El Domingo de la Palabra de Dios, que en la Iglesia se ha fijado el tercer domingo del tiempo ordinario, se celebrará este año el 21 de enero, bajo el lema tomado del evangelio según san Juan: «Permaneced en mi Palabra» (cf. Jn 8,31).
Esta Jornada la instituyó el papa Francisco el 30 de septiembre de 2019, a través de la carta apostólica, en forma de motu proprio, Aperuit illis, en la que anunció: «Establezco que el III domingo del tiempo ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios» (n. 3)”. La iniciativa tiene como objetivo dedicar concretamente un domingo del año litúrgico a la Palabra de Dios para darla a conocer al mundo.
Con ocasión del Domingo de la Palabra, se espera que el Santo Padre dé inicio oficialmente al Año de la Oración, en preparación para el Jubileo de 2025. Después de haber promovido la reflexión sobre los documentos y el estudio de los frutos del Concilio Vaticano II en 2023, por voluntad del Papa Francisco, el año 2024 será dedicado en las diócesis del mundo a redescubrir la centralidad de la oración.
Al celebrar este domingo, el Domingo de la Palabra de Dios, nos unimos a la intención del Papa Francisco que desea que abramos el tesoro de la Palabra de Dios en todos nuestros ambientes. El mismo mensaje del evangelio de hoy nos ayuda a cumplir ese objetivo del Papa, ya que san Marcos abre su presentación de Jesús predicando el Evangelio de Dios y llamando a los que Él quiso. Su predicación será el modelo y contenido de lo que ellos deberán predicar. Este primer anuncio como sabemos, es conocido como “Kerygma”, es decir el anuncio cristiano por excelencia. Este anuncio se refiere a la acción de Dios y a la del hombre. El primero es “El tiempo se ha cumplido”, declaración teológica de que la salvación ha entrado en la historia en la persona de Cristo. El segundo es que el “Reino de Dios está cerca”, equivale a decir que Dios mismo tiene un proyecto para el hombre que ya ha iniciado. Referidos los otros dos temas al hombre, comienza con el llamado a la “conversión”. El verbo griego “metánoia” usado por Marcos describe un cambio total de mentalidad y de conducta moral. “Convertirse” quiere decir hacer un cambio de ruta para orientarse hacia un nuevo camino y hacia una nueva meta. Luego el “Creer en el Evangelio”, refiere a una adhesión plena y total de fe, en el “Evangelio”, es decir, en la persona de Jesús. El verbo hebreo de la fe, “amén” indica precisamente el colocarse de una persona o de una casa sobre la solidez de una roca firme, contra la cual nada pueden las tempestades ni las olas agitadas de la historia. “Creer en el Evangelio”, es creer ciegamente, firmemente en la persona del Hijo de Dios, Jesús. Con la Palabra de Dios de hoy, se nos anuncia de nuevo el kerygma, pero para que siga anunciándose Él eligió a esos sus amigos, que recibirán el nombre de “apóstoles”, que quiere decir “enviados”, precisamente para ser “ministros” de esa bendita y santa Palabra de Jesús, que permite a quienes la reciben generosamente, el dejarlo todo para seguirle radicalmente, optando incluso por un nuevo estatuto de oficio que en palabras del propio Jesús, será: “Pescadores de hombres”. El Evangelio de este domingo invita a entrar en la dinámica de la llamada de Jesús, que elige y envía a los que Él quiere para que vayan por el mundo, abriendo el surco de la tierra para que la semilla de su Palabra, penetre esos suelos y pueda producir frutos que perduren para la vida eterna.
Hemos iniciado queridos lectores el Tiempo Ordinario, y lo iniciamos con este esplendido relato joánico de la llamada de los primeros discípulos. Es una obra narrativa de singulares aspectos y que por el espacio que tenemos no podemos navegar plenamente en él. Me detengo para consideración de todos, en la pregunta de Jesús: “¿Qué buscan?”, es como si nos retratara a todos, ya que todos estamos en una búsqueda sin final. Es siempre nuestra decisiva e imperante necesidad el “buscar” que tiene siempre un “encontrar” (“¿A quién busco?… ¡Hemos encontrado al Mesías!”). Y el “seguir” tiene un “permanecer” (“se detuvieron”), un término querido por Juan que lo usa para indicar una comunión viva e intensa con Cristo. Fijémonos como del término hebreo de honor referido a Jesús “rabí” que significa literalmente “mi grande”, por tanto “mi señor”, se pasa a confesar que Jesús es el Cristo-Mesías. Encontrarlo suscita el deseo y la armonía interior que demanda querer permanecer con Él. Encontrar hoy en día a quien nos lleve a Jesús, Cristo-Mesías, como Andrés llevó a Simón su hermano, es una real vocación cristina; muchos nos quieren llevar a muchas partes, pocos nos quieren llevar a Jesús. Encontrar este guía que nos lleve al Señor es un don trascendental que debemos agradecer siempre. La mediación de hermanos y hermanas en nuestro caminar nos puede llevar a descubrir nuestra meta y misión en la vida, es decir nuestra vocación. Sugestiva es la representación de Juan Bautista en la Crucifixión de Grünewald: él tiene un enorme índice apuntando hacia la cruz de Jesús. Tal escena de la pintura, nos invita a que todos podemos tener ese índice de Juan que nos comprometa a mostrar a ese Cordero de Dios que ha venido a llamar y buscar lo que estaba perdido. Oremos hoy porque existan esas manos que nos lleven a la fe y esos dedos que nos señalen a Jesús, el único camino y vida verdadera. Sin fe no existe la verdadera vocación de discípulos ni muchos menos la vocación específica a la vida religiosa o sacerdotal, igual lo podemos decir para la vida matrimonial. La fe en el Señor Jesús es la raíz y sustento de toda vida espiritual comprometida en el corazón de la comunidad eclesial.
