En un momento crucial para la Iglesia y la sociedad hondureña, surge una reflexión profunda y necesaria: ¿cómo responder, desde la fe, a los desafíos reales de nuestro país?
El padre Jorge Eliécer Castillo Henao, sacerdote de origen colombiano con varias décadas de servicio en la Arquidiócesis de Tegucigalpa y actualmente doctorando en Teología Bíblica Pastoral en la Universidad Católica de Honduras (UNICAH), nos ofrece una respuesta sólida, esperanzadora y profundamente evangélica.
Su artículo, “La fuerza profética de la Palabra en la dinámica de una Iglesia sinodal: hacia la misión permanente”, no es solo un texto académico. Es una llamada urgente a despertar. Una Palabra que no se queda en el papel
El padre Jorge nos recuerda que la Palabra de Dios no es teoría, sino vida que se encarna en la realidad. Una Palabra que: interpela la injusticia ilumina el sufrimiento del pueblo impulsa a la acción misionera En un país marcado por la pobreza, la migración y la violencia, esta reflexión nos desafía a no vivir una fe pasiva, sino comprometida.
Una Iglesia que camina junta y sale al encuentro Uno de los ejes centrales del artículo es la sinodalidad, entendida no como concepto, sino como estilo de vida eclesial. Se nos invita a ser: una Iglesia que escucha una Iglesia que discierne en comunidad una Iglesia que sale al encuentro de los más necesitados No se trata de hacer más actividades, sino de ser verdaderamente discípulos misioneros. Un llamado a transformar Honduras desde el Evangelio
El texto propone algo audaz: pensar un “Plan de País” inspirado en el Evangelio, donde la dignidad humana sea el centro. El compromiso cristiano, según el autor, implica: denunciar la injusticia defender la vida construir una sociedad más justa y fraterna Porque la fe auténtica siempre tiene consecuencias sociales.
Una Iglesia samaritana en medio del dolor El padre Jorge insiste en una imagen clave: la Iglesia samaritana.
Una Iglesia que: no pasa de largo ante el sufrimiento reconoce en el migrante a un hermano actúa no solo con caridad, sino con justicia En una sociedad tentada por la indiferencia, este mensaje es profundamente contracultural. Una invitación a profundizar Este artículo es solo una puerta de entrada a una reflexión mucho más rica y desafiante. Te invitamos a leer el documento completo y dejarte interpelar por esta propuesta que une: Palabra de Dios compromiso social espíritu misionero Porque Honduras necesita más que diagnósticos: necesita esperanza encarnada. Lee el artículo completo aquí
Este domingo es la gran antesala de preparación a la Semana Santa, llegando por igual al vértice de nuestras liturgias dominicales. Se trata de la esplendida escena de Betania, “el pueblo de Lázaro”, como todavía se llama hoy en árabe. Recurriendo al diálogo, estilo favorito en Juan, está Jesús y María la hermana del amigo muerto, hablando no de lo bueno que ha sido el difunto en vida y de la falta que hace en familia; sino del trasfondo que para ella mujer creyente en Jesús, concibe ahora la muerte de su hermano: “Si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto…”, le dice a Jesús. Parece que ésta es la expresión álgida que hace que Jesús eleve su espíritu y la conduzca a la profundidad de su mensaje de vida, “Tú hermano resucitará”. Si la Palabra de Dios al principio de la creación, reafirmaba la condena del “Mot tamut”, “ciertamente morirás”, en Jesús el Hijo del Padre, Dios anuncia ese fin inevitable ya no para el hombre, sino para la muerte. La primera sentencia trágica se produjo en el jardín del Edén, el nuevo anuncio-sentencia de vida, se produce en Betania, el lugar de la amistad de Jesús con esta familia de hermanos. Es aquí donde se anticipa el nuevo aroma que produce la muerte, para quienes creen en Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”. “Maestro ya huele mal” le dicen las hermanas, cuando Él quiere ir a ver dónde le han puesto. Van al lugar y Jesús, después de orar llama al muerto: “Lázaro ¡Ven afuera!”. “Los infiernos no son los que te alaban, Señor, ni es la muerte la que canta himnos sino el viviente es el que te da gracias” (Is 38,18-19). La piedra fue removida y el muerto se levantó. “¿Dónde está muerte, tu victoria?” (1Co 15,55). Con la resurrección de Lázaro Jesús manifiesta su poder sobre el pecado y la muerte, y anuncia su pasaje de muerte a la vida, para ser quien produzca la fecundidad definitiva de una semilla que al morir se corrompe para dar la vida hasta la eternidad. Ahora bien, para nosotros la Betania de hoy ya no está en el espacio, suburbio de Jerusalén, vive en el tiempo, porque Betania es cada Semana Santa. Allí nuestro aroma de muerte por los pecados, queda diluido en el aroma que trae la presencia de aquél que ha vencido a la muerte, constituyéndose Señor de la Vida. Propósito de la Semana: Me confesaré ante de la Pascua.
