«Jesús fue de Galilea al Jordán donde Juan para hacerse bautizar..» (Mt 3,13-17)

«Jesús fue de Galilea al Jordán donde Juan para hacerse bautizar..» (Mt 3,13-17)


Este domingo queridos y apreciados lectores, iniciado ya este nuevo año civil, nos permite seguir el itinerario del evangelista Mateo, que inaugura el ministerio evangelizador de Jesús, con su entrada a las aguas del Jordán para ser bautizado por Juan. Este río mencionado recorre verticalmente no sólo toda la Tierra Santa, sino también toda la Biblia. Su nacimiento se encuentra en el monte Hermón al norte de la Palestina. Pasa por el Lago de Galilea y desemboca en el Mar Muerto, que es el punto más bajo de la superficie de la tierra a 400 mts. Pero como he dicho, recorre toda la Biblia, porque aparece en Gn 13,10 cuando Lot escogió como su sede principal el valle del Jordan y en el Nuevo Testamento será el escenario para la acción de Juan el Bautista e inicio de la misión de Cristo. Hoy la liturgia nos presenta ese hecho extraordinario en el cual el Cristo se presenta a Juan para su bautismo. Este río se hace el medio por el cual aquél que no necesitaba purificación, entra en el agua por primera vez manifestando de manera oficial su realeza misteriosa de Hijo de Dios y Mesías. Así el Jordán queda preparado para ser el símbolo del Bautismo cristiano, es cómo si detrás de Cristo entraramos todos los hijos adoptivos de Dios, convirtiéndose en el río de la Iglesia. En el año 400 de nuestra era, ya san Jerónimo testimoniaba como había encontrado muchos catecúmenos que recibian el bautismo en estas aguas del Jordán. Las Iglesias de Oriente llaman «Jordán» al pequeño canal que conduce agua para la fuente bautismal, agua que será bendecida en la solemnidad de la Epifanía cuando las iglesias orientales conmemoran por igual el bautismo del Señor. Así pues, nuestro Bautismo es, pues, un abrazo que el Dios trascendente nos da al hacernos sus hijos de adopción en el Hijo por excelencia Jesús. Con el Bautismo hemos entrado a la intimidad del misterio Trinitario realidad infinita de amor y comunión desde donde brota para nosotros esa maravillosa relación de paternidad y de filiación: como dice el profeta Oseas, Dios se inclina y nos eleva a su mejilla como el padre hace con su hijo para hacerlo comer (11,4). Celebrando el bautismo del Señor comprendemos además como el Jordán se convierte también en el río de la Nueva Jerusalén a la que un día aspiramos llegar.

Propósito para la semana: Recitaré el Credo de manera personal y renovaré mi deseo de ser cristiano para siempre gracias al bautismo. Recordaré quienes fueron mis padrinos.

«Jesús fue de Galilea al Jordán donde Juan para hacerse bautizar..» (Mt 3,13-17)

«¿Eres tú el que ha de venir…?” (Mt 11,2-11 – III Domingo de Adviento)


