En el primer plano de las lecturas de hoy, escucharemos la historia amarga de un doble rechazo. En la primera lectura es el rechazo del profeta Jeremías y en el evangelio el del propio Jesús. Se trata del rechazo y agresión de sus propios paisanos, es un viaje marcado por la hostilidad que tiene como meta El Calvario, es el drama de la Palabra de Dios ignorada o pisoteada en los profetas y al final en el mismo Hijo de Dios. Toda la narración inicia con las palabras provocativas con las que Jesús termina su lectura en la sinagoga de Nazaret: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que han escuchado”, leíamos el domingo pasado. ¿Qué acaba de decir? ¿Cuál es su real significado? Su auditorio está más que informado sobre él y su origen (¿no es el hijo de José?). El culmen está también en que en esta su tierra no obra ningún milagro, como han dicho que ha realizado fuera de ella. Y, es que Jesús va más allá, recorriendo los ciclos narrativos de los libros de los Reyes relativos a los “padres” del profetismo bíblico, Elías y Eliseo, afirma que los milagros están destinados ante todo a los extranjeros y a los lejanos, tal como se los recuerda el caso de la viuda de Sarepta de Sidón y Naamán el Sirio. “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de indignación; se levantaron lo sacaron fuera de la ciudad, para arrojarlo por el precipicio”. El rechazo pues se hace agresivo y revela la falsedad de la aparente religiosidad que antes se manifestaba orgullosamente. Podemos decir que ellos tenían la fe en Dios como una inversión de la cual se obtenían todas las mas ricas ventajas. Pero la Palabra de Dios aunque incomode y desenmascare las falsas posturas de una religiosidad equivocada, no se apaga, sigue resonando sin detenerse jamás. Al respecto el Papa Francisco en su homilía del domingo pasado puntualizó: “La rigidez no nos cambia solo nos esconde, la Palabra de Dios nos cambia. Y lo hace penetrando en el alma como una espada. Porque si por una parte nos consuela, revelándonos el rostro de Dios, por otra parte provoca y sacude, mostrándonos nuestras contradicciones y poniéndonos en crisis”. Preguntémonos: ¿Estoy dispuesto a recibir este mensaje de Jesús y dejarme cambiar por él?
El conflictivo tema de los ricos, que tiene como llamativa contraparte a los pobres, es tan antiguo como los recuerdos y registros históricos de la humanidad. Esta realidad ha suscitado la atención de quienes se dedican a la economía, la historia, la sociología, la filosofía, la política y también de quienes se involucran con la religión en general y el cristianismo, en particular.
El autor de esta obra parte del relato de Zaqueo (Lc 19,1-10), se pregunta qué entendía la gente por rico en el siglo I, y busca identificar una construcción del personaje rico en el relato evangélico. Del relato al prototipo es la fórmula que sintetiza este recorrido. El estudio socio-narrativo recorre dos caminos que constantemente se cruzan: de todo el evangelio a Zaqueo y de Zaqueo a todo el evangelio. De un foco a un mapa completo y del mapa a ese foco.
En la primera Lectura y en el Evangelio encontramos dos gestos paralelos: el sacerdote Esdras tomó el libro de la ley de Dios, lo abrió y lo proclamó delante de todo el pueblo; Jesús, en la sinagoga de Nazaret, abrió el volumen de la Sagrada Escritura y leyó un pasaje del profeta Isaías delante de todos. Son dos escenas que nos comunican una realidad fundamental: en el centro de la vida del pueblo santo de Dios y del camino de la fe no estamos nosotros, con nuestras palabras; en el centro está Dios con su Palabra.
Todo comenzó con la Palabra que Dios nos dirigió. En Cristo, su Palabra eterna, el Padre «nos eligió antes de la creación del mundo» (Ef 1,4). Con su Palabra creó el universo: «Él lo dijo y así sucedió» (Sal 33,9). Desde la antigüedad nos habló por medio de los profetas (cf. Hb 1,1); por último, en la plenitud del tiempo, nos envió su misma Palabra, el Hijo unigénito (cf. Ga 4,4). Por esto, al finalizar la lectura de Isaías, Jesús en el Evangelio anuncia algo inaudito: «Esta lectura se ha cumplido hoy» (Lc 4,21). Se ha cumplido; la Palabra de Dios ya no es una promesa, sino que se ha realizado. En Jesús se hizo carne. Por obra del Espíritu Santo habitó entre nosotros y quiere hacernos su morada, para colmar nuestras expectativas y sanar nuestras heridas.
