El así conocido “Discurso de la llanura” del capítulo 6 de Lucas, nos permite engalanar la celebración de este domingo día del Señor. Sus palabras están situadas dentro del marco de la literatura sapiencial, enseñados por los rabinos de su tiempo. Lucas a diferencia de Mateo, agrega al hacer siempre el bien, “amen a sus enemigos”. Aparece así dentro de este discurso como la “regla de oro” del cristiano que termina con la ley del talión y que pasa por encima de las exigencias de la justicia. Todo el Antiguo Testamento abría la posibilidad de ir viendo relaciones de equidad y justicia entre todos los hermanos judíos para una real y serena convivencia como pueblo elegido de Dios, a ejemplo: “Cuando encuentres el buey de tu enemigo o el asno descarriado, deberás devolvérselos. Cuando veas al asno de tu enemigo caído bajo el peso, no lo abandones a su suerte, ayúdalo” (Ex 23,4-5). A la larga se fue perfilando esa expresión que se ha convertido en regla tan valiosa como el oro: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”. Pero más allá de toda norma para la más justa y noble relación entre los miembros de un mismo pueblo o familia, está la que hoy evangelio levanta como la norma del más alto quilate espiritual: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso”. La misericordia apunta a la más genuina forma de ser prójimo en verdad, porque descubre esa vulnerabilidad por la que todos siendo frágiles, todos podemos ofrecernos la mano con la compasión y el deseo sincero de no juzgar para no condenar. Y, es que en verdad la misericordia impera sobre el juicio. El evangelista nos pide tomar como modelo a Dios mismo, ya que al ser hijos suyos, podemos ser también reflejos de su infinito amor y condescendencia para con todos. El amor es el criterio o principio unificador que nos permite como cristianos estar y vivir con Dios. Así la novedad de la llegada de Jesús cumplimiento de toda la esperanza judía contenida en las Sagradas Escrituras, supera también la ley humana de ver en el enemigo una barrera insuperable para querer perdonarlo y llegar amarlo; para Jesús, la ley nueva toca la esencia del mal y lo elimina, llegando entonces a cumplir en verdad su palabra: “Amen a su enemigos”. Al final está la promesa gloriosa: “Su premio será grande y serán hijos del Altísimo”. Preguntémonos: ¿cuánto progresa en nuestras relaciones humanas este principio básico de nuestra fe en Jesús, de amar a nuestro enemigos?
DESCRIPCIÓN DEL LIBRO En este libro el autor considera diversos aspectos del Nuevo Testamento que por mucho tiempo han sido objeto de discusión. PRECIO L. 400.00
Con la alegría de este nuevo domingo, nos engalanamos con el adorno de la casa del Señor (cf. Sal 93,5), que es su Palabra. Una palabra que este día se proclama con la fuerza espiritual que ella significa. En efecto, hoy proclamamos la verdadera Magna Carta del cristianismo, que hace de síntesis moral de esa buena semilla que en la vida del discípulo ha dado frutos al ciento por ciento. Son la así llamadas Bienaventuranzas hoy en la versión de Lucas, que Mateo señala se pronunciaron en la montaña. El término Bienaventuranza tiene como sinónimos: alegría, éxito, felicidad, dicha, bienestar, prosperidad total. Pero, entonces ¿cómo definir “bienaventurados” a los pobres, a los hambrientos, a los afligidos y a los perseguidos? ¿No encierran entonces un estilo provocador de Jesús, tan presente en los evangelios? Desde un primera apreciación apuntan a la justicia de Dios, que no olvidará para una mejor suerte a los que en esta vida la han pasado re-mal. Es por eso, que la primera de estas Bienaventuranza está dirigida a los pobres. Podemos afirmar que la pobreza entendida así por Jesús, define y especifica a todas las demás. “Pobres” utilizado aquí por Lucas que suprime “de espíritu” que Mateo pone de complemento directo a su primera Bienaventuranza, va en la línea de sus personajes, reconocidos como los “pobres del Señor”, María, Zacarías, Simón, Ana, etc., quienes