“Había, pues, siete hermanos…” (Lc 20, 27-37 – XXXII).

“Había, pues, siete hermanos…” (Lc 20, 27-37 – XXXII).



La cercanía del cierre del Año Litúrgico con la solemnidad de la Fiesta de Cristo Rey del universo, nos va situando en un conjunto de lecturas que apuntan a esa realidad y la vivencia del Reino definitivo al final de los tiempos. Hoy se trata del destino de los justos que va más allá de las relaciones civiles o de sangre con que vivieron en este mundo. El futuro último no es una copia mejora del presente, sino que es un inesperado ingreso en lo infinito de Dios. La disputa sobre la resurrección final en la que Jesús es implicado por parte de los saduceos, un movimiento religioso judío apoyado por las altas clases sobre todo sacerdotes, tiene como fondo la doctrina del Antiguo Testamento sobre este tema delicado y fuerte, sea a nivel humano, sea a nivel teológico. Jesús anuncia la llegada del Reino definitivo donde se participará de una manera nueva al estilo único y originario de propio Dios, que todo lo ha hecho con sabiduría. Lo primero apunta a que seremos inmortales como Él, luego el propio Jesús anuncia la definición de Dios como el Señor de la vida, raíz de eternidad para todos los que están en comunión con Él. De esta certeza se desarrolla la segunda línea de reflexión, que señala el destino final del hombre. Un futuro que no debe ser trazado de manera ligera y respondiendo al modelo de vida terrena, como Jesús dice a manera de los “hijos de este mundo”; en cambio debemos afirmar a partir de la eternidad de Dios, que llegaremos a contemplarlo luego que resucitemos a esa vida definitiva y verdadera para entrar en el misterio divino, donde todos seremos como ángeles en su presencia. La resurrección final para entrar en el Reino de los cielos, es una participación en el misterio divino, que no se asemeja a una reedición de esta vida, sino que como hemos dicho anteriormente es algo del todo inédito por parte de Dios, y de lo cual nosotros criaturas no tenemos ni idea, ni semejanza alguna de lo que vemos, de lo que Dios ha preparado para los que lo aman. El Reino de Jesús se instaura con esa promesa cumplida en Cristo y por participación a todos los suyos: “Si morimos con Cristo creemos que también viviremos con Él” (Rm 6,8). “La muerte será destruida por la victoria” (1Co 15,54). Celebremos desde ya a la luz de esta palabra, la realidad de Cristo Rey del Universo, Rey de nuestra historia y de nuestros corazones. Gracias a su victoria sobre la muerte hay un Reino definitivo y verdadero.

“Había, pues, siete hermanos…” (Lc 20, 27-37 – XXXII).

“Hazme justicia…..” (Lc 18,1-8 – XXIX TO)



El caso judicial que Jesús presenta en la parábola de este domingo, es reflejo de la vida diaria de la Palestina pre-industrializada de su tiempo. En un lado de la escena yergue un juez arrogante, convencido de que no hay nadie por encima de él y que a sus pies no hay sino súbditos. En el otro está una pobre, pero pobre viuda indefensa. Recordemos que los “huérfanos y la viudas” son en la Biblia emblemáticos de las personas más débiles expuestas a todo tipo de abuso, sin abogado alguno más que Dios. Bajo este ropaje literario, podemos imaginar a esta andrajosa mujer pasando por los fríos salones llenos de gente buscando justicia y a lo mejor hasta tuvieron los guardias que sacarla a la fuerza. Tan cruda imagen narrada por Jesús, pondrá en gran relieve a ese juez que ante el grito continuo de la viuda: “Hazme justicia contra mi enemigo”, decide cumplir su petición, no porque le interesase el caso, sino porque está aburrido de verla y oírla en su corte. Claro la parábola en nada quiere presentar a Dios con este malvado juez; ésta por su parte quiere hacer resaltar cualidades de sus personajes, y aquí sobresale la “constancia” que en la viuda es imparable. Entonces, como Jesús quiere que oremos siempre, nos señala a esta viuda como modelo para nuestra constancia en la vida de oración. Hoy, es un tema fascinante porque nos desafía a todos. Tan llenos de resultados casi inmediatos, el hombre y la mujer de hoy, no cree en el poder de la oración. Muchos piden oración sólo cuando hay urgentes y apremiantes necesidades, pero eso de orar siempre y en todo momento dejémoslo para los sacerdotes y consagrados y consagradas. Este domingo ante lo apremiante que el Reino de Jesús nos insta a la oración, veamos en las palabras de San Pablo, un aliciente también para orar siempre: “Les exhorto, hermanos, a combatir conmigo en la oración” (Rm 15,30). Y, en griego el verbo usado por el Apóstol es el de la “agonía”, es decir, el del combate decisivo y supremo. Cualidad indispensable de la oración, es por tanto, como la viuda de la parábola, la fidelidad aún en los momentos del silencio de Dios, en el tiempo de la aridez y de la oscuridad, que es un verdadero combate. Pero también, en esos momentos cuando todo nos va de maravilla y todo aparenta estar sobre ruedas, no dejemos la oración, no caigamos en la tentación de abandonar ese respiro del alma que es la oración. Podemos decir como los Apóstoles a Jesús: “¡Señor, enséñanos a orar!”.