Hermanas y hermanos, tengamos la mirada fija en Jesús, como la gente en la sinagoga de Nazaret (cf. v. 20), —lo miraban, era uno de ellos: ¿qué novedad? ¿qué hará éste, del que tanto se habla?— y acojamos su Palabra. Meditemos hoy dos aspectos de ella que están unidos entre sí: la Palabra revela a Dios y la Palabra nos lleva al hombre. Ella esta al centro, revela a Dios y nos lleva al hombre.
En primer lugar, la Palabra revela a Dios. Jesús, al comienzo de su misión, comentando ese pasaje específico del profeta Isaías, anuncia una opción concreta: ha venido para liberar a los pobres y oprimidos (cf. v. 18). De este modo, precisamente por medio de las Escrituras, nos revela el rostro de Dios como el de Aquel que se hace cargo de nuestra pobreza y le preocupa nuestro destino. No es un tirano que se encierra en el cielo, esa es una fea imagen de Dios, sino un Padre que sigue nuestros pasos. No es un frío observador indiferente e imperturbable, un Dios “matemático”. Es el Dios con nosotros, que se apasiona con nuestra vida y se identifica hasta llorar nuestras mismas lágrimas. No es un dios neutral e indiferente, sino el Espíritu amante del hombre, que nos defiende, nos aconseja, toma partido a nuestro favor, se involucra y se compromete con nuestro dolor. Siempre está presente allí. Esta es «la buena noticia» (v. 18) que Jesús proclama ante la mirada sorprendida de todos: Dios es cercano y quiere cuidar de mí, de ti, de todos. Y este es el modo de tratar de Dios: la cercanía. Él se define a sí mismo de esta manera; dice al pueblo, en Deuteronomio: «¿Cuál es la gran nación que tenga dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, cuando lo invocamos?» (cf. Dt 4,7). Él es un Dios cercano, compasivo y tierno, quiere aliviarte de las cargas que te aplastan, quiere caldear el frío de tus inviernos, quiere iluminar tus días oscuros, quiere sostener tus pasos inciertos. Y lo hace con su Palabra, con la que te habla para volver a encender la esperanza en medio de las cenizas de tus miedos, para hacer que vuelvas a encontrar la alegría en los laberintos de tus tristezas, para llenar de esperanza la amargura de tus soledades. Él te hace caminar, no dentro de un laberinto, más bien por el camino, para encontrarlo cada día.
Hermanos, hermanas, preguntémonos: ¿llevamos en el corazón esta imagen liberadora de Dios, del Dios cercano, compasivo y tierno o pensamos que sea un juez riguroso, un rígido aduanero de nuestra vida? ¿Nuestra fe genera esperanza y alegría o me pregunto si entre nosotros está todavía determinada por el miedo? ¿Qué rostro de Dios anunciamos en la Iglesia, el Salvador que libera y cura o el Dios Temible que aplasta bajo los sentimientos de culpa? Para convertirnos al Dios verdadero, Jesús nos indica de dónde debemos partir: de la Palabra. Ella, contándonos la historia del amor que Dios tiene por nosotros, nos libera de los miedos y de los conceptos erróneos sobre Él, que apagan la alegría de la fe. La Palabra derriba los falsos ídolos, desenmascara nuestras proyecciones, destruye las representaciones demasiado humanas de Dios y nos muestra su rostro verdadero, su misericordia. La Palabra de Dios nutre y renueva la fe, ¡volvamos a ponerla en el centro de la oración y de la vida espiritual! Al centro la Palabra que nos revela como es Dios y nos hace cercanos a Él.
