Hoy se inicia el tan antiguo itinerario como preparación a las celebraciones centrales de la vida cristiana, como lo es el “Santo Triduo Pascual”. Para ello la Iglesia nos ha regalado la maravillosa práctica de la Cuaresma, que está enriquecida sobremanera en los textos selectos de la Palabra de Dios, para que como un alimento en el desierto cuaresmal, nos sirvan junto a la Santísima Eucaristía de fortaleza. Se abre este primer domingo, con la narración de las tentaciones de Jesús, construidas por Mateo sobre una triple composición maravillosa y fundamental, concluidas cada una de ellas por la expresión de Jesús: “Está escrito”, a manera de sentencia victoriosa. Las tres tentaciones vienen presentadas, si nos fijamos bien, en dos escenarios bien definidos. La primera tentación está realizada teniendo como fondo el desierto, que evoca alusivamente la crisis de fe de Israel peregrino en las etapas del Sinaí. La segunda está situada bajo el horizonte palestino, la tierra prometida, ya que el tentador ha llevado a Jesús, a el “pináculo” (que es la esquina más alta de los muros del Templo, que desciende perpendicularmente sobre el valle de Cedrón) y la última desde el “monte altísimo” que la tradición popular ha identificado con el Monte de las tentaciones, que se encuentra en el estupendo oasis de Jericó. Con esta escenografía Mateo presenta el tema muy gustado en toda su obra, a saber: en Jesús de Nazaret se congrega el verdadero Israel fiel, que no cae ante los proyectos diabólicos de poder y de triunfo. ¿Cuál fue el contenido de esas tentaciones? Mateo las desarrolla de la siguiente manera: La primera totalmente basada en un mesianismo terreno, simbolizada en la oferta del pan, ligada a la materialidad de las cosas. La segunda simbolizada por el tentador en el vuelo que le pide desde el pináculo, que podríamos definirla como deseo de todo lo espectacular a los ojos del mundo. Haciendo de Él un mesías de espectáculos y fama. La tercera tentación que es la más fuerte, ofrecerle todo el poder y el bienestar que ofrecería un mesianismo político. Para el diablo, su osadía ha terminado en fracaso, pre-anuncio de su definitiva derrota. Jesús le replica a cada tentación desafiante, con su única arma la que lo ha alimentado en la oración y el ayuno: la santa Palabra de Dios. No usa ninguna palabra suya sino sólo la “escrita” en la Biblia. Para Mateo, Jesús es el Maestro vencedor, su doctrina nace de la experiencia de Dios; los cuarenta días de ayuno y oración, han sido la escuela espiritual, a través, de la cual conoce a ciencia cierta, que el hombre no sólo vive de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Dios en el desierto ha sido todo su alimento, todo su abrigo, en definitiva ha sido el TODO de su ser. Él viene presentado como modelo del fiel buscador de Dios, que se complace en hacer toda y plenamente su voluntad, capacitado para renunciar a todo lo del mundo para probarse a sí mismo que Sólo se puede vivir de Dios, que sólo Dios basta. Y así, saliendo de las tentaciones del desierto, está ahora ya capacitado como un atleta para correr hasta la meta, es decir que “participó de esa condición para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como esclavos”.
Llegamos hoy en el itinerario bíblico que vamos recorriendo a los pies de la montaña, donde juntos a los discípulos nos pondremos también nosotros, a los pies del Maestro para escuchar su palabra. Este será el primero de los cinco discursos que son como las columnas que sostienen todo la obra del Evangelio de Mateo. Con la subida de Cristo al monte, vemos a ese nuevo Moisés, que sentado en el nuevo Sinaí, nos ofrece la definitivas palabras de Dios. Y los primeros destinatarios son precisamente los “pobres en espíritu”, una expresión bíblica para indicar a quien tiene el corazón, la conciencia y su interior más profundamente “pobre”. Este término une las tres lecturas de este domingo. La figura del “pobre” en la Biblia tiene varios significados. El término original hebreo ‘anawin’ indica a los que están encorvados, es decir, oprimidos por los gobernantes poderosos, víctimas indefensas que eran la gran mayoría de la población. Pero esta definición es incompleta. Los “anawin” son también los temerosos de Dios, los mansos, los humildes. A éstos se refiere Mateo, al llamarlos “pobres de espíritu”.Jesús para ellos y la gran categoría de los justos para Dios, su Padre, usará el maravilloso término de: “Bienaventurados”. La bienaventuranza fue una forma literaria usada por el Antiguo Testamento para celebrar la felicidad del justo que confía su vida al camino indicado por Dios y no se deja seducir por el encanto perverso del mal. Éste termino resuena 26 veces en los Salmos y 31 veces en el resto del Antiguo Testamento. El término para nuestra real situación revindica la esperanza que Dios hoy y siempre hará justicia a los pobres de la tierra, a los sufridos víctimas de la violencia enajenante de los orgullosos y poderosos de la tierra. Dios no se olvidará de los que han sido pisoteados por otros que se han creído superiores a los demás y les hará justicia, en esta vida y sobre todo en la vida del cielo, donde la bienaventuranza será consumada de manera plena, revestida de consuelo, saciedad, herencia definitiva que lleva al gozo perfecto e imperecedero. Propósito para la semana: Meditá a profundidad este mensaje de Jesús y sacaré mis propias conclusiones.