“Había, pues, siete hermanos…” (Lc 20, 27-37 – XXXII).

“Hijo, tú estás siempre conmigo…” (Lc 15,1-32 – XXIV TO)



La Buena Nueva de nuestro Señor Jesucristo, este domingo está tomada siempre del Evangelista San Lucas, se puede llamar a este capítulo 15, un auténtico “mini-evangelio de la misericordia o de la alegría del perdón”. En efecto, es la parábola del hijo que regresa y de un padre que se ofrece toda compasión y oportunidad de volver a ese que se había él solo cerrado las puertas del hogar. No se trata de una narración de crisis, sino más bien de acontecimiento de encuentro y de la felicidad de esa oportunidad de encontrar al que se había perdido. Como toda parábola, los personajes y lo narrado invitan a la reflexión fruto del auto análisis, que llama siempre a una conversión, y ésta no es la excepción. Es más, el verbo bíblico de la conversión (en hebreo shûb), aquí usado, y que significa literalmente “retorno”, es el cambio de ruta que tiene que hacer el hijo de la parábola, porque recapacitando se ve que extravió el camino, con sus malas decisiones. Por lo tanto, la cumbre de la narración es esa nueva decisión que toma, que le presenta lo fundamental para el presente y sobre todo para el futuro de su vida: “Me levantaré e iré a mi padre”. Con la mejor escenografía de la parábolas narradas por Lucas, aparece el elemento espacial que nos lleva al espiritual. Ya que en el centro de toda la parábola, está en casa este personaje que domina la escena: un padre que espera sin perder la esperanza, sin tregua a la desesperación por el hijo que se fue. Este padre jamás lo desterró de su corazón y nunca le contó la cantidad de sus delitos, sino que los borró de su memoria y le esperaba siempre. Todo contrasta incluso con el hermano mayor del que se fue, que no puede alegrarse como el padre, por su vida hecha toda de egoísmo y egocentrismo. La parábola evidencia como el amor puede producir vida y esperanza, porque brota de un corazón siempre abierto al perdón y generoso hasta más no poder. La victoria del amor, para nuestro tiempo es la invitación de esta parábola que busca animar hoy a todo cristiano para que luche por hacer prevalezca en este mundo hecho de odio, rencor y venganza, esa gran dosis de amor que se traduce para el pecador en perdón y misericordia, al gran ejemplo de Dios, quien en Cristo nos ha perdonado a todos. En efecto, en algún momento también extraviamos el camino, y tuvimos la fuera para volver y pedir mil veces perdón. Bendito sea Dios, que perdona y olvida nuestras deudas.

“Había, pues, siete hermanos…” (Lc 20, 27-37 – XXXII).

“…Llamar a la puerta…” (Lc 13,23-27.29.30 – XXI Ordinario)



