“Pero yo les digo….” (Mt 5,17-37 – VI TO)

“Pero yo les digo….” (Mt 5,17-37 – VI TO)



Con el hermoso evangelio de hoy, vemos como para el propio Jesús de Nazaret el Antiguo Testamento sigue siendo Palabra de Dios, tanto en su valor intacto de normatividad personal y comunitaria para todo el pueblo de Israel. Al decir: “En verdad les digo ni un punto ni una coma desaparecerá de la ley hasta que todo se cumpla”, asegura que toda la Palabra tiene su carácter de revelación y cumplimiento hasta el detalle más microscópico como puede ser un jod (“jota”), la letra más pequeña del alfabeto hebreo, se cumplirá. Él ante la Palabra de Dios que escuchamos, pretende que no hagamos una lectura literal y legalista de ella, que nos impida ver su cobertura a los demás aspectos de la vida humana. En efecto, Jesús aparece hoy en la línea del espíritu profético, rompe el esquema legalista de la ley, advirtiendo que el Decálogo es un signo esencial de una actitud interior total que debe implicar todas las elecciones cotidianas. De allí el sentido de las afirmaciones: “Han oído que se dijo a los antiguos….. Pero yo les digo”. Con esta revelación novedosa que Jesús hace le da un vuelco a la religión judía transformando la observancia fría de un código legal a una adhesión total de la conciencia y de la existencia. Contra los 613 preceptos de la Ley enumerados por los rabinos (248 cuantos son los huesos del cuerpo y 365 cuantos son los días del año), Cristo nos recuerda citando por igual el Antiguo Testamento, que el mandamiento es uno sólo, pero que abraza todo acto y todo instante de la vida: “Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu mente y amarás al prójimo como a ti mismo”, de este mandamiento dependen la Ley y los Profetas” (Mt 22,27-40). En conclusión, hoy vemos que de este maravilloso Sermón de la Montaña, se han iniciado estas “seis antítesis”, rimadas por esa frase contante a manera de refrán: “Han oído que se dijo a los antiguos… Pero yo les digo”. A Través de esta técnica literaria de contraposición, Jesús desea demostrar cómo Él vino “no para abolir” el Antiguo Testamento sino para “llevarlo a su cumplimiento” y a su plenitud. Hoy hemos escuchado cuatro de estas antítesis, invitándonos a seguir muy de cerca ese cumplimiento y plenitud que Jesús-Maestro nos quiere revelar para que podamos aplicarlo en la vida personal y comunitaria los 365 días del año.

“Pero yo les digo….” (Mt 5,17-37 – VI TO)

“Una lámpara… ” (Mt 5, 13-16 – V TO)



El hermoso Evangelio de hoy nos pide una profunda y radical transformación, se trata del llamado a ser sal y luz del mundo. La vida sin en el sabor que da la fe se vuelve insípida y la luz se torna oscuridad. El sin-sabor y la oscuridad de muchos cristianos es el signo del alejamiento de la fuente del sabor y la luz que es el amor de Dios. Una lámpara sin aceite no sirve para nada, como la sal insípida. El anuncio de Dios no pasa sólo a través de las palabras sino también a través de las manos que que hacen operativas, es decir, capaz de gestar el bien en todas sus formas, conformándose así en las mismas manos de Cristo, que curaba y consolaba, abrazaba y devolvía la vida. El cristiano debe estar expuesto al sol de Dios como la ciudad puesta sobre los montes. Y esta luz recibida no se puede esconder en el “recinto oculto” de un grupo, de un movimiento eclesial, de una familia, de su comunidad eclesial, sino que se debe diseminar sobre todos los hombres y sobre toda criatura. El famoso filósofo Nietzsche ateo alemán, reprochaba a los cristianos: “Si la buena noticia de su Biblia estuviera también escrita en su rostro, no tendrían necesidad de insistir para que ceda a la autoridad de la Biblia: sus obras deberían hacer casi superflua a la Biblia, porque ustedes mismos deberían ser la Biblia viva”. Con estas dos imágenes de gran carácter simbólico, Jesús acertadamente hace comprender a sus discípulos que la vida en su seguimiento, tiene repercusiones claras y precisas orientadas hacia el amor por el hermano y la creación entera. Hay que saber condimentar la vida fraterna y llenar de aceite la lámpara para que brille mas. Así tanto la sal como la luz son signos de la vida. El Papa Francisco en la mayoría de sus homilías y mensajes exhorta a que nuestra vida cristiana en los tiempos presentes pueda en verdad dar sabor y luz de Cristo a estas realidades frías y insípidas que nos tocan vivir. Todos debemos tener la valentía de levantar la lámpara para iluminar, el sabor de la fe para transformar la realidad. Se trata de abrir la puerta del propio encierro para estar en estado de “salida” al encuentro de esos muchos que necesitan nuestra solidaridad y nuestro compromiso por que todos alcancemos la perfecta dignidad de los hijos de Dios.