El Domingo de la Palabra de Dios es una iniciativa profundamente pastoral con la que el Papa Francisco quiere hacer comprender cuán importante es en la vida cotidiana de la Iglesia y de nuestras comunidades la referencia a la Palabra de Dios, una Palabra no encerrada en un libro, sino que permanece siempre viva y se hace signo concreto y tangible. Cada realidad local podrá buscar las formas más adecuadas y eficaces para vivir de la mejor manera este Domingo, haciendo «crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura» (Aperuit illis, 15). Este Subsidio pastoral se propone como una ayuda que se ofrece a las comunidades parroquiales y a cuantos se reúnen para la celebración de la santa Eucaristía dominical, para que este Domingo sea vivido intensamente.
Pasados los ocho días del nacimiento del Niño, fue celebrado el rito del al circuncisión, mediante el cual él entró a formar parte del pueblo de elegido (cf. Gn 17,2-17)y se le impuso el nombre de “Jesús”, que quiere decir: “Dios salva”. Con el texto evangélico de esta fiesta que cierra la Octava de Navidad, celebramos además el título maravilloso de María “Madre de Dios”, título proclamado solemnemente en el 431 por el concilio de Éfeso, donde se sitúa la realidad del Niño como hijo verdadero de su madre terrena. Y a esta Madre, Lucas le atribuye la acción profunda de “meditar” cosas que le van pasando en relación con su Hijo. “Meditar” en realidad, significa literalmente en el texto original griego “poner juntos”: es la misma realidad concreta y un significado superior, una imagen inmediata y un valor espiritual, un dato de la experiencia y valor más íntimo que puede tocar las propias entrañas. María entones, “ponte juntos” como Madre, la Anunciación de su Hijo, el suceso de José que la recibió en su casa, la visita a Isabel su prima, el camino hacia Belén, su alumbramiento, la visita de los pastores…. todo al meditarlo pasa de lo simbólico normal al plano profundo de lo espiritual: superior y glorioso. Con su clara capacidad de asombro, ve a Dios en todas estas cosas, que lee como parte de ese proyecto divino que el Ángel le había ya anunciado. Ella como mujer y ahora como madre, llena de la gracia de Dios, se convierte en la “sabia” por excelencia que penetra en los secretos de los acontecimientos humanos intuyendo en ellos el designio admirable de salvación que Dios está realizando. Y ¿qué decir cuando le pone el nombre de Jesús”? ella seguramente ve no sólo el hecho de darle un nombre para identificarlo entre todos los hijos de Israel, sino para darle lo que le pidió el ángel y la misión que Él ya grande deberá consumar en su vida adulta. Para el evangelista sólo María adopta la postura del verdadero discípulo creyente, porque ella sabe guardar con sencillez lo que escucha y medita con fe lo que ve, para ponerlo todo en su corazón y transformar en plegaria la salvación que Dios le ofrece.
Con el relato del nacimiento del Hijo de Dios, narrado por Lucas que se leerá en la misa del “gallo”, nos encontramos con dos elementos opuestos y extraordinarios, la pobreza extrema con la que nace el Hijo de Dios acompañada por la manifestación gozosa del mismo cielo colmado de luz, de legiones de ángeles y coros celestiales. Y, es Belén, la ciudad del Rey David, la que sitúa el espacio físico, humano y espiritual del acontecimiento. Al Rey del cielo, a su llegada solo le acompaña su familia terrena, compuesta por esa pareja de esposos justos y pobres, y mas tarde unos simples pastores, sencillos y llenos de sincera admiración. Con su nacimiento narrado en sólo 14 versículos, Lucas nos señala que el Mesías que acaba de nacer, no tiene título, dignidad, ni poder y mucho menos dinero. En el Niño de Belén, los fieles reconocen al Señor del cielo y de la tierra, al que viene a salvarnos en el misterio de su Pascua. Es interesante notar que el arte oriental ha representado esta dimensión “pascual” solemne de la navidad de manera muy sugestiva: el icono ruso de la natividad perteneciente a la escuela Novgorod (siglo XV) representa al Niño envuelto en pañales y colocado en una pesebrera que tiene la forma del sepulcro de la Resurrección. Nace en verdad para salvarnos. Por eso los ángeles en su himno dan “Gloria a Dios” y suplican la “Paz” a los hombres. De este acto de total y plena bondad del propio Dios nace la paz, el Shalom del Antiguo Testamento. Es un concepto denso y ramificado, significa: bienestar, prosperidad, fortuna, totalidad, suficiencia, desarrollo pleno, satisfacción, serenidad, alegría, acontecimiento, tranquilidad. Es el ser total que con la Shalom divina, se ve penetrada por lo bello de la vida, por el bien y lo justo de todas las cosas. De allí que el saludo del pueblo de la antigua y nueva alianza se salude siempre con la “paz”. Que esta paz que tanto hace falta en nuestros días, se hoy un don que recibir y que ofrecer a los demás. Es un hermoso día inaugurado con esta noche santa, para volver a reconocernos como esos hombres y mujeres de “buena voluntad”, es decir, con los que Dios cuenta para construir un Reino hecho de amor y de paz, valores fundamentales para que la felicidad llegue a todos. Queridos lectores, tengan una feliz y santa Navidad.