Con la celebración próxima de la Navidad, preparada ya por este tercer domingo de Adviento, comprendemos que Dios ha hecho del hombre su causa, el asume su naturaleza y al hacerlo viene a salvarlo. Con su entrada al mundo, ciertamente, muchos enfermos han sido curados por sus milagros, pero sobre todo, muchos ciegos en el espíritu, muchos lisiados en la inercia, muchos muertos a la esperanza han sido liberados y salvados. Esto es lo que Juan el Bautista que estaba en la cárcel había oído hablar de Jesús, el Cristo. Juan el Bautista aparece este domingo, cumpliendo con su papel de hacernos presentar al Cristo, para quién él vive y se entrega. Él quiere que también nosotros, en cualquiera de nuestras cárceles voluntarias, podamos escuchar su definición de quien es el Cristo y su sobre todo señalarnos cuál es su misión. Para que sabiéndolo podamos aceptarlo como nuestro personal Mesías y Salvador, “el que tenía que venir”. La próxima Navidad es el inicio de la liberación, para el pueblo esclavo del pecado y de la muerte. El desierto y la tierra árida, símbolos de la miseria y del dolor, reflorecen y se llenan de color. Los cuerpos de los desterrados a quienes la primera lectura (Is 35,1-6.8.10) señala como los favorecidos de Dios, con su Enviado, y referidos en el hoy del texto a cada uno de nosotros, que estaban débiles, mutilados, adoloridos, se transforman casi en una nueva generación joven; la historia del hombre adquiere un nuevo sabor, se llena de libertad y esperanza. Para un incrédulo el desierto sigue en la gran cantidad de ciegos, sordos, cojos y los mudos de la realidad normal de la vida, acompañado por los nuevos males que afectan el cuerpo. La salvación no parece haber llegado a todos ellos… ¿Dónde está pues, el Salvador? El llegar a comprender su presencia y su misión nace de la escucha. Hay que escuchar el mensaje bíblico de Juan el Bautista para llegar a la fe, que cómo luz alumbra el camino hacia la esperanza que nos trae el nacimiento del Mesías.  La vida con la esperanza sigue siendo materialmente la misma pero es transfigurada. Y, a eso todos estamos llamados con el Adviento, porque muchas veces la salvación que Dios nos ofrece no coincide siempre con la que deseamos.
Propósito de la semana: Llevaré una ayuda a uno de los pobres de la comunidad y le anunciaré el mensaje de la Navidad.

«Jesús fue de Galilea al Jordán donde Juan para hacerse bautizar..» (Mt 3,13-17)

“Juan predicaba diciendo: ¡Conviértanse!” (Mt 3,1.10-12 – II Domingo de Adviento)


Querido lector, el Adviento es la voz de Juan y el desierto nuestra realidad contemporánea, tan llena de vacíos y soledad pero también de la presencia de Dios. Ante esta cruda realidad, sigue la voz de Dios, a través de la Biblia predicándonos el llamado a una vida auténtica, es decir a la conversión. Aunque todos pudiéramos hoy sustraer de esta nuestra realidad tanto pesimismo y negatividad, Dios hace suscitar de un tronco muerto, cómo lo era Jesé, el padre de David, un vástago, un comienzo absolutamente inesperado de vida: el vástago es, pues, gracia, un don de Dios porque esas raíces secas no podían hacerlo brotar. Esto es lo que nos explica maravillado el profeta Isaías en la primera lectura de hoy (11,1-4). Dios es siempre novedad y optimismo, compañero de esperanza. En el desierto donde predica Juan,  pueden haber incluso árboles lozanos, pero sin frutos; la palabra del profeta, que es Palabra de Dios, le señala la hora del hacha que está lista para golpear y convertir esos árboles en leña para el fuego. Así comprendemos, que para la Biblia la mención de la naturaleza, no es solamente un escenario donde desarrollar una escena, es en realidad una gran parábola que desea hablar el corazón del hombre. Ahora se entiende, para qué Dios hará brotar un vástago: el mal ha contaminado su creación, ha hecho producir solo árboles sin frutos buenos, dando así espacio para el imperio del mal. El Mesías es su enviado, Él vendrá a limpiar el trigo liberándolo de la paja, es decir, desenmascarando el mal oculto bajos las hipocresías humanas y llevará a cabo una radical purificación de las conciencias limpiando y quemando escorias y desechos del mal.  El llamado hoy es la conversión: “Convertirnos porque el Reino de los cielos está cerca”. En griego “conversión” significa cambiar la mente y la propia vida, cambiar la dirección del camino. Un vuelco total en los hábitos y en las costumbres.
Propósito para la semana: Haré mi examen de conciencia ante el Señor y me propondré como camino espiritual la conversión.