Y ahora, el segundo aspecto: la Palabra nos lleva al hombre. Justamente cuando descubrimos que Dios es amor compasivo, vencemos la tentación de encerrarnos en una religiosidad sacra, que se reduce a un culto exterior, que no toca ni transforma la vida. Esta es idolatría, escondida y refinada, pero idolatría al fin. La Palabra nos impulsa a salir fuera de nosotros mismos para ponernos en camino al encuentro de los hermanos con la única fuerza humilde del amor liberador de Dios. En la sinagoga de Nazaret Jesús nos revela precisamente esto: Él es enviado para ir al encuentro de los pobres – que somos todos nosotros – y liberarlos. No vino a entregar una serie de normas o a oficiar alguna ceremonia religiosa, sino que descendió a las calles del mundo para encontrarse con la humanidad herida, para acariciar los rostros marcados por el sufrimiento, para sanar los corazones quebrantados, para liberarnos de las cadenas que nos aprisionan el alma. De este modo nos revela cuál es el culto que más agrada a Dios: hacernos cargo del prójimo. Volvamos sobre esto. En el momento en el que en la Iglesia están las tentaciones de la rigidez, que es una perversión, y se cree que encontrar a Dios es hacerse más rígido, con más normas, las cosas justas, las cosas claras… no es así. Cuando nosotros veremos propuestas rígidas, inmediatamente pensemos: esto es un ídolo, no es Dios, nuestro Dios no es así.
Hermanas y hermanos, la rigidez no nos cambia solo nos esconde, la Palabra de Dios nos cambia. Y lo hace penetrando en el alma como una espada (cf. Hb 4,12). Porque, si por una parte consuela, revelándonos el rostro de Dios, por otra parte provoca y sacude, mostrándonos nuestras contradicciones y poniéndonos en crisis. No nos deja tranquilos, si quien paga el precio de esta tranquilidad es un mundo desgarrado por la injusticia y el hambre, y quienes sufren las consecuencias son siempre los más débiles. Siempre pagan los más débiles. La Palabra pone en crisis esas justificaciones nuestras que siempre hacen depender aquello que no funciona del otro o de los otros. Cuánto dolor sentimos al ver morir en el mar a nuestros hermanos y hermanas porque no los dejan desembarcar. Y esto lo hacen algunos en nombre de Dios. La Palabra de Dios nos invita a salir al descubierto, a no escondernos detrás de la complejidad de los problemas, detrás del “no hay nada que hacer” o del “¿qué puedo hacer yo?” o del “es un problema de ellos o de él”. Nos exhorta a actuar, a unir el culto a Dios y el cuidado del hombre. Porque la Sagrada Escritura no nos ha sido dada para entretenernos, para mimarnos en una espiritualidad angélica, sino para salir al encuentro de los demás y acercarnos a sus heridas. Hablé de rigidez, de ese pelagianismo moderno, que es una de las tentaciones de la Iglesia. Y buscar una espiritualidad angélica, es la otra tentación de hoy: los movimientos espirituales gnósticos, el gnosticismo, que te ofrece una Palabra de Dios que te pone “en órbita” y no te deja tocar la realidad. La Palabra que se ha hecho carne (cf. Jn 1,14) quiere encarnarse en nosotros. No nos aleja de la vida, sino que nos introduce en la vida, en las situaciones de todos los días, en la escucha de los sufrimientos de los hermanos, del grito de los pobres, de la violencia y las injusticias que hieren la sociedad y el planeta, para no ser cristianos indiferentes sino laboriosos, cristianos creativos, cristianos proféticos.
«Esta lectura que acaban de oír – dice Jesús – se ha cumplido hoy» (Lc 4,21). La Palabra quiere encarnarse hoy, en el tiempo que vivimos, no en un futuro ideal. Una mística francesa del siglo pasado, que eligió vivir el Evangelio en las periferias, escribió que la Palabra del Señor no es «“letra muerta”, sino espíritu y vida. […] Las condiciones de la escucha que reclama de nosotros la Palabra del Señor son las de nuestro “hoy”: las circunstancias de nuestra vida cotidiana y las necesidades de nuestro prójimo» (M. Delbrêl, La alegría de creer, Sal Terrae, Santander 1997, 242-243).Entonces, preguntémonos: ¿queremos imitar a Jesús, ser ministros de liberación y de consolación para los demás poniendo en práctica la Palabra? ¿Somos una Iglesia dócil a la Palabra; una Iglesia con capacidad de escuchar a los demás, que se compromete a tender la mano para aliviar a los hermanos y las hermanas de aquello que los oprime, para desatar los nudos de los temores, liberar a los más frágiles de las prisiones de la pobreza, del cansancio interior y de la tristeza que apaga la vida? ¿Queremos esto?
