Con la celebración próxima de la Navidad, preparada ya por este tercer domingo de Adviento, comprendemos que Dios ha hecho del hombre su causa, el asume su naturaleza y al hacerlo viene a salvarlo. Con su entrada al mundo, ciertamente, muchos enfermos han sido curados por sus milagros, pero sobre todo, muchos ciegos en el espíritu, muchos lisiados en la inercia, muchos muertos a la esperanza han sido liberados y salvados. Esto es lo que Juan el Bautista que estaba en la cárcel había oído hablar de Jesús, el Cristo. Juan el Bautista aparece este domingo, cumpliendo con su papel de hacernos presentar al Cristo, para quién él vive y se entrega. Él quiere que también nosotros, en cualquiera de nuestras cárceles voluntarias, podamos escuchar su definición de quien es el Cristo y su sobre todo señalarnos cuál es su misión. Para que sabiéndolo podamos aceptarlo como nuestro personal Mesías y Salvador, “el que tenía que venir”. La próxima Navidad es el inicio de la liberación, para el pueblo esclavo del pecado y de la muerte. El desierto y la tierra árida, símbolos de la miseria y del dolor, reflorecen y se llenan de color. Los cuerpos de los desterrados a quienes la primera lectura (Is 35,1-6.8.10) señala como los favorecidos de Dios, con su Enviado, y referidos en el hoy del texto a cada uno de nosotros, que estaban débiles, mutilados, adoloridos, se transforman casi en una nueva generación joven; la historia del hombre adquiere un nuevo sabor, se llena de libertad y esperanza. Para un incrédulo el desierto sigue en la gran cantidad de ciegos, sordos, cojos y los mudos de la realidad normal de la vida, acompañado por los nuevos males que afectan el cuerpo. La salvación no parece haber llegado a todos ellos… ¿Dónde está pues, el Salvador? El llegar a comprender su presencia y su misión nace de la escucha. Hay que escuchar el mensaje bíblico de Juan el Bautista para llegar a la fe, que cómo luz alumbra el camino hacia la esperanza que nos trae el nacimiento del Mesías.  La vida con la esperanza sigue siendo materialmente la misma pero es transfigurada. Y, a eso todos estamos llamados con el Adviento, porque muchas veces la salvación que Dios nos ofrece no coincide siempre con la que deseamos.
Propósito de la semana: Llevaré una ayuda a uno de los pobres de la comunidad y le anunciaré el mensaje de la Navidad.