“Y Jesús dijo: “Dichoso tú, Simón hijo de Juan…” (Mt 16,13-19- Fiesta Pedro y Pablo)

“Y Jesús dijo: “Dichoso tú, Simón hijo de Juan…” (Mt 16,13-19- Fiesta Pedro y Pablo)



En este domingo celebramos la fiesta de la Confesión de San Pedro y San Pablo, es decir, el don de sus vidas en el martirio por la causa de Cristo. Con sus vidas confiesan la fe en el único Cristo Señor. El inicio de la vida apostólica de Pedro, está referida a su propia llamada junto al lago de Galilea, Jesús con su palabra profética y eficaz es el que transforma a estos modestos galileos en “pescadores de hombres” (Mc 1,16-18). Desde este momento Pedro es asociado a la misión de Jesús en una posición de primer plano, como señalan además las listas de los Doce: “Primero Simón llamado Pedro” (Mt 10,2). El texto evangélico de hoy refiere a ese momento fundante de la vida de Jesús y Pedro en la escena de Cesarea de Filipo que se proclama en la liturgia de hoy. Habiendo proclamado Pedro “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” don de la gracia en su persona (“no te lo ha revelado la carne ni la sangre”), él es constituido fundamento visible “roca” de la comunidad mesiánica naciente de Jesús (“mi Iglesia”), y a él se confía la tarea de guía autorizada recibiendo como signo de esta potestad las llaves con el poder de “atar y desatar”. Así, después del Señor Jesús, Pedro es el personaje más citado en el Nuevo Testamento: su nuevo nombre “Petros” aparecerá 154 veces; de las cuales 27 asociado a su antiguo nombre Simón, mientras el arameo “Kefa”, “Pedro/piedra” resuena 9 veces, principalmente usado por san Pablo. Es por tal motivo que la Iglesia celebrando hoy el martirio de ambos apóstoles considerados columnas fundacionales de la Iglesia, probablemente martirizados en los años 26/27 de nuestra era cristiana en Roma, constituye el fundamento por igual para celebrar el día del Papa, legítimo sucesor del Príncipe de los Apóstoles. A Pedro y sus sucesores, nosotros hoy nos dirigimos no sólo como a modelos de fe y conversión sino como a guías que nos confirman en la misma fe y en la comunión eclesial. El Concilio Vaticano II, en sus documentos, no se enfoca en la figura del Papa como una persona individual, sino en su papel como sucesor de Pedro y cabeza visible de la Iglesia. Las frases que surgen del Concilio se refieren a la naturaleza del ministerio petrino y su relación con la colegialidad episcopal y la totalidad del pueblo de Dios. Ante la reciente elección del Santo Padre León XIV, hemos vivido con especial devoción y afecto todo un Cónclave por medio del cual, el Colegio de Cardenales, movidos por la acción del Espíritu Santo, mantienen su misión de dar a la Iglesia a través de los siglos al Vicario de Cristo entre nosotros. ¡Larga vida al Papa León XIV! ¡Viva el Papa!

El Padre Jenrry Johel Velásquez Hernández, Miembro de la Asociación de Biblistas Católicos de Honduras, Nombrado Obispo de La Ceiba

El Padre Jenrry Johel Velásquez Hernández, Miembro de la Asociación de Biblistas Católicos de Honduras, Nombrado Obispo de La Ceiba



La Ceiba, Honduras – El Vaticano ha anunciado el nombramiento del Padre Jenrry Johel Velásquez Hernández como el nuevo obispo de la Diócesis de La Ceiba. Este nombramiento es de gran relevancia para la Iglesia hondureña y, en particular, para la Asociación de Biblistas Católicos de Honduras (ABCH), de la cual el Padre Velásquez Hernández es un distinguido miembro.

El Padre Velásquez Hernández es reconocido por su compromiso con el estudio y la enseñanza de las Sagradas Escrituras. Su afiliación a la Asociación de Biblistas Católicos de Honduras, donde se desempeña como Párroco en Nuestra Señora del Carmen y Profesor en el Seminario Mayor de Comayagua, destaca su profundo conocimiento bíblico y su dedicación a la formación teológica. La ABCH es una entidad que agrupa a estudiosos de la Biblia en el ámbito católico, promoviendo la investigación y la difusión de la Palabra de Dios.

