“Cuando oren, digan Padre…” (Lc 11,1-13 – XVII Ordinario)

“Cuando oren, digan Padre…” (Lc 11,1-13 – XVII Ordinario)


Sí seguimos la secuencia con el evangelio del domingo pasado, podemos decir que la vida del discípulo centrada en la escucha de la Palabra de Jesús, como María la hermana de Marta, hoy se invita a buscar en nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la fuente de esa gracia que nos mantenga fieles y constantes. Y, eso es la gracia de la oración. Necesitamos renovarnos en el propósito de ser orantes, tal como Jesús en este evangelio nos lo pide y el grupo de los Doce comprendió. Jesús advierte que orar es hablar con Dios como Padre. Mateo refiere en su forma más tradicional llamarlo “Padre nuestro”, Lucas en cambio tiene sólo una inicial palabra, “Padre”, que es ciertamente la traducción del original arameo usado por Jesús, Abbá, “querido padre, papá”. Palabra pues de gran intimidad, que sólo Jesús nos la podía revelar por su plena y total experiencia personal al referirse a Dios, como Hijo suyo que es. La audacia de Abrahán es superada por la audacia de Jesús, el Hijo, que invita a quien lo sigue a acortar las distancias entre Dios y el hombre, a sustituir la imagen de un Dios imperial e impasible por el rostro de un Padre que “nos enseña a caminar teniéndonos de la mano…” (Os 11,3). Orar es pues, una experiencia de hijos que se encuentran con su Padre Dios. Él que no se esconde para que no lo encuentren, o duerme y no quiere ser jamás perturbado; al contrario es el único que sabe de bondad para saber dar lo que necesitan los hijos. Debemos mantener el hilo de la constancia, a eso nos invita este evangelio de hoy. La oración no es una emoción, no es un resplandor, una experiencia ligada a la necesidad; es, en cambio, una respiración continua del alma que no se apaga si siquiera durante la noche. Si somos constantes en la oración, es porque sabemos que la oración es eficaz: “Pidan y se les dará, busquen y hallarán, toquen y se les abrirá”. Pero siempre repitiendo como el propio Jesús nos lo dijo: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Pedimos pero aceptando su santa voluntad, que no se equivoca y que siempre es un acto de amor hacia nosotros.


“Cuando oren, digan Padre…” (Lc 11,1-13 – XVII Ordinario)

“Y, nadie se la quitará…”(Lc 10,38-42 – XVI Ordinario)



Nos encontramos hoy en el núcleo del pensamiento del Evangelista Lucas, sobre el tema del lugar de la Palabra de Dios en la vida de la comunidad de discípulos. María según esta breve narración representaba casi plásticamente en la actitud simbólica del discípulo: el que se sienta “a los pies de Jesús”. Actitud que vemos también en el endemoniado curado de Gerasa, una vez que ha sido curado permanece “sentado a los pies de Jesús (8,35). El estar sentado deberá ser la actitud del discípulo que se pone cómodo para escuchar la Palabra de Dios. En el fondo Jesús alaba la actitud de quien está disponible para abrir los oídos del corazón a su mensaje, capacidad hoy en día necesaria ante el incremento del ruido exterior e interior. “Ésta es la única cosa necesaria”, es decir, el discípulo no puede renunciar a estar a los pies de Jesús para escucharle, desde su silencio interior, privilegiando toda palabra que salga de su boca. De tan elocuente enseñanza, brota hoy para cada uno de nosotros, la apremiante urgencia por reflexionar sobre nuestra capacidad de escucha ante la Palabra de Dios, proclamada desde el púlpito de cada templo en la Eucaristía, hecho eco en los grupos de estudio y oración, a través de las redes sociales, en las ediciones impresas, etc. Hoy se vive de una abundancia de Palabra de Dios en muchísimas áreas de nuestra convivencia familiar y social, pero no podemos decir que haya abundancia de vida coherente y ejemplar, de quienes dejándose empapar por ella producen los frutos de una vida santa y alejada del mal. El Evangelio de hoy, es llamada apremiante que busca desestabilizarnos ante la cómoda y frívola actitud que hemos optado ante la Palabra divina, como la misma Biblia lo dice lo dice de sí misma: “Es como el fuego, como el martillo que golpea la peña” (Jer 23,39); “Es como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar” (Is 55,10-11). Y, por su acción “viva y eficaz, más cortante que una espada de dos filos” (Hb 4,14), estamos seguros que seguirá ella abriendo los surcos y haciendo florecer de este modo también la aridez de nuestros desiertos espirituales, en donde Marta es la figura que está dominada por el deseo de estar siempre ocupada por muchas cosas olvidando la que es primordial.  Dejemos que hoy la Palabra de Dios se entronice y nos silencie en el corazón.   