Con la liturgia de la Palabra de Dios de este domingo, se retoma de manera solemne la llegada de la luz a un pueblo que caminaba en tinieblas, como lo señala la primera lectura (Is 8,23; 9,2), pero no recién nacida sino hecha ya adulta: “Paseando Jesús junto al lago de Galilea…”. Esa luz que profetiza Isaías, está ahora encarnada, hecha vida e historia nuestras, su nombre: Jesús de Nazaret. Para el Evangelista Mateo, Jesús ese desconocido hasta entonces es la figura del Mesías esperado, espléndida sorpresa de amor de Dios, para un pueblo sin esperanza. El símbolo de la luz, clásico en todas las regiones del mundo, para hablar de la divinidad, señala la iniciativa de Dios que rompe su aislamiento y se dirige al hombre, lo envuelve y lo involucra en su luz, en su vida. Es clarísimo que para la Biblia, el interés primario de ella es manifestar que es Dios quien primero se interesa por nosotros, antes que nosotros nos interesemos por Él. Así lo manifiesta el propio evangelista al poner junto a este lago de Galilea, el escenario de la llamada de los primeros discípulos. Jesús viene con conocimiento de causa a elegir a estos humildes pescadores de la Galilea. En la tradición judía eran los alumnos que elegían a su rabí-maestro, Jesús cambia novedosamente el método, al llamar a través del imperativo: “Sígueme”. Y, ellos ante la irrupción de Dios en su historia personal, dejan caer las redes y se embarcan en una aventura mucho más misteriosa de que vivían sobre aquel lago a menudo infiel pero también rico de peces. Jesús pasa y hace un llamado que es casi una orden. Y, este es el inicio de la maravillosa historia de un grupo de Doce elegidos, que serán llamados “apóstoles”, es decir, “enviados”. En la última noche de su vida terrena, en el Cenáculo, Jesús recordará a sus discípulos: “No me habéis elegido vosotros, sino yo os he elegido”. Ellos no pueden olvidar, tan importante constatación, la llamada es iniciativa del Señor, nadie puede arrogarse tan misteriosa elección. En cada llamada hay un don de gracia y un amor de predilección. Propósito para la semana: Meditar sobre la mejor atención y escucha de la Palabra en cada santa Misa que asistimos.
Amigos todos, entramos en el Tiempo Ordinario, se inicia con Jesús que inicia su ministerio público señalado por Juan: “He aquí el cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo e Hijo de Dios”. Difícil comprensión para el pueblo, la manera como Juan presenta al sencillo maestro que inicia su actividad apostólica entre sus hermanos. Para el lenguaje bíblico las referencias son mucho más significativas que las que ha hecho el arte religioso, que nos ha hecho pensar en la imagen de mansedumbre o de víctima del cordero. “El cordero” aparece en primer lugar en la historia bíblica, cuando Israel sale de Egipto después de comer la cena pascual, dónde el plato fuerte lo era precisamente el cordero. Ese animal, cuyos huesos no debían ser rotos, perfecto, de un año, luego se convertiría en el emblema de un don grandioso, el de la liberación política-espiritual de todo un pueblo. No por nada, san Juan, Jesús fue condenado a muerte a mediodía de la vigilia de Pascua (19,14), precisamente en el momento en que los sacerdotes empezaban a sacrificar los corderos en el Templo para la fiesta de Pascua. Y, al momento de la muerte, Cristo va a ser herido en el costado, con las piernas intactas, como el cordero de Pascua perfecta al que “no se le rompió ningún hueso” (19,36). Luego en Isaías aparecen los famosos cánticos del Siervo de Yahvé. En el capítulo 53, señala cómo este siervo, va “como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante sus esquiladores” (53,5). Con la presentación de Juan, entramos al reconocimiento de la presencia de Jesús en el marco de toda la economía de la salvación. Jesús es en verdad el enviado definitivo del Padre, que viene a tomar sobre sí el pecado de los hombres sus hermanos. Entre otras cosas – si fuera cierta esta curiosa hipótesis avanzada de algunos estudiosos – el Bautista hablando en arameo hubiera usado el término ‘talya’ que