Este domingo queridos y apreciados lectores, iniciado ya este nuevo año civil, nos permite seguir el itinerario del evangelista Mateo, que inaugura el ministerio evangelizador de Jesús, con su entrada a las aguas del Jordán para ser bautizado por Juan. Este río mencionado recorre verticalmente no sólo toda la Tierra Santa, sino también toda la Biblia. Su nacimiento se encuentra en el monte Hermón al norte de la Palestina. Pasa por el Lago de Galilea y desemboca en el Mar Muerto, que es el punto más bajo de la superficie de la tierra a 400 mts. Pero como he dicho, recorre toda la Biblia, porque aparece en Gn 13,10 cuando Lot escogió como su sede principal el valle del Jordan y en el Nuevo Testamento será el escenario para la acción de Juan el Bautista e inicio de la misión de Cristo. Hoy la liturgia nos presenta ese hecho extraordinario en el cual el Cristo se presenta a Juan para su bautismo. Este río se hace el medio por el cual aquél que no necesitaba purificación, entra en el agua por primera vez manifestando de manera oficial su realeza misteriosa de Hijo de Dios y Mesías. Así el Jordán queda preparado para ser el símbolo del Bautismo cristiano, es cómo si detrás de Cristo entraramos todos los hijos adoptivos de Dios, convirtiéndose en el río de la Iglesia. En el año 400 de nuestra era, ya san Jerónimo testimoniaba como había encontrado muchos catecúmenos que recibian el bautismo en estas aguas del Jordán. Las Iglesias de Oriente llaman «Jordán» al pequeño canal que conduce agua para la fuente bautismal, agua que será bendecida en la solemnidad de la Epifanía cuando las iglesias orientales conmemoran por igual el bautismo del Señor. Así pues, nuestro Bautismo es, pues, un abrazo que el Dios trascendente nos da al hacernos sus hijos de adopción en el Hijo por excelencia Jesús. Con el Bautismo hemos entrado a la intimidad del misterio Trinitario realidad infinita de amor y comunión desde donde brota para nosotros esa maravillosa relación de paternidad y de filiación: como dice el profeta Oseas, Dios se inclina y nos eleva a su mejilla como el padre hace con su hijo para hacerlo comer (11,4). Celebrando el bautismo del Señor comprendemos además como el Jordán se convierte también en el río de la Nueva Jerusalén a la que un día aspiramos llegar.

Propósito para la semana: Recitaré el Credo de manera personal y renovaré mi deseo de ser cristiano para siempre gracias al bautismo. Recordaré quienes fueron mis padrinos.