“Cuando oren, digan Padre…” (Lc 11,1-13 – XVII Ordinario)

“¿Quién fue prójimo…? (Lc 10,25-37 – XV ordinario)



En este domingo Lucas entrecruza la parábola dentro de un debate entre el maestro de la Ley y Jesús. Ante la pregunta del escriba – “¿quién es mi prójimo?” Jesús responde “¿quién fue prójimo del que cayó en manos de los ladrones?”. El prójimo para Jesús, según su parábola es el que se pone de parte de quien tiene necesidad. Así se define categóricamente la palabra “prójimo”. En la parábola, no más de cien palabras griegas, se crea unas escena para no olvidar. Sin mencionar nombre alguno, Jesús cuenta, que ese anónimo baja de Jerusalén por el camino romano de 27Km que de la ciudad santa de Jerusalén conduce al oasis de Jericó superando un desnivel de 1,100 metros. Parece que ese camino ha sido famoso por los innumerables asaltos que continuamente se hacen a través de los siglos, por lo que Jesús sabiendo la fama de ese camino, se refirió a él para su narración. Ante el asaltado que ha quedado medio muerto, aparece la escena de un sacerdote, que seguramente venia de su servicio en el Templo: “Pasó más allá de la otra parte”, igual hizo el levita… el verbo usado antiparelthen, hace alusión a la manera cruel de dar un giro alrededor del herido y seguir su paso, sin la menor compasión y es más con algo de repulsión por arriesgar su pureza legal personal ante la sangre del herido que podría contaminarlos. Pero el relato no se detiene allí, su cumbre es la aparición en el camino de un samaritano considerado étnicamente y religiosamente despreciable, pero que mostro compasión: venda las heridas, les hecha vino y aceite, lo sube sobre su cabalgadura, lo recomienda al dueño de la pensión, usando Lucas dos veces el verbo “cuidar”, prometiendo pagar a su vuelta dos denarios, el sueldo de unos dos días para un jornalero. Este sí que se ha hecho prójimo de quien le necesitaba, asumió personalmente su mal, se puso en el lugar suyo y actuó, con un amor de compasión y solidaridad. Con la enseñanza de Jesús de este domingo, comprendemos que movidos por el amor de Dios, podemos hacer del amor algo posible, de la generosidad una actitud continua en relación a los que nos puedan necesitar y de la vida cristiana una perenne manera de ser como Dios llenos de amor y ternura por todos sus fieles en un mundo de desigualdades sociales y dolor por la pobreza y el abandono de muchos.

“Cuando oren, digan Padre…” (Lc 11,1-13 – XVII Ordinario)

¡Vayan!” (Lc 10, 1-12.17-20 – XIV Ordinario)



