“Después sopló sobre ellos…” (Jn 20, 19-23 – Domingo de Pentecostés)

“Después sopló sobre ellos…” (Jn 20, 19-23 – Domingo de Pentecostés)



Con esta maravillosa celebración que cierra el tiempo de la Pascua, vemos como San Juan ambienta en la noche misma del día de Pascua la venida del Espíritu Santo. Es en el Cenáculo donde Cristo resucitado realiza ante todos un acto simbólico; para nosotros extraño pero para un oriental y para un lector de la Biblia, está cargado de significados: “sopló sobre ellos”. En la lengua hebrea como en la griega, una misma palabra significa tanto “el viento” como “el espíritu”, “el soplo” de “aire” y “el soplo” vital. En Gn 1,2 sobre la nada y sobre el caos pasa el “Espíritu” de Dios, semejante a un “viento” impetuoso y he aquí que florece el ser con todas sus maravillas cósmicas. Así con esta comprensión vemos el acto simbólico de Jesús de “soplar”, y es que el Espíritu de Dios es, pues, el soplo de la vida, la fuente de la creación, el principio de una nueva existencia interior. Así en Pentecostés narrado por Juan en la misma noche de la Pascua, Cristo aparece como el creador del hombre nuevo, liberado del pecado y del mal. Junto a las palabras que les dice ratifica esta imagen: “A quienes les perdonen los pecados les serán perdonados”. A través del Bautismo y la Reconciliación la iglesia celebra un continuo Pentecostés, que es la fiesta del perdón, de la vida nueva que florece para la humanidad y la garantía de la auténtica libertad. En esta celebración adornada y llena de contenido por la Palabra de Dios, hay que asociar textos tan maravillosos como “Envía tu espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 104). El Espíritu Santo donado por el Resucitado es el principio de la nueva creación y de la nueva humanidad. Una creación que se realiza a través del perdón de los pecados: los huesos áridos de la existencia pecadora vuelven a ser criaturas vivas, orientadas hacia las obras de la justicia bajo la acción del único Espíritu que puede renovar todas las cosas. Sin olvidar queridos lectores que Pentecostés era la fiesta estival de la cosecha. El judaísmo la había transformado en alegre conmemoración del don de la Ley del Sinaí, en donde Moisés había recibido los diez mandamientos para el pueblo de Israel. Con todo, llega a ser la fiesta de la Nueva Alianza, llena de la presencia del Espíritu de Dios infundido en los corazones de piedra del hombre pecador, según la promesa de Jeremías (31). En este marco de la fiesta judía como narra san Lucas en Hch 2,1-11 (que invito a leer), se derrama sobre el colegio apostólico y María Santísima del don prometido, el Espíritu Santo.



“Después sopló sobre ellos…” (Jn 20, 19-23 – Domingo de Pentecostés)

“Porque yo vivo y vosotros viviréis” (Jn 14,15-21 – VI Domingo de Pascua)



En este maravilloso domingo de VI de Pascua, iluminado profundamente por las palabras de Jesús, comprendemos un proceso dinámico de la vida Trinitaria, Cristo no está solo porque siempre tiene consigo al Padre. Nosotros por igual, nunca estaremos solos porque siempre estará a nuestro lado, como un abogado defensor, al Espíritu, que será, por tanto, el Consolador que Jesús ha prometido “Yo pediré al Padre y Él os dará otro Consolador”.
En los diálogos de despedida, Jesús nos habla indistintamente del Paráclito (Consolador) (Jn 14,16.26; 15,26; 16,7), del Espíritu de la verdad (Jn 14,17; 15,26; 16,13) y del Espíritu Santo (14,26). El Paráclito es un “Enviado”. Es el mismo Padre de Jesús quien lo envía. Sin embargo, lo hará en nombre de Jesús. En otros pasajes parece que es el propio Jesús quien lo envía, pero desde el Padre. Su función desde el Evangelio de Juan se define en dos misiones fundamentales: dar testimonio de Jesús en primer lugar (15,26) y conducir a la verdad plena (16,13). Así pues, podemos decir que el Espíritu es el continuador de la obra de Jesús, es el agente enviado por Jesús. Jesús ha sido enviado por el Padre, y se manifestó en la carne. Esto lo diferencia del Espíritu, que se hará presente a los discípulos, les consolará, les ayudará. Y, aunque no se hará visible ni a los discípulos ni al mundo (14,17), sin embargo los discípulos percibirán su presencia: lo conocerán, estará con ellos, se quedará con ellos (4,16).
Pues bien, teniendo claro lo anterior, vemos como en el evangelio de hoy, se repite cinco veces la presentación que se hace del Espíritu Santo, llamándolo en primer lugar “Consolador”. Como se sabe, el original griego habla de Paráclito, un término sacado del ámbito judicial en donde significa “abogado defensor”.
Para comprender este aspecto a primera vista extraño hay que evocar un dato sugestivo del cuarto evangelio. Juan ve el acontecimiento de Cristo y de la Iglesia como un gran “debate procesal”. Y, es que en el plano histórico y humano, Jesús aparece derrotado al morir crucificado en la cruz, su Iglesia perseguida; tanto el mundo pecador y su maestro de orquesta (el diablo) parecen triunfadores. Pero la realidad es otra, la pasión de Cristo se convierte en una marcha triunfal de Jesús hacia la cruz. Su muerte es más bien una victoria que una derrota. La cruz es más un trono que un patíbulo. El verdadero condenado ya no es Jesús de Nazaret, sino el acusador, que desde el principio del mundo ha hecho al hombre pecador. La Pascua es pues el testimonio del triunfo del bien sobre el mal de manera definitiva.