Con la imagen de “llamar a la puerta” con la que muchos de manera tardía desearán entrar en la Jerusalén del cielo, imagen evoca por igual esa puerta, la que está abierta para quienes habiendo conocido cual era la llave de ingreso, se mantuvieron fieles. Entrar, es la meta de la vida cristiana, entrar a esa Jerusalén que viene presentada en este evangelio de Lucas, el evangelista del universalismo cristiano, abierta a todos y en donde esa ciudad del espíritu, tendrá en sus libros los nombres de todos “ya no huéspedes y extranjeros, sino ciudadanos de los santos y familiares de Dios” (Ef 2,19). Aunque por igual la promesa de que incluso los paganos, como el samaritano será ciudadano, el Jesús de Lucas, añade un matiz polémico respecto a las mezquindades religiosas y racionalistas de todo tiempo. De allí la pregunta: “¿serán pocos los que se salven?”. Jesús supera el tema de la cantidad y pasa al tema cualitativo. Ya no es perteneciendo de manera a las tradiciones propias o de grupo, cumpliendo estrictamente las normas y preceptos establecidos, se entra por lo que es en realidad la llave que abre el ingreso, el sentido de pasar por la “puerta estrecha”, es decir, por el empeño serio y personal por la conquista del Reino de Dios. Esta es la garantía de estar por el camino correcto que lleva a la luz de la salvación. Se adelantan sobre todo los que están convencidos de ser “cristianos” y seguidores de Cristo más que sus amigos porque han gritado y señalado continuamente su identidad a los cuatro vientos. Pero he aquí la fría respuesta de Cristo repetida dos veces: “No los conozco, no sé de dónde son”. No basta haber “comido y bebido” la Eucaristía, o escuchado o proclamado su palabra, se trata de haber hecho la opción fundamental por Él y su Reino, la elección que comprende el todo de nuestra vida, nuestra inteligencia y voluntad, tiempo y trabajo, alegría y juventud, etc. Jesús lo pide todo, nuestra fe y amor plenos que nos abra las puertas de la fiesta eterna del cielo. Así este verbo griego usado por Lucas y traducido por “esfuércense” es todo una exhortación: agonizesthe indica una lucha, esa especie de “agonía” que supone el combate, lleno de lucha, sufrimiento y fatiga que involucra todo el ser y no solo la mente y el corazón. A esto nos llama el evangelio de hoy, a luchar con todo nuestro ser por alcanzar con alegría y perseverancia el Reino de Dios.

“Había, pues, siete hermanos…” (Lc 20, 27-37 – XXXII).

“La finca de un hombre rico dio una gran cosecha…” (Lc 12,16-21 – XVIII Ordinario)



La elocuente parábola de Jesús para este domingo, nos permite ver un extraordinario contraste entre el proyecto del hombre rico que se contempla con una bodega de “muchos bienes para muchos años”, viéndose en su futuro próximo y lejano lleno de alegría, placeres, sin la más mínima señal de preocupación alguna o desventura. Pero junto a esta visión miope de la vida señala Jesús, que el designio de Dios para él estaba marcado por aquella “misma noche”, como realidad inequívoca de que todo había llegado a su final. Por eso que la reflexión sapiencial que emane de estas dos posiciones la del hombre y la de Dios, lleva a la pregunta también formulada por Jesús: “¿Para quién será todo lo que has acumulado?”. De inmediato nos aflora en el final de esta parábola la afirmación espontánea que cada uno de nosotros puede hacer: ¡Qué pena por este hombre! ¡Tanto que trabajó para nada! El destino del hombre no está plenamente en sus manos, las afirmaciones que en el pasado se decían siempre antes de iniciar un viaje, una empresa, revelaban la sabiduría del hombre prudente: ¡Si Dios quiere! El Evangelio de hoy nos enseña que el destino del hombre, como el mismo designio de Dios para nuestras vidas, llegan de improviso, por lo que no hay que estar distraídos sino vigilantes y atentos. No se deben tener las manos llenas de cosas que hay que dejar a ver a quién, sino que hay que estar llenos de obras que nos acrediten justos ante Dios. Del mismo hombre anónimo de la parábola se deduce que la mejor opción ante la vida no es la de estar fijos viéndonos en nuestras reales o ilusorias esperanzas puestas en las cosas materiales, más bien deberemos estar todo lo contrario a él, es decir, estar de pie como un peregrino que está listo con su mochila y sus sandalias, para ir siempre caminando hacia delante. Bien nos recuerda el mismo Jesús: “Estén preparados y con las lámparas encendidas” (Lc 12,33.35). La pandemia que todavía vivimos nos puede dejar muchas lecciones y, una de ellas bien podría decirnos que la fragilidad del ser humano, invita a pensar siempre en Dios y esperar todo de Él, porque sólo Él ha sido nuestro origen y será nuestro final destino.