“Pero yo les digo….” (Mt 5,17-37 – VI TO)

Benedicto XVI–el papa de la palabra de Dios

Padre Tony Salinas

En el libro del profeta Amós leemos: “Vendrán días en los que Dios enviará el hambre sobre el país, no hambre de pan, ni de sed de agua, sino de escuchar la palabra del Señor” (8,11). Cuando Israel instalado ya en la tierra prometida y experimentó el bienestar de vivir allí, olvidó vivir del Dios que les había sacado de Egipto y conducido 40 años por el desierto. “El Señor te ha alimentado con el maná que tú conocías para hacerte entender que el hombre vive no solo de pan sino que el hombre vive de lo que sale de la boca del Señor. Hizo luego brotar para ti el agua de la roca durísima” (Dt 8,2-3). En medio de la civilización del consumo y del bienestar que embota la conciencia, resuena el llamado del Deuteronomio y del profeta Amós a encontrar el hambre y la sed del desierto espiritual, es decir, el deseo de la palabra de Dios.

Celebrando este domingo 22 de enero el día de la Palabra de Dios, instituido por el Papa Francisco en el 2019, cómo no reconocer el camino que su santidad Benedicto XVI (QDDG), trazó en relación a la presencia de la palabra revelada en la vida y la misión de la iglesia. Ya con la institución del Sínodo de los Obispos institución permanente, creado por el papa Pablo VI el 15 de septiembre de 1965, había resonado dentro de la aula del Sínodo entre los padres sinodales, la necesidad de hacer después de la Constitución Dei Verbum (La Palabra de Dios), del Concilio Vaticano II, una reflexión sobre el camino que sigue la palabra de Dios en la todas las comunidades y ámbitos eclesiales y sociales. Es así que es el papa Benedicto XVI, papa venido de Alemania, donde la Biblia tiene a sus más y selectos especialistas de estudio sobre la misma, quien convocara un Sínodo de los Obispos sobre tan especial patrimonio espiritual como lo es la palabra de Dios contenida en la Biblia.

Así después de un mes de estudio y escucha, el domingo 26 de octubre de 2008 se concluyó este Sínodo, publicando sus conclusiones el 30 de septiembre memoria de san Jerónimo, del 2010. Se titula las conclusiones sinodales: “Verbum Domini” (La Palabra del Señor). Sus palabras en la homilía de la santa misa de clausura nos dejan su siempre legado y le hace ser el papa empeñado como el sembrador del Evangelio, a esparcir la sagrada de semilla en el corazón de la iglesia: “Todos los que hemos participado en los trabajos sinodales llevamos la renovada conciencia de que la tarea prioritaria de la iglesia, al inicio de este nuevo milenio, consiste ante todo en alimentarse de la palabra de Dios, para hacer eficaz el compromiso de la nueva evangelización, del anuncio en nuestro tiempo. Ahora es necesaria que esta experiencia eclesial sea llevada a todas las comunidades; es preciso que se comprenda la necesidad de traducir en gestos de amor la palabra escuchada, porque solo así se vuelve creíble el anuncio del Evangelio, a pesar de las fragilidades humanas que marcan a las personas. Esto exige, en primer lugar, un conocimiento más íntimo de Cristo y una escucha siempre dócil de su palabra”. Palabras del papa Benedicto XVI que son como un testamento espiritual ahora que él ha marchado para la casa del Padre. Su santidad Francisco, fiel heredero del mensaje que al respecto le ha dejado su predecesor, nos convoca para que todos en este domingo, podamos seguir cumpliendo el deseo del papa Benedicto y de toda la iglesia: “Junto a los padres sinodales, expreso el vivo deseo de que florezca “una nueva etapa de mayor amor a la Sagrada Escritura por parte de todos los miembros del pueblo de Dios, de manera que, mediante su lectura orante y fiel a lo largo del tiempo, se profundice la relación con la persona misma de Jesús» ( VD 248).

“Pero yo les digo….” (Mt 5,17-37 – VI TO)

“Ha brillado una luz…” (Mt 4,12-20 – III T. Ordinario)
Domingo de la Palabra de Dios.