sólo tenían una esperanza, la que viene del propio Dios. Y, son Bienaventurados porque con su escucha y acogida de la Palabra del Reino de Dios, han recibido el cumplimiento de las promesas divinas en las que han esperado y confiado pacientemente, con un corazón libre y disponible, vaciado de todo apego como ser el tener, el poder o el placer. Los ricos, los hartos, los satisfechos, los poderosos están demasiado llenos de sí y de las cosas que no permiten que la buena semilla florezca. Para Lucas en efecto, la riqueza son el símbolo de las posesiones del egoísta y del orgullo de los poderosos, es el gran obstáculo para encontrar como diría san Francisco de Asís, la “dicha perfecta”. Las Bienaventuranzas enseñadas por Jesús, nos revelan “el camino a la felicidad”, es decir, “Su camino”. Esto porque las Bienaventuranzas “iluminan las acciones de la vida cristiana y revelan que la presencia de Dios en nosotros nos hace verdaderamente felices”. Las bienaventuranzas son la “carta de identidad” del cristiano, porque describen el rostro y el estilo de vida de Jesús (Papa Francisco, Audiencia General, enero 2020). Preguntémonos: ¿Cuánto de bienaventurado tengo ya alcanzado en mi vida? ¿Vivo las limitaciones y sufrimientos de la vida con la paciencia de los pobres de Yahvé que aguardan en su Palabra?
La primera lectura de hoy nos sirve de marco para el anuncio de la buena nueva que nos ofrecerá el evangelio de hoy. Isaías recibe la llamada del Señor, que aparece como la invitación para un voluntario a la misión: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?” (cf. Is 6,1-2.3-8). Los verbos “mandar e ir” son típicos de los relatos de vocación que recorren toda la historia de la salvación. Dios aparece como el que nunca se equivoca, sabe elegir a sus instrumentos humanos para su proyecto. Isaías responde: “¡Aquí estoy, mándame!”. Este relato está ricamente desarrollado, ya que tanto la llamada de Dios y la respuesta del profeta, se ven llenos de libertad, conocimiento recíproco, prontitud y entusiasmo confiado. A la narración del profeta Isaías se une ahora en la evangélica que nos presenta la historia de un pescador que es llamado a ser el primero de los Doce, Simón Pedro, que también se declara pecador. En esta narración, Lucas nos presenta la trama en cuatro escenarios: en primer lugar viene la presentación de los protagonistas, el Mesías que está iniciando su misión y un grupo de humildes e incansables pescadores que trabajan con esperanza de sol a sol. En segundo lugar se da la presentación de los protagonistas, Jesús y el grupo de pescadores encabezados por Pedro. Es el primer contacto entre ellos. Pero es en el tercer momento de este drama, que aparece la “Palabra de Jesús”, ésta invita y propone un camino de riesgo, Pedro desea fiarse de ella, y abre el camino de la respuesta total. Finalmente en el cuarto momento, emblemático de todo relato vocacional: “dejar y seguir”, se dan los verbos de la respuesta a la llamada. Como Isaías, Pedro también tiene que reconocer su miseria y dejarse librar de ella. Lucas es el único evangelista que subraya el desenlace final: “Dejaron todo”. Hoy domingo, escuchando la Palabra de Dios, se nos abre de nuevo el camino a escuchar la llamada del Señor, ésta sigue vigente, constante y presente para todos y cada uno de nosotros. Éste que es el Cristo, el Hijo de Dios, que sigue ofreciendo desde la barca que es su Iglesia, una misión de perdón y de salvación para todos. Preguntémonos: ¿Cómo reacciono ante esta Palabra de Dios que hoy se nos ofrece? ¿Me siento interpelado a dar una respuesta al Señor desde mi actual estado de vida? ¿Qué le digo al Señor después de su mensaje?
El lector tiene en sus manos una interesante Introducción general a la Sagrada Escritura, en la que su autor, Fray Milton Jordán Chigua OFM, nos hace una visión panorámica importante, fruto de sus años de trabajo pastoral y de investigación, así como de su labor docente como profesor de Sagrada Escritura.