Con su sólida formación en el campo bíblico, se espera que el Padre Velásquez Hernández aporte una visión enriquecedora y un liderazgo pastoral fundamentado a la Diócesis de La Ceiba. Su pericia en las Escrituras le permitirá guiar a la feligresía con una base doctrinal robusta, fomentando una comprensión más profunda de la fe.

La Diócesis de La Ceiba, que abarca una importante región costera de Honduras, aguarda con expectación la llegada de su nuevo obispo. Se anticipa que el Padre Velásquez Hernández continuará la labor evangelizadora y social de la Iglesia, priorizando las necesidades espirituales y materiales de la comunidad. Su nombramiento es un motivo de alegría y esperanza para los católicos de la región, quienes confían en su liderazgo para fortalecer la fe y promover los valores del Evangelio.

Este nombramiento también resalta la importancia de la formación académica y el estudio bíblico dentro del clero hondureño. La labor de la Asociación de Biblistas Católicos de Honduras es fundamental en la preparación de sacerdotes y religiosos que, como el Padre Velásquez Hernández, están llamados a ocupar importantes puestos de servicio en la Iglesia.

La fecha de su ordenación episcopal y toma de posesión será anunciada próximamente. La comunidad católica de Honduras se une en oración por el Padre Jenrry Johel Velásquez Hernández, deseándole éxito en su nueva y trascendental misión como obispo de La Ceiba.

“Y Jesús dijo: “Dichoso tú, Simón hijo de Juan…” (Mt 16,13-19- Fiesta Pedro y Pablo)

“Sopló sobre ellos…. RECIBAN EL ESPÍRITU SANTO” (Jn 20,19-23 – Domingo de Pentecostés)


El evangelio de hoy nos recuerda que fue la tarde del día de Resurrección, cuando Jesús vuelto a la vida se reúne en aquel mismo día con sus amigos, es Él, pero distinto, diferente, ha entrado sin tocar o abrir la puerta, Él está ahora glorificado y posee la “gloria” que el Padre le ha dado, gozando ahora de manera plena y perfecta el “Amor” recíproco que hay entre Él y su Padre, que es el Santo Espíritu,   se coloca hoy como Señor Poderoso al principio de la Creación, como lo hizo desde el seno de la Trinidad, “sopla” para hacer nuevas todas las cosas… ¡Reciban el Espíritu Santo! Él resucitado es la fuente del don del Espíritu Santo, por eso es que Juan pone a Jesús dándolo en el mismo día de Pascua, y cómo Él lo había prometido cinco veces en los discursos de despedida durante la Última Cena. Y, junto al gesto de “soplar” recordando como he señalado anteriormente, el don de dar aliento de vida, están las palabras de “¡Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les serán perdonados…”! El Espíritu Santo crea una nueva humanidad libre del mal que queda borrado por medio del sacramento del perdón celebrado dentro de la Iglesia, como mediadora de tan maravillosa experiencia de re-creación.
Cerramos hoy a la luz de estos textos maravillosos en la liturgia de este día santo, reconociendo que la raíz del la efusión del Espíritu Santo está en la Pascua del Señor. Él emerge de la fuente inagotable de la vida del Resucitado, cumpliendo dos tareas para el vivir de la Iglesia nacida del costado abierto del Redentor: consolar y enseñar. Su presencia en el tiempo de la Iglesia hasta la Parusía, continua el anuncio obrado por Cristo. Su acción no nos hace tener en un relicario las palabras de Jesús, sino que las hace vivas, presentes, fecundas, las revela en su valor nuevo y oculto, las transforma en semilla que germina. Por eso el Espíritu es necesario para que la Palabra de Dios sea operante, se difunda y anime a la comunidad cristiana.