En esta celebración, algunos de nuestros hermanos y hermanas son instituidos lectores y catequistas. Están llamados a la tarea importante de servir el Evangelio de Jesús, de anunciarlo para que su consuelo, su alegría y su liberación lleguen a todos. Esta es también la misión de cada uno de nosotros: ser anunciadores creíbles, ser profetas de la Palabra en el mundo. Por eso, apasionémonos por la Sagrada Escritura. Dejémonos escrutar interiormente por la Palabra de Dios, que revela la novedad de Dios y nos lleva a amar a los demás sin cansarse. ¡Volvamos a poner la Palabra de Dios en el centro de la pastoral y de la vida de la Iglesia! Así nos libraremos de todo pelagianismo rígido, de toda rigidez, y nos libraremos también de la ilusión de una espiritualidad que nos pone “en órbita” sin cuidar de nuestros hermanos y hermanas. Volvamos a poner la Palabra de Dios en el centro de la pastoral y de la vida de la Iglesia. Escuchémosla, recemos con ella, pongámosla en práctica.
La Animación Biblica de la Pastoral Invita a la Conferencia en el Marco del Domingo de la Palabra de Dios
Biografía
Santiago Silva Retamales es magíster en Teología dogmática por la Pontificia universidad Católica de Chile y licenciado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma. Durante varios años ha sido profesor titular de Sagrada Escritura en el Pontificio Seminario Mayor San Rafael, de la diócesis de Valparaíso, en la Pontificia Universidad Católica de Chile (sede de Santiago) y en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Ha publicado muchos artículos y varios libros. Fue fundador (2003) y obispo responsable hasta el año 2015 del Centro Bíblico Pastoral para América Latina» (CEBIPAL), dependiente del CELAM, hoy llamada Escuela Bíblica. Es el actual responsable de la traducción de la Sagrada Escritura llamada Biblia de la Iglesia en América o BIA, cuya edición completa se prepara para el año 2019. El Nuevo Testamento ya fue publicado en 2015 por la editorial PPC. Fue secretario general del CELAM durante el cuatrienio 2011-2015. Actualmente es el obispo presidente del Departamento de Comunión Eclesial y Diálogo del CELAM para el período 2015-2019. En su calidad de perito en materias bíblicas, participó en mayo de 2007 en la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y El Caribe, en Aparecida (Brasil), y fue uno de los redactores del documento final. Por parte de la Conferencia Episcopal de Chile participó en el Sínodo de los Obispos sobre «La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia» (Roma, octubre de 2008), instancia en la que fue nombrado vicepresidente de la Comisión Redactora del Mensaje Final del Sínodo. También participó en el Sínodo sobre la nueva evangelización, en 2012, y en el Sínodo extraordinario sobre la familia (octubre de 2014). En la actualidad es el presidente de la Conferencia Episcopal de Chile y obispo encargado de la Comisión Nacional de Animación Bíblica de la Pastoral.
¡Bienaventurado el que escucha la Palabra de Dios! (cf Lc 11,28)
El texto que el Papa Francisco ha elegido para el Domingo de la Palabra de Dios es sumamente expresivo para la vida de la comunidad cristiana. El evangelista Lucas inserta estas palabras de Jesús como conclusión de un discurso en el que se puede ver de nuevo unidas la acción mesiánica de Jesús y su enseñanza. El capítulo se abre con la petición hecha por un discípulo de que les enseñe a orar como el Bautista había hecho también con sus discípulos. Jesús entonces enseña la más bella oración que todos los cristianos han utilizado siempre para reconocerse como hijos de un solo Padre. El Padrenuestro no es solo la oración de los creyentes que afi rman tener una relación fi lial con Dios a través de Jesús, sino que constituye también la síntesis del renacimiento a una vida nueva en la que cumplir la voluntad del Padre, que es la fuente de la salvación. En una palabra, es la síntesis de todo el Evangelio.
