
Querido lector, el Adviento es la voz de Juan y el desierto nuestra realidad contemporánea, tan llena de vacíos y soledad pero también de la presencia de Dios. Ante esta cruda realidad, sigue la voz de Dios, a través de la Biblia predicándonos el llamado a una vida auténtica, es decir a la conversión. Aunque todos pudiéramos hoy sustraer de esta nuestra realidad tanto pesimismo y negatividad, Dios hace suscitar de un tronco muerto, cómo lo era Jesé, el padre de David, un vástago, un comienzo absolutamente inesperado de vida: el vástago es, pues, gracia, un don de Dios porque esas raíces secas no podían hacerlo brotar. Esto es lo que nos explica maravillado el profeta Isaías en la primera lectura de hoy (11,1-4). Dios es siempre novedad y optimismo, compañero de esperanza. En el desierto donde predica Juan, pueden haber incluso árboles lozanos, pero sin frutos; la palabra del profeta, que es Palabra de Dios, le señala la hora del hacha que está lista para golpear y convertir esos árboles en leña para el fuego. Así comprendemos, que para la Biblia la mención de la naturaleza, no es solamente un escenario donde desarrollar una escena, es en realidad una gran parábola que desea hablar el corazón del hombre. Ahora se entiende, para qué Dios hará brotar un vástago: el mal ha contaminado su creación, ha hecho producir solo árboles sin frutos buenos, dando así espacio para el imperio del mal. El Mesías es su enviado, Él vendrá a limpiar el trigo liberándolo de la paja, es decir, desenmascarando el mal oculto bajos las hipocresías humanas y llevará a cabo una radical purificación de las conciencias limpiando y quemando escorias y desechos del mal. El llamado hoy es la conversión: “Convertirnos porque el Reino de los cielos está cerca”. En griego “conversión” significa cambiar la mente y la propia vida, cambiar la dirección del camino. Un vuelco total en los hábitos y en las costumbres.
Propósito para la semana: Haré mi examen de conciencia ante el Señor y me propondré como camino espiritual la conversión.