“Y Jesús dijo: “Dichoso tú, Simón hijo de Juan…” (Mt 16,13-19- Fiesta Pedro y Pablo)

Les enseñará todo…” (Jn 14,23-29 – VI Domingo de Pascua)



Cuánta necesidad tenemos hoy de pedir al Prometido, al Espíritu Santo que nos enseñe todo lo revelado por Jesús. En este domingo de Pascua, los textos tienen ya una revelación Trinitaria: el Padre enviará en el nombre del Hijo, el Espíritu Santo. La comunidad de los cristianos recién nacida del corazón traspasado del Mesías, está ligada profundamente por dos grandes valores, los del amor y los de la fe, como se nos ha venido diciendo en todos estos domingo. La raíz de estos dones es exquisitamente trinitaria. En efecto, la caridad nace y se alimenta por la presencia del Padre y del Hijo en el corazón de los fieles. La fe, en cambio, es sostenida sobre todo por el Espíritu Santo, cuya función es precisamente la de “enseñar” y “recordar” toda la enseñanza de Jesús. No olvidemos que en el lenguaje del evangelista Juan “recordar” es un verbo con un claro sentido técnico; está indicando la interpretación profunda de la Palabra de Jesús a la luz del misterio Pascual. Todo lo que Jesús enseñó durante su vida antes de Pascua, tomará ahora un nuevo y definitivo sentido por la presencia iluminadora del Espíritu, que es el gran “Intérprete” de las palabras del Hijo. A lo largo de la historia estas palabras evangélicas nos mostrarán la fuerza y la eficacia de cuanto Jesús dijo y que han quedado plasmadas en los cuatro evangelios. Este pasaje de Juan nos ofrece, entonces, en este VI Domingo de Pascua, el retrato de una Iglesia que está ligada “verticalmente” a Dios en la fe y “horizontalmente” a los hermanos en el amor. La fuerza regeneradora de la Pascua, se hace actual en el presente de la Iglesia, constatando, que “Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo se llena de vida” (Christus Vivit 1). La Palabra de Dios de este domingo, unida a la celebración litúrgica llena de alegría en los cantos y las flores, como en el ánimo espiritual de los fieles, permitirá aprovechar tan maravilloso don que actualiza de manera real el “Misterio” de lo que somos y estamos llamados a ser. No olvidemos que por el Espíritu Santo, “El Padre que está en los cielos se dirige, en los sagrados libros, con gran amor a sus hijos y habla con ellos; y la palabra de Dios tiene tal fuerza y poder, que es apoyo y energía de la Iglesia, fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de vida espiritual”. Dei Verbum (Constitución sobre la Divina Revelación del Vaticano II), n. 21.

“Y Jesús dijo: “Dichoso tú, Simón hijo de Juan…” (Mt 16,13-19- Fiesta Pedro y Pablo)

“Yo les doy la vida… y jamás se perderán” (Jn 10,27-30 – IV de Pascua)



Celebrando la Pascua de Resurrección, el primer elemento que nos ofrece la Palabra de Dios en este domingo, es la certeza que somos ovejas de Jesús, el Buen pastor. Incluso antes que naciéramos ya su voz había resonado para que una vez que viniéramos a la vida, tuviéramos la más profunda inclinación a la dulzura de su voz. Para la Biblia “escuchar” es más que oír, implica adhesión alegre, obediencia, elección de vida. Quien ha escuchado la voz inconfundible de su pastor, le sigue, de manera cotidiana y continua, incluso cuando aparecen las garras del lobo intentando devorar nuestra carne y destruir nuestro espíritu. Pero es precisamente aquí, cuando vale recordar que somos sus ovejas, Él nos asegura que nadie nos podrá “arrebatar” de su mano segura y omnipotente, “¡Jamás se perderán!”. La resurrección de Cristo le ha hecho ser vencedor, para que junto a Él venzamos también todos los suyos. Así lo presenta esa gran multitud de “toda nación, raza, pueblo y lengua” en la segunda lectura del Apocalipsis. Pero esa gran consumación de la historia, toda unida bajo un solo y único pastor, implica una real adhesión al “buen pastor” que ha tomado la iniciativa de ofrecer su vida en rescate de todos, buscando tan anhelada unidad de su cuerpo. El texto del evangelio es invitación a seguir esa trilogía de verbos presentes, con esa gran carga de exigencia de fe, como punto de partida dice: “Escuchar-conocer-seguir”. Es todo un itinerario del discípulo que habiendo encontrado por la fe al Resucitado, ha escuchado su voz, busca conocerlo más y más, para luego tomar una decisión radical de seguirlo hasta el final, como prueba de que se llegó a esa etapa de madurez espiritual que es el amor por el Jesús, que en el domingo pasado fue confirmado por Pedro: “Tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Sólo desde este itinerario llegamos a la certeza de Pablo: “Estoy convencido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principado, ni presente ni futuro, ni potencia, ni altura ni profundidad, ni criatura alguna podrá jamás separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,38-39). Que la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas, celebrada este domingo, permita a los jóvenes escuchar de nuevo su voz y responder a sus llamadas. Y, que también las familias se preocupen por ser espacios de fe viva donde se permitan celebrar la fe y dejar que Dios hable al corazón de los hijos. De la oración por la vocaciones pasamos también al compromiso por ayudar a Dios a elegir a sus obreros.

