“Ningún profeta es bien aceptado en su patria” (Lc 4,24-30-IV Ordinario)

“Ningún profeta es bien aceptado en su patria” (Lc 4,24-30-IV Ordinario)

En el primer plano de las lecturas de hoy, escucharemos la historia amarga de un doble rechazo. En la primera lectura es el rechazo del profeta Jeremías y en el evangelio el del propio Jesús. Se trata del rechazo y agresión de sus propios paisanos, es un viaje marcado por la hostilidad que tiene como meta El Calvario, es el drama de la Palabra de Dios ignorada o pisoteada en los profetas y al final en el mismo Hijo de Dios. Toda la narración inicia con las palabras provocativas con las que Jesús termina su lectura en la sinagoga de Nazaret: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que han escuchado”, leíamos el domingo pasado. ¿Qué acaba de decir? ¿Cuál es su real significado? Su auditorio está más que informado sobre él y su origen (¿no es el hijo de José?). El culmen está también en que en esta su tierra no obra ningún milagro, como han dicho que ha realizado fuera de ella. Y, es que Jesús va más allá, recorriendo los ciclos narrativos de los libros de los Reyes relativos a los “padres” del profetismo bíblico, Elías y Eliseo, afirma que los milagros están destinados ante todo a los extranjeros y a los lejanos, tal como se los recuerda el caso de la viuda de Sarepta de Sidón y Naamán el Sirio. “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de indignación; se levantaron lo sacaron fuera de la ciudad, para arrojarlo por el precipicio”. El rechazo pues se hace agresivo y revela la falsedad de la aparente religiosidad que antes se manifestaba orgullosamente. Podemos decir que ellos tenían la fe en Dios como una inversión de la cual se obtenían todas las mas ricas ventajas. Pero la Palabra de Dios aunque incomode y desenmascare las falsas posturas de una religiosidad equivocada, no se apaga, sigue resonando sin detenerse jamás. Al respecto el Papa Francisco en su homilía del domingo pasado puntualizó: “La rigidez no nos cambia solo nos esconde, la Palabra de Dios nos cambia. Y lo hace penetrando en el alma como una espada. Porque si por una parte nos consuela, revelándonos el rostro de Dios, por otra parte provoca y sacude, mostrándonos nuestras contradicciones y poniéndonos en crisis”. Preguntémonos: ¿Estoy dispuesto a recibir este mensaje de Jesús y dejarme cambiar por él?

“Ningún profeta es bien aceptado en su patria” (Lc 4,24-30-IV Ordinario)

“Esta Escritura que acaban de oír” (Lc 4,14-21 – III Domingo Ordinario)

Por P. Tony Salinas Avery

                Celebramos hoy el Domingo de la Palabra de Dios, el Papa Francisco en la Carta Apostólica, en forma de Motu Propio, Aperuit illis, nos ha invitado a dedicar un domingo del Año Litúrgico a la Palabra de Dios. Situada en el III Domingo del Tiempo a lo largo del año, nos sirve de llamada de atención para proponernos una mejor escucha de la misma, en todas nuestras celebraciones y así dejarnos penetrar por toda su riqueza. Hoy el conjunto de lecturas nos invitan en primer lugar a “leer” la Palabra de Dios, pero no de cualquier manera, luego hay que “explicar el sentido” que ella nos ofrece. Un antiguo refrán dice que “toda la Palabra de la Biblia tiene setenta rostros”. Se debe con fe descubrir estos rostros, escudriñar el texto en todos sus sentidos: el término técnico para indicar el estudio de la Biblia es “exégesis” que en griego significa “sacar fuera” todos los tesoros, toda la fuerza, toda la espiritualidad de las páginas de la Biblia. Y, finalmente todo este proceso nos lleva a “comprender” lo que Dios nos quiere decir a través de ella con toda inteligencia y devoción en el corazón. En efecto, la Palabra de Dios no es una fría piedra preciosa sellada en un cofre, sino que es una realidad viva que debe empapar la existencia árida como la lluvia fecunda hasta el desierto (cf. Is 55,10-11). Por eso con el Evangelio de hoy vemos a Cristo que cumple esta misma Palabra proclamada y que entra también a nuestros templos con su Palabra que es leída, explicada y comprendida. Como el antiguo Israel que recibió entre lágrimas el texto encontrado de Escritura, también nosotros con lágrimas de conversión, queremos recibir a Jesús, Palabra definitiva del Padre, para que aplaque nuestras ansiedades y nuestros temores llevándonos a la alegría pascual, ilumine a los ciegos y sostenga y libere a los pobres y a los oprimidos. Jesús nos ayude con su ejemplo a ser conocedores de la Palabra de Dios, Él mismo lee la Biblia y busca explicarse a través de ella la voluntad del Padre, para luego poder decir: “¡Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad!”. Jesús en conclusión es la último y mejor acabado rostro que la Biblia nos pueda dar, en Él toda la Escritura llega a su cumplimiento.  “¡Dichosos los que cumplen la Palabra de Dios y la ponen en práctica!” (Lc 11,28).