El relato de este domingo sigue en continuación con el del domingo pasado. Se trata de los “llamados” que entienden que lo son para ser “enviados”. Toda vocación (llamada de Jesús) tiene una misión específica. Ésta tiene su fuente en el “Señor de la mies”, como a la vez, su fecundidad se alimenta sólo con el contacto vivo y genuino con Él a través de la oración. Los que desean seguirlo habiendo escuchado su vos, deben estar dispuestos a vivir esa comunión íntima, pero además existen dos compromisos más que se ven señalados en este discurso de Jesús. Se trata de vivir siempre en la mansedumbre, de ser como “corderos”, es decir, anunciadores de paz que proponen y no se imponen con la fuerza o la violencia. Y, finalmente al ejemplo del “Maestro” optan por la pobreza. El que opta por ser mensajero del Evangelio, no hace de éste su mina de explotación para el propio enriquecimiento, al contrario siente que el don recibido, es su riqueza que la ofrece gratuitamente, consciente que su tesoro está en los cielos. Su ir al encuentro de los pobres y necesitados le hace dejar o perder “bolsas y alforjas” símbolo de un mínimo acaparamiento que no le está permitido a los que han puesto toda su confianza en el Señor; su estilo no es el del lobo rapaz, sino el del cordero que se dona hasta su última gota de sangre y sudor. Tan profunda radicalidad para la vida de los discípulos de Jesús, la entendió san Francisco en cuya primera regla de vida de los frailes menores, reproducía literalmente esta precisas palabras de Jesús. Finalmente, todo discípulo basa su entrega no en una relación intimista y estrictamente personal, sabe que hay garantías para su entrega, en el testimonio de aquellos que le han precedido y en el envío que el propio Jesús le hace: “Vayan, he aquí que los envío…”. Tan rico evangelio que hoy vuelve animar la experiencia misionera de todos. Hay que llenar la propia alforja de generosidad, pobreza, desapego, alegría y caridad, temas que afloran de este evangelio y que nos permiten redescubrir el sentido último y preciso de toda vocación al estilo de Jesús. Bien lo ha dicho el Papa Francisco, que somos una “Iglesia en salida”, el Evangelio de hoy es un retrato de la Iglesia que Jesús quiso y a la cual invita el Papa a redescubrir.

“Cuando oren, digan Padre…” (Lc 11,1-13 – XVII Ordinario)

“Se dirigió decididamente hacia Jerusalén” (Lc 9,51-62 – XIII Ordinario)



En este domingo el Evangelio y las lecturas de hoy refieren al vocablo “vocación”, que traducimos normalmente como “llamada”, la llamada que Dios hace a todo hombre y mujer que viene a este mundo. Esta llamada viene “escenografiada” en cuatro mini-narraciones bíblicas que tienen su origen en la acción del propio Dios.
La primera escena es la de la vocación de Eliseo, discípulo y heredero del gran profeta Elías. El manto es el símbolo del don profético: se lo echa sobre las espaldas en una especie de investidura. Y desde ese momento la vida de Eliseo, campesino de Abel-Mecolá, pueblo de Transjordania, queda trastornada. Deberá dejar su clan, su arado símbolo de su antigua profesión y deberá marchar al horizonte nuevo y luminoso de la vocación profética.
En contrapunto con esta narración Lucas nos presenta una segunda escena. Un aspirante discípulo anónimo escucha la sentencia de Jesús: “Ninguno que haya puesto mano al arado y luego se vuelve atrás, es apto para el Reino de Dios”. El arado, es símbolo del trabajo abandonado por Eliseo, se vuelve signo del nuevo trabajo del apóstol, cultivador (al llamar a los primeros discípulos, Jesús había hablado de “pescadores”) de hombres. Pero en esta propuesta para ser apóstoles del Reino, Jesús señala con diferencia del llamado de Eliseo, que no hay espacio para la “despedida de los de casa”. Se corta el pasado netamente, sin dilatación, compromiso, prueba, espera. El que entra en el Reino de Dios hace una elección radical y total.
En esta atmósfera de “fuego” están incluidas también las otras tres escena de vocación que traza el Evangelio de hoy. La tercera es la que se describe alrededor del desapego de las cosas y de los apoyos materiales. Y, la cuarta escena de vocación exalta, en cambio, el desapego de los afectos. Aunque legítimos y preciosos, éstos no pueden ser obstáculos. De allí que Jesús use esa perfecta formulación al estilo semítico de su tierra: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”.
En este viaje Cristo tiene una vocación precisa, la de la cruz en Jerusalén. A ella Él se dirige “decididamente”, con esta totalidad del ser que exigen también a su discípulo. Pero su peregrinación no tiene como arribo definitivo la colina del Calvario. Lucas nos recuera que la última meta de ese itinerario en el monte de Los Olivos, el lugar de la Ascensión, es decir, de la gloria.