En este domingo tanto la primera lectura de hoy como el santo Evangelio, presentan el silencio de una comunidad creyente dispuesta a escuchar la catequesis originada de la Palabra de Dios. Tres son los verbos fundamentales que sostiene esta y toda otra proclamación de la Palabra. El primer verbo es “leer” la Biblia, pero no de cualquier forma. El segundo verbo es el de la “explicación de sentido” terminando con el verbo “comprender”. El comprender tiene su carácter sapiencial, es decir, busca el sentido sabroso, intenso, de este alimento para la inteligencia y el corazón. Jesús en el relato de hoy cumple este proceso cuando de pie se puso a leer el texto sagrado. Pero pronuncia una sola frase que revela que todo lo profetizado por Isaías se ha vuelto realidad “hoy”, precisamente en Él, Jesús de Nazaret. Lucas haciendo esta narración suprema y solemne retrata al Mesías, que ya está hecho hombre entre los hombres, viniendo para cumplir la esperanza de los pobres, de los ciegos y los oprimidos, al liberarlos y salvarlos. ¿Qué nos dice este texto hoy a nosotros? Que Cristo entra también hoy a nuestros templos con su Palabra que es leída, explicada y comprendida. La salvación que trae requiere este proceso de asimilación que nace de la escucha, y que nos lleva, como nos ha narrado la primera lectura a dos actitudes: la primera de conversión (primera lectura): “Todo el pueblo lloraba mientras escuchaba las palabras de la ley”, signo de arrepentimiento, con un corazón adolorido por el pasado. Y, de gozo “vayan, coman carnes gordas y beban vinos dulces”. De la aflicción se pasa a la fiesta, del ayuno al banquete festivo y suculento. Todo porque el Señor ha cancelado la deuda de su pueblo y le ha enviado como moneda de rescate a su Único y Predilecto Hijo: Jesucristo. El “Hoy” del cumplimiento sigue vigente también para nosotros, que hoy estamos aquí escuchando su santísima Palabra, la que sale de su boca en este Año Santo Jubilar.
Al estar viviendo el Jubileo de este año 2025, hagamos como lo señala la liturgia ortodoxa para este día: “¡Corramos también nosotros al Jordan para ver cómo Juan Bautiza la cabeza inmaculada no hecha de mano de hombre!”. Fecha importante para el proprio Señor quien con esta acción realizada por Juan, inicia su ministerio público. Así hoy terminamos el tiempo de la Navidad, con la fiesta del Bautismo del Señor. El acontecimiento narrado por Lucas y por los otros evangelistas tiene en el centro “una visión” que los especialistas llaman “una visión interpretativa”. Ella explica el acontecimiento maravilloso y cargado de significado el bautismo del Mesías, oculto bajo el ropaje de un rito de purificación para los que esperaban su llegada. Dos elementos caracterizan este relato. El primero es el reconocimiento que los evangelistas hacen de una paloma, símbolo del Espíritu de Dios, que deberá posarse sobre el Mesías, como lo había anunciado Isaías: “Sobre Él es posará el Espíritu del Señor, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de conocimiento y de temor del Señor” (11,2). Este señalamiento nos hace comprender después de interpretar el hecho, de que en Cristo Jesús, se realiza la presencia perfecta de Dios que se revela al mundo, precisamente a través de la efusión de su Espíritu. Luego, el otro signo es la voz venida del cielo. ¿Qué podría decir el cielo mismo sobre Jesús-Mesías? Diría: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”, citando el Salmo 2,7. Los hebreos en verdad sólo eran hijos adoptivos de Dios, éste el Hijo, entre todos los hijos, “El Predilecto”, el Unigénito Hijo del Eterno Padre. En Cristo, converge, no sólo la esperanza del Mesías-Rey, hijo de David, sino también la figura del Mesías-Siervo sufriente, ya que en los “Cánticos del Siervo”, que en la primera lectura de hoy, aparece uno de ellos se dice: “He aquí a mi siervo a quien sostengo, he aquí a mi elegido en quien me complazco”. Tenemos, pues, en la escena del bautismo de Jesús una auténtica catequesis sobre el misterio de Jesús: Mesías, rey, siervo sufriente, profeta y sobre todo Hijo de Dios.