“Y Jesús dijo: “Dichoso tú, Simón hijo de Juan…” (Mt 16,13-19- Fiesta Pedro y Pablo)

“¿Me amas más que éstos?”    (Jn 21,1-19- III Domingo de Pascua)



El tercer domingo pascual pone en escena en toda la liturgia de la Palabra, junto a la hermosa presencia del Resucitado, a un actor particular y principal, el apóstol Pedro. La figura de Pedro, que en Jn 20,3-10 desempeña un papel nada insignificante, pero sin alcanzar un perfil personal destacado, aparece aquí en el capítulo 21, con un fuerte relieve. Se ilumina su carácter (v.7b), se le confía un encargo (vv.15-17) y finalmente se descubre y explica su destino de muerte en el seguimiento de Jesús (vv.18-19). Se recoge, pues, y se amplía el interés por él, y desde luego más allá de la situación pascual, su situación ante la comunidad. Entremos en materia. Aquí en este domingo, lo vemos en acción en el libro de los Hechos de los Apóstoles: en el aula procesal del Sanedrín de Jerusalén él testimonia sin vacilación su amor y su fe en Cristo Resucitado. Idealmente podemos imaginar que, mientras él profesa su fe delante del tribunal o mientras sufre la pena oficial de la flagelación con los cuarenta azotes menos uno según la ley, en su mente tenga el recuerdo del acontecimiento vivido tiempo atrás en el lago de Galilea, ese espejo de agua que había servido de marco de su historia primero como pescador y después como pastor en sentido muy particular.
Veamos algunas particulares del texto evangélico. En dos escenas aparece reconociendo Pedro al Resucitado y este le hace la triple pregunta  si lo ama. La primera respuesta se extiende casi sobre dos momentos distintos, el de la pesca milagrosa y el del banquete que el Señor come con sus discípulos a la orilla del lago.  Por otro lado, la frase “echar la red a la derecha”, probablemente solo quiere ser un augurio y un auspicio de  buena fortuna, pues, en el lenguaje semítico “la derecha” es el símbolo de la buena suerte y del bienestar. El no reconocer a Cristo resucitado, es una constante en estos episodios, la Magdalena lo confundió con el guardián del jardín sepulcral. Esto nos indica que no se reconoce al Resucitado, por el simple trato familiar, de los ojos y de los sentimientos; es, más bien, el camino de la fe. Pedro, advertido por el innominado “discípulo amado”, reconoce a su Señor y se lanza hacia Él con todo el impulso de su amor. Así se convierte en el modelo del discípulo que sigue a Cristo. En conclusión, podemos decir que existe el texto la intención de rehabilitar a Pedro con una triple confesión de su amor por Jesús, borrando así el pasado de su triple negación. El perdón dado por Jesús lo invita al amor para que sea fundamento de esa específica misión que Cristo le confía de ser pastor supremo de su rebaño.