“Juan predicaba diciendo: ¡Conviértanse!” (Mt 3,1.10-12 – II Domingo de Adviento)

“Juan predicaba diciendo: ¡Conviértanse!” (Mt 3,1.10-12 – II Domingo de Adviento)


Querido lector, el Adviento es la voz de Juan y el desierto nuestra realidad contemporánea, tan llena de vacíos y soledad pero también de la presencia de Dios. Ante esta cruda realidad, sigue la voz de Dios, a través de la Biblia predicándonos el llamado a una vida auténtica, es decir a la conversión. Aunque todos pudiéramos hoy sustraer de esta nuestra realidad tanto pesimismo y negatividad, Dios hace suscitar de un tronco muerto, cómo lo era Jesé, el padre de David, un vástago, un comienzo absolutamente inesperado de vida: el vástago es, pues, gracia, un don de Dios porque esas raíces secas no podían hacerlo brotar. Esto es lo que nos explica maravillado el profeta Isaías en la primera lectura de hoy (11,1-4). Dios es siempre novedad y optimismo, compañero de esperanza. En el desierto donde predica Juan,  pueden haber incluso árboles lozanos, pero sin frutos; la palabra del profeta, que es Palabra de Dios, le señala la hora del hacha que está lista para golpear y convertir esos árboles en leña para el fuego. Así comprendemos, que para la Biblia la mención de la naturaleza, no es solamente un escenario donde desarrollar una escena, es en realidad una gran parábola que desea hablar el corazón del hombre. Ahora se entiende, para qué Dios hará brotar un vástago: el mal ha contaminado su creación, ha hecho producir solo árboles sin frutos buenos, dando así espacio para el imperio del mal. El Mesías es su enviado, Él vendrá a limpiar el trigo liberándolo de la paja, es decir, desenmascarando el mal oculto bajos las hipocresías humanas y llevará a cabo una radical purificación de las conciencias limpiando y quemando escorias y desechos del mal.  El llamado hoy es la conversión: “Convertirnos porque el Reino de los cielos está cerca”. En griego “conversión” significa cambiar la mente y la propia vida, cambiar la dirección del camino. Un vuelco total en los hábitos y en las costumbres.
Propósito para la semana: Haré mi examen de conciencia ante el Señor y me propondré como camino espiritual la conversión.

“Juan predicaba diciendo: ¡Conviértanse!” (Mt 3,1.10-12 – II Domingo de Adviento)

La sentencia del Rey: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”  (Lc 23, 35-43 – XXXIV TO)



Llegamos queridos lectores al último domingo del Año Litúrgico. Hoy el broche de oro es la contemplación del que crucificaron, entre ladrones y los gritos blasfemos de quienes lo injuriaban de principio a fin: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Cristo es Rey, pero su realeza no se manifiesta en un acto triunfal sino en una humillación, no se efectúa a través de un acto judicial supremo sino a través de un gesto amoroso de perdón. En efecto, mientras un ladrón deja de ver a Jesús después de haberle retado por su salvación bajándolo de la cruz, el otro le suplica: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. La respuesta casi como un último suspiro, como exhalando su aliento de vida para comunicarlo a otro, le remite al inicio de la creación misma, al Paraíso, que literalmente significa “jardín, lugar de las delicias”, que colocado al paralelo de “reino” evocaría algo definitivo y duradero. Veamos como Cristo no da cita en el lugar de la muerte, sino en el de la vida; Él no vino a anunciar al Dios de los muertos sino al Dios de los vivos (Lc 20,37), convirtiendo incluso su muerte en la definitiva puerta que abre ese destino al Paraíso. Así la pasión de Cristo se ha convertido en el “camino regio” que conduce a la humanidad pecadora al Paraíso perdido por la desobediencia de Adán y Eva. Al respecto que bueno escuchar el comentario de San Juan Crisóstomo sobre estos versículos: “Este ladrón ha robado el Paraíso. Nadie antes de él escuchó una promesa semejante, ni Abrahán, ni Isaac, ni Jacob, ni Moisés, ni los profetas, ni los Apóstoles: el ladrón entró antes que ellos. Pero también su fe superó la de ellos. Él vio a Jesús atormentado y lo adoró como si estuviera en su gloria. Lo vio clavado en una cruz y le suplicó como si hubiera estado en un trono. Lo vio condenado y le pidió una gracia como a un rey. ¡Oh admirable malhechor! ¡Viste a un hombre crucificado y lo proclamaste Dios!”.  Feliz fiesta de Cristo Rey y que Honduras reconozca que su Rey verdadero está ya entre nosotros. Que su Palabra meditada y recibida con fe nos haga construtores de su Reino de justicia y paz, para un país que lo necesita.