Con la luz de la Navidad ya cercana se ilumina este último domingo de Adviento, las dos figuras fundamentales estrechamente relacionadas son: el Mesías y su Santísima Madre. Por un lado en la primera lectura de Miqueas resplandece la figura de “Belén”. Ésta, la ciudad de David, lugar del nacimiento anunciado para el Mesías y una embarazada que está a punto de dar a luz a un nuevo David, rey de paz y de alegría, fuente de una renovada armonía para la humanidad. Y, seguidamente el acento sobre Cristo y María su Madre, se ve hermosamente completado en el cántico de Isabel, recogido en el evangelio de este domingo. Isabel prima de Maria y madre de Juan Bautista la saluda diciéndole: “¡Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”. La primera parte del saludo es una bendición, un concepto que en la Biblia y en el Antiguo Oriente estaba ligado sobre todo a la fecundidad. Toda mujer de Israel veía la bendición sobre su propio cuerpo al quedar encinta. Así pues, si la bendición es signo de la presencia eficaz de Dios en una persona, en María esta presencia es grandemente significativa y plena, porque María es la bendita por excelencia. La segunda parte del saludo de Isabel refiere al Niño que María lleva: “Bendito el fruto de tu vientre”. María ha sido la favorecida para ser Madre del Mesías, la mujer que físicamente lo engendrará, pero se aumenta la dignidad de tal madre al haberlo aceptándolo en primer lugar en la fe. Ella antes de concebirlo en su vientre lo concibió en su corazón, llegando a ser bienaventurada porque “ha escuchado la Palabra de Dios y la puesto en práctica” (Lc 11,27-28). Él, el que ella lleva en su seno, es el Bendito por excelencia, por quien se han hecho todas las cosas, este Dios en María, la llena de hermosa belleza y la hace templo del Altísimo que la cubre son su sombra. Cómo María, “La Creyente”, acerquémonos al pesebre para contemplar al Dios que ha puesto su morada entre nosotros. Con esta santa Palabra de Dios preparémonos para acercarnos al pesebre de Belén.
Entramos con este domingo a la tercera semana de Adviento, todo apunta a preparar con madurez el camino ya cercano a la Navidad. Juan el precursor con su actitud nos presenta una imagen de Cristo con rasgos claros y firmes. Cristo es exigente y el precursor anticipa dichas exigencias del Mesías en tres compromisos morales que impone sin ablandamientos, a las tres categorías de personas que interrogan: la gente, los publicanos y los soldados. Todo se resume en dos palabras esenciales, “justicia y amor”. El Bautista combate la espera de un Mesías envuelta en un halo de luz tranquilizadora y somnífera, que adormece las conciencias y eleva el espíritu a las certezas selectivas y subjetivas de cada persona en particular. Para Juan, la presencia del Mesías traerá fuego a la tierra, que exterminará la indiferencia de los corazones. Su presencia exigirá compromiso, nada de fugas estratégicas, de actitudes indecisas y de supuestos de hipocresía. Nadie podrá estar con Él y con su adversario, que sea éste la riqueza, el abuso del poder o la vida placentera sin más. El que escucha la voz en el desierto de Juan, entiende que ya se puso la chispa de fuego que encenderá el bosque, el hacha que cortará el tallo, la hora de sacar frutos. Es este domingo el llamado de la alegría, porque Jesús, como Mesías ya cercano no dejará a nadie indiferente, sumergidos en la neutralidad y sin desestabilizarse. Produciendo así la alegría que da vida sincera y la entrega sin medida. No es una alegría sentimental la que hay que experimentar este domingo, se trata de una alegría por una “causa”: ¡Jesús ha llegado a nuestros corazones y por eso estamos alegres! Cumpliendo así en nosotros la profecía de Sofonías de la primera lectura: “El Señor te renovará con su amor, se alegrará por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta” (3,14-18).
La referencia que hace Lucas al año decimoquinto de Tiberio, hace comprender a cómo las acciones de Dios se sitúan en el tiempo y en el espacio. No estamos leyendo en la Palabra de Dios de este domingo, fábulas o cuentos de camino real, como solemos decir. Es más, ella con la primera lectura del libro del profeta Baruc recuerda el retorno de los hebreos desterrados, cantado hoy incluso por el conmovedor Salmo 126 (125). En efecto, en el 586 a.C. Jerusalén destruida por Nabuconodosor, hizo que salieran de su tierra entre las lágrimas y las más tristes desolaciones. Pero ese camino que entonces habían recorrido con los ojos velados por la lágrimas, ahora lo vuelven a recorrer entre cantos de alegría, con los ojos llenos de felicidad; parece que el desierto ya no existe, ha quedado atrás. Ahora el temor, estaba en sentirse libres… El camino espiritual vivido en el destierro, les hizo comprender lo cuán difícil es ser libres. Con ese Salmo parece que el pueblo a una voz le dice al Señor: “¡No sabíamos, Oh Dios, cuán díficil es ser libre!”. Ese itinerario de retorno de Isareal hacia Jerusalén, ahora es simbólico para nosotros, que caminamos en este tiempo de Adviento. Señala el evangelio que “Dios habló a Juan”, para que nos diga ahora, en el presente y en el espacio de nuestra vida, que Dios, no se ha olvidado de nosotros, y que sus promesas, ya cumplidas en la llegada de su Hijo, se renueva hoy, como un nuevo amanecer. De aquí, que las palabras de Juan: “Preparar el camino del Señor” significa remover los obstáculos que retardan o impiden su llegada al corazón del hombre. Donde se pueda estar allí viviendo de manera dramática y real un destierro, peor que el que sufrió Israel en Babilonia, la voz de Juan invita a buscar apresuradamente la liberación, aunque ésta cueste mucho alcanzarla. Entonces para nosotros al igual que para ellos, el camino de la libertad se vuelve plano y alegre sólo después que sobre él se ha derramado el sudor y la violencia del cambio, es decir, se ha hecho una auténtica conversión personal, recorriendo las huellas del retorno a la casa paterna, como dirá el proprio Lucas en al parábola del Hijo pródigo. Esta es la fortuna de creer en Dios, el pasado puede quedar atrás, nuestro presente está siempre por delante.