Hoy se inicia el tan antiguo itinerario como preparación a las celebraciones centrales de la vida cristiana, como lo es el “Santo Triduo Pascual”. Para ello la Iglesia nos ha regalado la maravillosa práctica de la Cuaresma, que está enriquecida sobremanera en los textos selectos de la Palabra de Dios, para que como un alimento en el desierto cuaresmal, nos sirvan junto a la Santísima Eucaristía de fortaleza. Se abre este primer domingo, con la narración de las tentaciones de Jesús, construidas por Mateo sobre una triple composición maravillosa y fundamental, concluidas cada una de ellas por la expresión de Jesús: “Está escrito”, a manera de sentencia victoriosa. Las tres tentaciones vienen presentadas, si nos fijamos bien, en dos escenarios bien definidos. La primera tentación está realizada teniendo como fondo el desierto, que evoca alusivamente la crisis de fe de Israel peregrino en las etapas del Sinaí. La segunda está situada bajo el horizonte palestino, la tierra prometida, ya que el tentador ha llevado a Jesús, a el “pináculo” (que es la esquina más alta de los muros del Templo, que desciende perpendicularmente sobre el valle de Cedrón) y la última desde el “monte altísimo” que la tradición popular ha identificado con el Monte de las tentaciones, que se encuentra en el estupendo oasis de Jericó. Con esta escenografía Mateo presenta el tema muy gustado en toda su obra, a saber: en Jesús de Nazaret se congrega el verdadero Israel fiel, que no cae ante los proyectos diabólicos de poder y de triunfo. ¿Cuál fue el contenido de esas tentaciones? Mateo las desarrolla de la siguiente manera: La primera totalmente basada en un mesianismo terreno, simbolizada en la oferta del pan, ligada a la materialidad de las cosas. La segunda simbolizada por el tentador en el vuelo que le pide desde el pináculo, que podríamos definirla como deseo de todo lo espectacular a los ojos del mundo. Haciendo de Él un mesías de espectáculos y fama. La tercera tentación que es la más fuerte, ofrecerle todo el poder y el bienestar que ofrecería un mesianismo político. Para el diablo, su osadía ha terminado en fracaso, pre-anuncio de su definitiva derrota. Jesús le replica a cada tentación desafiante, con su única arma la que lo ha alimentado en la oración y el ayuno: la santa Palabra de Dios. No usa ninguna palabra suya sino sólo la “escrita” en la Biblia. Para Mateo, Jesús es el Maestro vencedor, su doctrina nace de la experiencia de Dios; los cuarenta días de ayuno y oración, han sido la escuela espiritual, a través, de la cual conoce a ciencia cierta, que el hombre no sólo vive de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Dios en el desierto ha sido todo su alimento, todo su abrigo, en definitiva ha sido el TODO de su ser. Él viene presentado como modelo del fiel buscador de Dios, que se complace en hacer toda y plenamente su voluntad, capacitado para renunciar a todo lo del mundo para probarse a sí mismo que Sólo se puede vivir de Dios, que sólo Dios basta. Y así, saliendo de las tentaciones del desierto, está ahora ya capacitado como un atleta para correr hasta la meta, es decir que “participó de esa condición para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como esclavos”.