Para Mateo en el Evangelio de hoy, presenta a Jesús que irrumpe con su presencia en el horizonte de Galilea, la región con muchos pagana, y aparece allí como la espléndida sorpresa del amor de Dios. El símbolo de la luz, clásico en todas regiones para hablar de la divinidad, señala la iniciativa de Dios que rompe su aislamiento y se dirige al hombre, lo envuelve y lo involucra en su luz, en su vida. Tiene pues realce en esta santa Palabra de este domingo, la iniciativa de Dios, que rompe como en el principio de todo, con su silencio y se hace presente para encontrar al hombre en su vida y en sus quehaceres. Así lo evidencia Mateo con su narración-vocación para los primeros discípulos. Jesús efectivamente transforma el modelo de la relación maestro-discípulo característico del mundo judío. El discípulo escogía al rabí-maestro, después de haberlo escuchado cuando hablaba en la plaza de la ciudad, por lo caminos o en la sinagoga. El estilo de Jesús está hecho de su palabra imperativa que advierte una decisión clara y rotunda, Él llama y no está equivocado en su elección. Encuentra a la orilla del lago de Tiberíades (o Mar de Galilea) a dos hermanos y les dice: “¡Seguidme!” y ellos atraídos de manera única por la gracia de Dios que los ha tocado dejan caer las redes y se embarcan en una aventura mucho más misteriosa de la que vivían sobre aquel lago. En Verdad: “No me habéis elegido vosotros, sino yo os he elegido”, les dirá el propio Maestro más tarde, cuando haya reunido al grupo definido de Doce. Con este Evangelio queda claro que la iniciativa será siempre de Dios, Él es quien elige, cuándo quiere y cómo quiere, agregando además que esta su voz, conteniendo el sentido de “llamar” nunca se ha terminado de pronunciar. En el Domingo de la Palabra de Dios, recibamos siempre este mensaje con la plena certeza y alegría, que es Dios en verdad, Dios mismo el que nos habla y nos quiere invitar a la aventura de vivirla en las nuevas aguas de los mares de la vida, a veces siempre agitadas y amenazantes. Domingo de la Palabra de Dios, para entender que Dios nunca se casará de llamar y elegir a los que Él quiera; propongámonos a estar siempre atentos a su voz y dejarlo todo como hicieron los discípulos para iniciar nuestra personal aventura en los caminos de Dios.

“Pero yo les digo….” (Mt 5,17-37 – VI TO)

“Hemos visto surgir su estrella…” (Mt 2,1-12 – Epifanía del Señor)



Los grandes protagonistas de esta celebración son los Magos, venidos de Oriente. Se trata en verdad de la “manifestación” en griego (epifaneia) de Cristo en la carne, hombre como todos nosotros. Este texto único que narra sólo Mateo, refiere y alude a esa gran procesión de los pueblos hacia Sión contada por el profeta Isaías, que revela esa conversión al único Dios manifestado en Cristo. La estrella a la que los Magos siguen sin duda refiere a ese viaje de fe, todo riesgo y peligros, como el de Abrahán que “partió sin saber adónde iba” (Hb 11,8). La novedad de este acontecimiento orienta a la comprensión que la vida cristiana es una búsqueda de Jesús que implica para encontrarlo todos los desapegos de esta vida terrena y más aún desapego de los propios criterios como poseedores únicos de la verdad, que como los sacerdotes de Jerusalén, por la fría interpretación de la Palabra no han sabido reconocer la llegada del Mesías. Pero, conociendo la intención universalista del Evangelio de Mateo, la trama de esta narración de la visita de los Magos, abre también la puerta a todos los no judíos dispersos por el mundo, para conocer y recibir la salvación que trae este Niño nacido de “Mujer” en Belén. La salvación no conoce fronteras políticas y culturales, todos la pueden recibir, como lo han personificado los Magos de Oriente. Es significativo además como el evangelista cierra el relato, los Magos aparecen como verdaderos creyentes que entrando a donde estaba el Niño con su Madre, se “postraron en adoración”, ofreciéndole además dones con magnífico y profundo significado: oro para la realeza de Cristo, incienso para su divinidad y mirra para su muerte. Finalmente, pensemos entonces estimados lectores que la explicación de la estrella como bien señala el dominico Padre Lagrange: “sobre ella nos puede decir más la teología que la astronomía”. En efecto, para la tradición bíblica y judía, la estrella es presentada como un signo mesiánico. En el capítulo 24 del libro de los Números leemos precisamente: “Una estrella aparece de Jacob y un cetro surge de Israel” (v.17). Para nosotros cristianos Cristo la luz verdadera a la que la estrella de Belén orientaba para que la siguiéramos siempre.