significa tanto “cordero” como “siervo” del Señor. Cristo es, pues, el que se ofrece libremente a sí mismo para quitar el pecado del mundo y reconducir a Dios a todos sus hermanos en la carne. Llama poderosamente la atención, que Juan pudo haber escogido otro título para presentar a Jesús, pero ha preferido éste, el que lo vincula a la raíz definitiva que da origen al mal en el mundo y de quién sólo Él puede ser el remedio. Juan sabe dónde está la única medicina que podrá limpiar y erradicar la antigua condena llegada a nosotros por la desobediencia de nuestros primeros padres: Adán y Eva. El anuncio y el señalamiento de Juan, es todo un anuncio de Kerigma y de Pascua. Aquí está con nosotros el cumplimiento de todas las Buenas Nuevas, aquí está el que se sacrificará por todos, para ser Palabra y Vida, ya no en promesas sino en la realidad de su presencia. Este animalito sencillo y manso se convierte, pues, en el Nuevo Testamento con la presentación que el Apocalipsis hace de él, en el símbolo más luminoso para descubrir el sacrificio de Cristo y su Pascua perfecta y profundamente liberadora. De aquí pues, que en esta línea de presentar a Cristo glorioso y triunfante , todo el libro del Apocalipsis le llama por 28 veces el “Cordero” por excelencia, que borró definitivamente el pecado del mundo.
Constitución dogmática Dei Verbum: “Dios habla a los hombres como amigos” Aula Pablo VI – Miércoles, 14 de enero de 2026
La Asociación de Biblistas Católicos de Honduras comparte con alegría y espíritu de comunión eclesial el mensaje ofrecido por el Santo Padre León XIV durante la Audiencia General de hoy, con la cual se dio inicio a la profundización de los documentos del Concilio Vaticano II, comenzando por la Constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación.
En su catequesis, el Papa recordó que la Revelación cristiana no consiste únicamente en la transmisión de verdades doctrinales, sino que es, ante todo, un acontecimiento de encuentro y de diálogo. A la luz de las palabras de Jesús —«Yo los llamo amigos» (Jn 15,15)—, el Santo Padre subrayó que en Cristo la relación entre Dios y la humanidad se transforma radicalmente en una relación de amistad, fundada en el amor y sostenida por la gracia.
Inspirándose en la enseñanza de san Agustín y en el testimonio de las Sagradas Escrituras, el Papa explicó que, aunque la Alianza entre Dios y el ser humano es siempre asimétrica, en el Hijo hecho carne Dios nos hace semejantes a Él, no por el pecado o la transgresión, sino por la comunión con Cristo. En la Revelación cristiana, el diálogo interrumpido por el pecado se restablece de manera definitiva y la Alianza se vuelve nueva y eterna.
La Constitución Dei Verbum nos recuerda que Dios habla a los hombres como amigos, se revela mediante su Palabra y los invita a la comunión con Él. Esta Revelación posee un carácter profundamente dialogal, que exige del creyente una actitud fundamental: la escucha. Escuchar la Palabra permite que Dios penetre la mente y el corazón, y al mismo tiempo impulsa al creyente a responder mediante la oración.
El Santo Padre insistió en la importancia de la oración litúrgica y comunitaria, así como de la oración personal, como espacios privilegiados donde se cultiva la amistad con Dios. Durante la jornada y la semana del cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la oración, a la meditación y a la reflexión, pues solo cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él.
Finalmente, el Papa recordó que, como ocurre en toda amistad humana, la relación con Dios puede debilitarse no solo por rupturas evidentes, sino también por pequeñas desatenciones cotidianas. Por ello, exhortó a no desoír la llamada de Jesús, a acogerla con fidelidad y a cuidar esta relación, descubriendo que la amistad con Dios es nuestra salvación.
La Asociación de Biblistas Católicos de Honduras invita a todos sus miembros y a la comunidad eclesial a meditar este mensaje y a renovar su compromiso con la Palabra de Dios, uniendo el estudio bíblico con una experiencia viva y orante de la Revelación.