
La liturgia de la Palabra de este domingo parece estar introducida por el texto de Qohélet al decir: “¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!” (Qo 1,2) de la primera lectura. Y la parábola que Jesús narra en este domingo encierra el profundo significado precisamente de “la vanidad humana”, que ante Dios y sus designios es más que vacío. En efecto, “vanidad” en hebreo es una especie de superlativo del vocablo habel/hebel, que significa soplo, vapor, humo, aliento, viento, vacío, vanidad, nada. Nuestras preocupaciones humanas contrastan con el proyecto de Dios. Se piensa como el rico de la parábola en buscar reservas “muchos bienes para muchos años”, queriendo así asegurar años futuros de disfrute, placeres y olvido de todas las responsabilidades. Pero,“¿para quién será lo que has acumulado?”, aparece el designio real de muerte, que llega “esta misma noche”, se le dice al rico. Jesús describe sin ningún tapujo o convencionalismo, la realidad de ricos insensatos, que se preocupan de llenar las manos, vaciando el corazón. El rico absorto por sus preocupaciones solo de acumular, olvida reflexionar sobre la triste realidad que le rodea y que sutilmente le envuelve como lo es la vanidad, preocupado en poseer más y más, olvidando lo que de él pueda pensar Dios, quien todo lo ve y juzga. Y, junto a su vanidad está la hermana de esta la avaricia, por la cual este se hizo rico sin miramiento alguno con tal de ser más y más rico. Su destino irremediablemente: ¡la muerte! Jamás pensó que con su gran cosecha podría ofrecer toda su ayuda a los muchos pobres que seguramente rondaban su finca pidiendo trabajo o ayuda. ¿Será que la riqueza nos hace ciegos? Con esta parábola Jesús quiere quitar la ceguera de los ojos y del corazón. Porque ciego estaba el rico al decir: “me diré: descansa, come, bebe y pásalo bien”, se miraba único árbitro de su vida y destino, olvidando al único Árbitro de la vida que le dice: “Tonto, ¡esta misma noche morirás!”.
PROPÓSITO DE LA SEMANA: Meditaré ¿cómo se puede ser rico a los ojos de Dios? Trataré de compartir algo de mis bienes con algún pobre necesitado. Hay que derrotar la vanidad y la avaricia.