“Tengan ánimo y levanten la cabeza…” (Lc 21,25-28.34-36 – I Domingo de Adviento) Iniciamos con mucha alegría el nuevo año litúrgico que en esta oportunidad nos prepara para el Jubileo del 2025, gracias por seguir al compáz de la Palabra de Dios dominical, a través de estos modestos comentarios y al deseo de hacer la Lectio Divina de manera personal y comunitaria. La lectura evangélica en este ciclo “C” del evangelista Lucas, nos invitará como los demás evangelistas a descubrir la figura extraordinaria de Jesucrisdieto. Como lo dice el teólogo alemán, Él es el die mitte der Zeit, el centro de la historia. Él nos lo presentará como amigo de los publicanos y los pecadores, como profeta que nos comunica la última y perfecta revelación divina, como el pobre que no tiene ni siquiera en dónde recostar la cabeza, como un peregrino hacia Jerusalén, como el salvador de las enfermedades físicas pero también de las miserias interiores, como sede del Espíritu Santo, que después de Él infunde sobre la comunidad de los discípulos. Lucas por lo tanto se convierte como lo señala Dante en su obra latina Manarquía, en ese scriba mansuetudinis Christi, el “escritor de la mansedumbre de Cristo”. Para ponerle “ritmo” a este tiempo Lucas nos invita a “ tener ánimo y levantar la cabeza”, es decir, a marcar el paso para la acción que nos debe mantener despiertos y vigilantes. Pero surge la pregunta: ¿Esperar qué? La respuesta la ofrece el evangelistas, esperar que la luz de Cristo que es como el pleno día, le permita al discípulo suyo, salir de las tinieblas de la noche, que simbolizada en el vicio, la indiferencia, el apego a lo material, etc. Quiere que el discípulo se ponga en pie y levante la cabeza hacia la luz, el amor la verdad. Un nuevo “Adviento” que haga emerger de estas liturgias un nuevo retrato del cristiano: hombre lleno de justicia, peregrino puesto en el camino recto, ciudadano del día y sobre todo amante de la vida, que sólo Jesús puede dar. Entonces: ¡Ánimo! Llega nuestra salvación. Dejémonos penetrar por la Palabra de Dios, ya que sin ella no hay posibilidad alguna para vivir, lo que la Iglesia quiere que vivamos como Adviento. Sin la Palabra de Dios diaria no hay Adviento. ¡Esto es así de sencillo!
“Dijo Pilato a Jesús: ¿Tú eres el rey de los judíos? ” (Jn 18,33-37 – Cristo Rey) El procurador romano Poncio Pilato ha entrado en escena con Jesús, después de que los sumos sacerdotes se lo han llevado para que decida su destino de vivir o morir. Todos los evangelistas reportan la pregunta que éste le hace a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Jesús le afirma claramente que efectivamente Él es rey, pero su reino no es de este mundo… no se trata de un proyecto político, de un sistema ordenado a las realidades socio-económicas o militares. El enfrentamiento de Jesús con Poncio Pilato, representan la contraposición de los reinos, que aparecen antagónicos. Por una parte está el reino imperial, que necesita ríos de sangre para sostenerse y dominar a así a sus súbditos, llevando así a la esclavitud. El de Jesús está basado en el acto supremo de la voluntad de Dios, su Padre, de acercarse a la humanidad como un acto supremo de amor, teniendo su realización no en la sangre de los otros sino en la sangre de su Rey y Señor. Por esto podemos definir al reino al que Jesús refiere como el “Reino de la verdad”. Y, “verdad” en el lenguaje bíblico –y en particular en el evangelio de Juan –es un termino profundo, evoca la revelación de la bondad del Padre, y que es expresión de la fidelidad de Dios a sus promesas de salvación, es el anuncio del reino divino, es el evangelio, es Cristo mismo. Desde este análisis, el reino de Jesús no tiene como ley el dominio, sino el servicio (cf. Mc 10,41-45), busca siempre la justicia, está oculto como una pequeña semilla en el campo, pero es indestructible y dará siempre fruto. El Reino es Cristo mismo en su realidad de Hijo de Dios glorificado, como lo presenta el Apocalipsis, es el Alfa y el Omega de la historia, es decir, la primera y la última palabra de nuestro acontecimiento humano, es “aquel que es, que era y que viene”, abraza en sí las tres dimensiones del tiempo, el pasado, el presente y el futuro. Al terminar hermanos, hoy el año litúrgico con esta hermosa y rica celebración tan cargada de sentido y esperanza, un gracias a todos por ser asiduos a la lectura de estos comentarios y pedirles sigan ayudándose con los mismos para la lectio divina. Feliz y santa fiesta de Cristo Rey.