«Jesús fue de Galilea al Jordán donde Juan para hacerse bautizar..» (Mt 3,13-17)

La sentencia del Rey: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”  (Lc 23, 35-43 – XXXIV TO)



Llegamos queridos lectores al último domingo del Año Litúrgico. Hoy el broche de oro es la contemplación del que crucificaron, entre ladrones y los gritos blasfemos de quienes lo injuriaban de principio a fin: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Cristo es Rey, pero su realeza no se manifiesta en un acto triunfal sino en una humillación, no se efectúa a través de un acto judicial supremo sino a través de un gesto amoroso de perdón. En efecto, mientras un ladrón deja de ver a Jesús después de haberle retado por su salvación bajándolo de la cruz, el otro le suplica: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. La respuesta casi como un último suspiro, como exhalando su aliento de vida para comunicarlo a otro, le remite al inicio de la creación misma, al Paraíso, que literalmente significa “jardín, lugar de las delicias”, que colocado al paralelo de “reino” evocaría algo definitivo y duradero. Veamos como Cristo no da cita en el lugar de la muerte, sino en el de la vida; Él no vino a anunciar al Dios de los muertos sino al Dios de los vivos (Lc 20,37), convirtiendo incluso su muerte en la definitiva puerta que abre ese destino al Paraíso. Así la pasión de Cristo se ha convertido en el “camino regio” que conduce a la humanidad pecadora al Paraíso perdido por la desobediencia de Adán y Eva. Al respecto que bueno escuchar el comentario de San Juan Crisóstomo sobre estos versículos: “Este ladrón ha robado el Paraíso. Nadie antes de él escuchó una promesa semejante, ni Abrahán, ni Isaac, ni Jacob, ni Moisés, ni los profetas, ni los Apóstoles: el ladrón entró antes que ellos. Pero también su fe superó la de ellos. Él vio a Jesús atormentado y lo adoró como si estuviera en su gloria. Lo vio clavado en una cruz y le suplicó como si hubiera estado en un trono. Lo vio condenado y le pidió una gracia como a un rey. ¡Oh admirable malhechor! ¡Viste a un hombre crucificado y lo proclamaste Dios!”.  Feliz fiesta de Cristo Rey y que Honduras reconozca que su Rey verdadero está ya entre nosotros. Que su Palabra meditada y recibida con fe nos haga construtores de su Reino de justicia y paz, para un país que lo necesita.

«Jesús fue de Galilea al Jordán donde Juan para hacerse bautizar..» (Mt 3,13-17)

El Día de nuestro Rey: “¿Cuándo sucederá esto…?” (Lc 21,5-19 – XXXIII Domingo del tiempo Ordinario



El Evangelio de hoy, nos presenta a Jesús que camina junto a sus discípulos en los perímetros del templo de Jerusalén y ante el esplendor de ese complejo edificio tan querido al corazón de todo judío, declara: “Vendrán días en los que no quedará piedra sobre piedra. Todo será destruido”. Tal declaración es releída por Lucas como un signo que recuerda el acontecimiento ocurrido en el 16 de agosto del año 70 d.C., cuando los ejércitos romanos de Tito destruyeron el templo y la ciudad Santa. Todo en el pensamiento del evangelista enfatiza la sentencia profética del “Día del Señor”. Día en que el Señor vendrá y juzgará a las naciones y a su pueblo, es cuando Él entra en la escena de manera decisiva e inaugura su reino de justicia y de paz. Por este magno acontecimiento, el lenguaje es apocalíptico: guerras, carestías, pestes, terremotos y hechos aterradores y grandes señales en el cielo. Cercano el final del año litúrgico estos símbolos tienen la función de exaltar la espera del Señor cuando venga en su gloria, y no tanto el cuándo será el fin. Textos como los de hoy enfatizan el deseo de la humanidad creyente, que anhela se inaugure ese Reino de Dios, que Jesús ha venido a traer. Todo el lenguaje se destina a sacudir las conciencias pero no a atemorizarlas. El propio Jesús advirtió a sus discípulos a que no se dejaran seducir por estas sirenas tempestuosas, por estas pseudo-profecías, por todos los fanatismos, incluso proclamados en su nombre: “Miren que no los engañen…”. Jesús es Rey del universo, y llegará el momento en que ponga a todos su enemigos como dice San Pablo, bajo sus pies, pero el día y la hora nadie la sabe, por lo que debemos seguir siendo “Peregrinos de esperanza”, lema de este Año Jubilar, construyendo su Reino aquí en el aquí y la hora de este momento de la historia que nos toca vivir.

Propósito de la semana: Enumeraré las realidades temporales que nos señalan que el Reino de Jesús ya está presente en nuestra realidad y haré oración con ellas.