“Juan predicaba diciendo: ¡Conviértanse!” (Mt 3,1.10-12 – II Domingo de Adviento)

El Día de nuestro Rey: “¿Cuándo sucederá esto…?” (Lc 21,5-19 – XXXIII Domingo del tiempo Ordinario



El Evangelio de hoy, nos presenta a Jesús que camina junto a sus discípulos en los perímetros del templo de Jerusalén y ante el esplendor de ese complejo edificio tan querido al corazón de todo judío, declara: “Vendrán días en los que no quedará piedra sobre piedra. Todo será destruido”. Tal declaración es releída por Lucas como un signo que recuerda el acontecimiento ocurrido en el 16 de agosto del año 70 d.C., cuando los ejércitos romanos de Tito destruyeron el templo y la ciudad Santa. Todo en el pensamiento del evangelista enfatiza la sentencia profética del “Día del Señor”. Día en que el Señor vendrá y juzgará a las naciones y a su pueblo, es cuando Él entra en la escena de manera decisiva e inaugura su reino de justicia y de paz. Por este magno acontecimiento, el lenguaje es apocalíptico: guerras, carestías, pestes, terremotos y hechos aterradores y grandes señales en el cielo. Cercano el final del año litúrgico estos símbolos tienen la función de exaltar la espera del Señor cuando venga en su gloria, y no tanto el cuándo será el fin. Textos como los de hoy enfatizan el deseo de la humanidad creyente, que anhela se inaugure ese Reino de Dios, que Jesús ha venido a traer. Todo el lenguaje se destina a sacudir las conciencias pero no a atemorizarlas. El propio Jesús advirtió a sus discípulos a que no se dejaran seducir por estas sirenas tempestuosas, por estas pseudo-profecías, por todos los fanatismos, incluso proclamados en su nombre: “Miren que no los engañen…”. Jesús es Rey del universo, y llegará el momento en que ponga a todos su enemigos como dice San Pablo, bajo sus pies, pero el día y la hora nadie la sabe, por lo que debemos seguir siendo “Peregrinos de esperanza”, lema de este Año Jubilar, construyendo su Reino aquí en el aquí y la hora de este momento de la historia que nos toca vivir.

Propósito de la semana: Enumeraré las realidades temporales que nos señalan que el Reino de Jesús ya está presente en nuestra realidad y haré oración con ellas.

“Juan predicaba diciendo: ¡Conviértanse!” (Mt 3,1.10-12 – II Domingo de Adviento)

Visita de Cristo Rey: “Hoy ha entrado la salvación a esta casa” (Lc 19,1-10 – XXXI TO)


Para todo peregrino que visita Jerusalén normalmente deberá atravesar el estupendo oasis de Jericó, que tiene un ancho de 5Kms., anclado en el territorio árido y casi con superficie lunar de la cuenca del Jordán a 300 metros bajo el nivel del mar. En este contexto geográfico el Evangelio de hoy señala que Jesús se para ante un sicómoro, árbol de origen africano cuyo fruto es dulce parecido al higo. Aquí se dio el encuentro con Zaqueo, un detestado cobrador de impuestos romanos, una categoría social que Jesús ya había hecho protagonista en la parábola del domingo pasado. El nombre de Zaqueo era la forma griega del hebreo Zakkai, nombre llevado por uno de los oficiales de Judas Macabeo (2M 10,10), el que había guiado a Israel a la rebelión  contra la opresión sirio-griega de los seléucidas, en el 167 a.C. El Zakkai de Jericó está buscando ver a Jesús tal vez cansado de su mala vida. La narración evoca el itinerario de uno que busca algo, importándole poco hacer el ridículo al tener que subirse a un árbol, su necesidad le hace buscar la meta de cualquier forma. La mirada de Jesús que dirige a este hombre pequeño subido al árbol, señala el inicio de un verdadero viaje espiritual, el que tiene como meta la salvación: “Baja en seguida porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”. Este “viaje” es la historia de uno que se convierte radicalmente, no “deja para mañana la urgencia de su transformación interior”. El buscar y encontrar a Jesús no le deja indiferente, algo le tocó hasta el fondo de su ser, algo le hizo ver la luz y despuntó como la aurora la nueva vida. En verdad con Zaqueo, el “Hijo del Hombre” que vino a buscar y salvar cumplió su objetivo. Con quince vocablos de una auténtica conversión en lenguaje bíblico se expresa esa imagen maravillosa de un retorno del hombre hacia Dios. El Reino de Jesús que ha llegado, manifiesta con precisión que Jesús ha venido a buscar a los rechazados por la sociedad de su tiempo, a los delincuentes y pecadores, para anunciarles el tiempo de la gracia liberadora con la que Dios cumple sus promesas de salvación. Dios es el Dios de la vida, un Dios que siempre crea y ama, un Dios eternamente confiado respecto a sus criaturas, un Dios que tiene la pasión del perdón.
Propósito de la Semana: Anunciaré la Buena Nueva de Jesús a quien lo pueda como Zaqueo estár necesitándolo.