Las palabras de Jesús invitan a quienes oran con esas expresiones a dejarse implicar en un «nosotros» indicativo de una comunidad: «Cuando oréis, decid» (Lc 11,2), y permiten percibir por parte de sus discípulos una fi rme voluntad de orar como expresión de toda su existencia. La oración, por tanto, no es cuestión de un momento, sino que implica toda la jornada de un discípulo del Señor. Requiere la alegría del encuentro y la perseverancia. Por eso el Señor continúa diciendo: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá» (Lc 11,9). Nada queda sin ser escuchado por el Padre cuando se pide en nombre del Hijo. La enseñanza de Jesús, en todo caso, es evidente en su acción y en su testimonio. En nuestro contexto, el evangelista incorpora un exorcismo. Un hombre que había quedado mudo, ahora recupera el habla ante el poder de Cristo.
Sin embargo, el asombro y el entusiasmo de la multitud no consiguen detener la insolencia de algunos que no interpelan a Jesús por su actividad taumatúrgica, sino por su origen: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios» (Lc 11,15). Tentación despiadada y engañosa de quienes no pretenden acoger en su vida la fuente de la salvación a través del amor, sino que se empeñan en seguir ligados a la ley y a sus obras. La reacción de Jesús es una enseñanza más sobre su origen divino, pero al mismo tiempo es una invitación apremiante a cuantos creen en él a no dejarse vencer por la presencia del mal y por los servidores de la violencia, porque el Reino de Dios está claramente en medio de nosotros con sus frutos.
Todo este contexto lleva a una mujer allí presente a exclamar con convicción: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron» (Lc 11,27). La respuesta de Jesús es inmediata. Aunque permite que alaben a su madre, invita a los creyentes a que dirijan la mirada más allá. A la proclamación de la bienaventuranza une la escucha de la Palabra de Dios con su puesta en práctica. Se abre ante nosotros un doble horizonte. Por una parte, la existencia cristiana se caracteriza por la escucha de la Palabra de Dios. Ella ofrece un sentido tan profundo que ayuda a comprender nuestra presencia en medio de los altibajos del mundo. Siempre será una dura lucha entre los que se adhieren a la Palabra y los que se oponen a ella. Endulzar esta condición puede dar a los cristianos un papel social más remunerado, pero los hará insignifi cantes, porque al final seguirán siendo «tontos» y estarán sometidos. Se volverán como la sal que pierde su sabor y serán pisoteados y rechazados incluso por aquellos a los que han esclavizado (cf Mt 5,13). Ilusión de la que debemos rehuir con convicción para no hacer vano el Evangelio de la salvación. Por otra parte, no basta solo escuchar la Palabra de Dios. Jesús añade un verbo decisivo que implica «conservar» esta palabra en uno mismo mediante su observancia. Es constitutivo del anuncio cristiano dar testimonio de ella. Custodiar la Palabra equivale a hacer que se convierta en una semilla que da fruto a su debido tiempo (cf Lc 8,15). Su efi cacia, sin embargo, no depende tanto del compromiso personal, sino de la fuerza que brota de esa Palabra divina.
La Palabra de Dios, por tanto, se traduce en la «voluntad de Dios», y viceversa, esta se convierte en su Palabra que obra la salvación. La comunidad cristiana, en consecuencia, se convierte en el lugar privilegiado donde se puede escuchar y vivir de esta Palabra, porque en la comunidad los cristianos son verdaderamente hermanos y hermanas que se apoyan los unos a los otros viviendo en el amor. El Domingo de la Palabra de Dios, como puede verse, permite nuevamente a los cristianos reforzar la tenaz invitación de Jesús a escuchar y valorar su Palabra para ofrecer al mundo de hoy un testimonio de esperanza que le permita ir más allá de las difi cultades del momento presente.