¿Somos una Iglesia dócil a la Palabra; una Iglesia con capacidad de escuchar a los demás, que se compromete a tender la mano para aliviar a los hermanos y las hermanas de aquello que los oprime, para desatar los nudos de los temores, liberar a los más frágiles de las prisiones de la pobreza, del cansancio interior y de la tristeza que apaga la vida? ¿Queremos esto?

En esta celebración, algunos de nuestros hermanos y hermanas son instituidos lectores y catequistas. Están llamados a la tarea importante de servir el Evangelio de Jesús, de anunciarlo para que su consuelo, su alegría y su liberación lleguen a todos. Esta es también la misión de cada uno de nosotros: ser anunciadores creíbles, ser profetas de la Palabra en el mundo. Por eso, apasionémonos por la Sagrada Escritura. Dejémonos escrutar interiormente por la Palabra de Dios, que revela la novedad de Dios y nos lleva a amar a los demás sin cansarse. ¡Volvamos a poner la Palabra de Dios en el centro de la pastoral y de la vida de la Iglesia! Así nos libraremos de todo pelagianismo rígido, de toda rigidez, y nos libraremos también de la ilusión de una espiritualidad que nos pone “en órbita” sin cuidar de nuestros hermanos y hermanas. Volvamos a poner la Palabra de Dios en el centro de la pastoral y de la vida de la Iglesia. Escuchémosla, recemos con ella, pongámosla en práctica.