“Juan predicaba diciendo: ¡Conviértanse!” (Mt 3,1.10-12 – II Domingo de Adviento)

En el Reino de Cristo Jesús: “¡Oh Dios, ten compasión de mí!” (Lc 18,9-14 – XXX domingo del tiempo Ordinario)



Nos encontramos ante un texto contando por el propio Señor en parábola, se trata de dos actores, pero su verdadero protagonismo y su sentido profundo está en el tipo de oración que hacen. El fariseo ora delante de Dios justificándose, convencido que por todo lo que hace ya tiene ganada la recompensa de Dios. Y el publicano lejos de justificarse se presenta con una confesión de pobreza y de pecado. El fariseo, es pues, lo que no debemos ser, el sentirnos seguros de la salvación por lo méritos que realizamos ante Dios. En cambio, el publicano es el hombre humilde de fe que solo puede esperar que su salvación venga de Dios, ya que él es solo pecado y debilidad.
Jesús, revelador del Reino de Dios, manifiesta un renovado sentido de su presencia salvadora y la de Dios, su Padre, ha venido a buscar como ha señalado, a los pecadores no a los justos. El don de la salvación es muy superior a nuestro mérito y por eso nunca puede ser equiparado a una obligatoria recompensa por lo que ha hecho el hombre.
Si el domingo pasado pudimos pensar en la necesidad de orar siempre sin desanimarnos, hoy debemos de sentir el fuerte llamado de saber orar. La oración es el reflejo del corazón, de la vida, de la fe de una persona. Con todo la narración de este domingo tiene como finalidad, descubrir la raíz de todo pecado, la soberbia. La ilusión de salvarse por sí solos, con los propios méritos como hemos dicho anteriormente, sin la necesidad de Dios. Es como si volviéramos a la tentación propuesta a Adán y a Eva, ser como Dios. Así pues, el orgullo espiritual nos puede llevar a la auto-justificación. El hombre se convence de no tener necesidad de nadie para salvarse porque él se redime por sí mismo. Es fuerte el mensaje de este domingo, que aclara como ser humanos ante los demás y sobre todo ante Dios, a quien no podemos engañar. Sin lugar a duda, esta parábola está retratando nuestra realidad y ejemplariza cómo debemos de orar y comportarnos ante Dios. Él nos ayude siempre a ser humilde desde el corazón para que nuestra oración sea elevada hacia Él como incienso que sube a su presencia sin obstáculo alguno.

Propósito de la semana: Meditaré a la luz de este Evangelio cómo es mi oración ante el Señor.

“Juan predicaba diciendo: ¡Conviértanse!” (Mt 3,1.10-12 – II Domingo de Adviento)

Vayan a presentarse a los sacerdotes” (Lc 17,11-19 – XXIII TO)


Si el domingo pasado la invitación era a pedir un aumento de fe, este domingo inciste el evangelio en el conocer el proceso que lleva a la fe. Los diez leprosos del evangelio de hoy, representan al hombre alejado de Dios por su enfermedad (el leproso no puede dar culto a Dios ni participar de la asamblea del pueblo elegido). Por eso van a Dios por la mediación única de Jesús. Los diez segun narra Jesús fueron curados mientras cumplian su orden de ir a presentarse a los sacerdotes, pero sólo uno ha regresado al verse curado. Uno que además era samaritano, que viendose curado decide no quedarse como los otros nueve lejos del dador de tan maravilloso milagro. Decide regresar a Jesús para darle gracias. Éste se dió cuenta que lo operado en él, era un don de Dios, queda curado y acepta ser salvado, ya que en su retorno se expresa su conversión, es decir, no regresa a un simple curador, sino al Cristo Señor y Salvador. Para él su “fe le ha salvado”. Los verbos griegos usados por Lucas, son efectivamente en ascenso temático. Me explico mejor, todos los diez son “purificados”, según el sentido del primer término griego usado, son, por tanto, liberados de la enfermedad y de todas las consecuencias de “impureza” que la enfermedad creaba respecto el culto y a la vida civil en Israel. Pero únicamente el samaritano “es salvado” y el verbo griego sozein es usado aquí para expresar de manera solemne y exultante la liberación plena y todal del mal, sobre toda su antigua condición interior en que éste estaba sumergido. El don recibido le permite al samaritano, dar un paso en el primer día de su vida nueva, abrazando la fe en el que le ha curado, se hace discípulo suyo desde el agradecimiento para nunca más dejarlo. Quiere en ese volver, quedarse con Jesús, como decía santa Catalina de Ciena, porque “sólo Él puede lavar la lepra de nuestras culpas”. Este hombre experimentó una salud hasta lo más profundo de su alma y corazón. Fue tocado hasta donde sólo Dios puede llegar y por eso se vió obligado a regresar. Aquí está en verdad el verdadero y duradero milagro.
Propósito para la semana: tomaré a lo largo de la semana un momento para agradecer a Dios y si se puede al prójimo por esas ayudas que liberan el alma.