Llegamos hoy en el itinerario bíblico que vamos recorriendo a los pies de la montaña, donde juntos a los discípulos nos pondremos también nosotros, a los pies del Maestro para escuchar su palabra. Este será el primero de los cinco discursos que son como las columnas que sostienen todo la obra del Evangelio de Mateo. Con la subida de Cristo al monte, vemos a ese nuevo Moisés, que sentado en el nuevo Sinaí, nos ofrece la definitivas palabras de Dios. Y los primeros destinatarios son precisamente los “pobres en espíritu”, una expresión bíblica para indicar a quien tiene el corazón, la conciencia y su interior más profundamente “pobre”. Este término une las tres lecturas de este domingo. La figura del “pobre” en la Biblia tiene varios significados. El término original hebreo ‘anawin’ indica a los que están encorvados, es decir, oprimidos por los gobernantes poderosos, víctimas indefensas que eran la gran mayoría de la población. Pero esta definición es incompleta. Los “anawin” son también los temerosos de Dios, los mansos, los humildes. A éstos se refiere Mateo, al llamarlos “pobres de espíritu”.Jesús para ellos y la gran categoría de los justos para Dios, su Padre, usará el maravilloso término de: “Bienaventurados”. La bienaventuranza fue una forma literaria usada por el Antiguo Testamento para celebrar la felicidad del justo que confía su vida al camino indicado por Dios y no se deja seducir por el encanto perverso del mal. Éste termino resuena 26 veces en los Salmos y 31 veces en el resto del Antiguo Testamento. El término para nuestra real situación revindica la esperanza que Dios hoy y siempre hará justicia a los pobres de la tierra, a los sufridos víctimas de la violencia enajenante de los orgullosos y poderosos de la tierra. Dios no se olvidará de los que han sido pisoteados por otros que se han creído superiores a los demás y les hará justicia, en esta vida y sobre todo en la vida del cielo, donde la bienaventuranza será consumada de manera plena, revestida de consuelo, saciedad, herencia definitiva que lleva al gozo perfecto e imperecedero. Propósito para la semana: Meditá a profundidad este mensaje de Jesús y sacaré mis propias conclusiones.
Con la liturgia de la Palabra de Dios de este domingo, se retoma de manera solemne la llegada de la luz a un pueblo que caminaba en tinieblas, como lo señala la primera lectura (Is 8,23; 9,2), pero no recién nacida sino hecha ya adulta: “Paseando Jesús junto al lago de Galilea…”. Esa luz que profetiza Isaías, está ahora encarnada, hecha vida e historia nuestras, su nombre: Jesús de Nazaret. Para el Evangelista Mateo, Jesús ese desconocido hasta entonces es la figura del Mesías esperado, espléndida sorpresa de amor de Dios, para un pueblo sin esperanza. El símbolo de la luz, clásico en todas las regiones del mundo, para hablar de la divinidad, señala la iniciativa de Dios que rompe su aislamiento y se dirige al hombre, lo envuelve y lo involucra en su luz, en su vida. Es clarísimo que para la Biblia, el interés primario de ella es manifestar que es Dios quien primero se interesa por nosotros, antes que nosotros nos interesemos por Él. Así lo manifiesta el propio evangelista al poner junto a este lago de Galilea, el escenario de la llamada de los primeros discípulos. Jesús viene con conocimiento de causa a elegir a estos humildes pescadores de la Galilea. En la tradición judía eran los alumnos que elegían a su rabí-maestro, Jesús cambia novedosamente el método, al llamar a través del imperativo: “Sígueme”. Y, ellos ante la irrupción de Dios en su historia personal, dejan caer las redes y se embarcan en una aventura mucho más misteriosa de que vivían sobre aquel lago a menudo infiel pero también rico de peces. Jesús pasa y hace un llamado que es casi una orden. Y, este es el inicio de la maravillosa historia de un grupo de Doce elegidos, que serán llamados “apóstoles”, es decir, “enviados”. En la última noche de su vida terrena, en el Cenáculo, Jesús recordará a sus discípulos: “No me habéis elegido vosotros, sino yo os he elegido”. Ellos no pueden olvidar, tan importante constatación, la llamada es iniciativa del Señor, nadie puede arrogarse tan misteriosa elección. En cada llamada hay un don de gracia y un amor de predilección. Propósito para la semana: Meditar sobre la mejor atención y escucha de la Palabra en cada santa Misa que asistimos.