“Después sopló sobre ellos…” (Jn 20, 19-23 – Domingo de Pentecostés)

“¡Creedme…!” (Jn 14,1-12 – V Domingo de Pascua)



El comentario al Evangelio de este domingo, parte de una “auto-revelación” de Jesús, que nos llama a creer en Él. El marco espacial que se nos revela, es la Última Cena, el lenguaje está ubicado dentro de los así llamados: “discursos de despedida” de Jesús (Caps.13-17), narrados solamente por san Juan.
Llama poderosamente la atención la articulación armoniosa con la cual el evangelista nos va llevando a una cumbre teológica, rica de declaraciones fundamentales como la de hoy: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Su explicación profunda pero sencilla afirma, que para quienes acompañan a Jesús, Él no es sólo la puerta de las ovejas, sino también es el “camino” que nos conduce al Padre, a través de la “verdad” de su revelación, que es el Evangelio, y finalmente Él nos hace llegar a la “vida” verdadera en la unidad con las tres personas divinas. Jesús es pues, el comienzo y la meta de todo vivir humano, es el fundamento y la bóveda de la Iglesia de Dios, es su base terrena y su vértice más alto que toca y traspasa los cielos.
Sentados a la mesa, los discípulos escuchan atentamente a Jesús, Tomás apodado el Dídimo (que en griego significa el “gemelo”), ante las palabras de despedida de Jesús, cuando él afirma que tiene que hacer el viaje hacia la casa del Padre, lenguaje simbólico de un palacio celestial, que indica la comunión de Jesús con Dios, después de su muerte, Tomás se atreve a preguntar: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino”? La respuesta de Jesús esta cargada de poder: siguiendo sólo el Evangelio, por Él anunciado y que se ha encarnado en Él, es como encontrará el camino de la vida plena y perfecta, el camino para llegar a esa realidad donde estará Él.
Desde tiempos muy antiguos el término “camino (Derek)” se utilizó en sentido figurativo para referirse a la actividad humana en general. En Israel, los profetas, como los Salmos y los libros de la corriente sapiencial, enseñaron que los “caminos del YHWH” eran sus mandamientos. Los “caminos” que seguía el pueblo llevaban a la muerte, mientras que los de YHWH conducían a la vida. En el Nuevo Testamento, especialmente en el libros de los Hechos de los Apóstoles, también la comunidad cristiana primitiva se auto-designo como “el camino” porque se entendía a sí misma como una forma de vida que tenía su razón de ser en el acto salvador realizado en Cristo. Hoy podemos constatar entonces, que Juan lleva a su punto más alto esta idea, al afirmar que el “Camino” es Jesucristo.

“Después sopló sobre ellos…” (Jn 20, 19-23 – Domingo de Pentecostés)

“¡Adivina Cristo! ¿Quién te ha pegado?” (Mt 26,14-27.66 – Domingo de Ramos)


Una vez más la Biblia, nos muestra como el camino de la salvación no pasa necesariamente por el camino del triunfo, del que están acostumbrados los reyes y poderosos para salvar al pueblo, como se suele decir. De eso tratan la riqueza de lecturas de este maravilloso y significativo domingo. El camino de la salvación recorre como nos lo narra el Evangelista Mateo, una vía dolorosa, por la cual el “Siervo de Yahvé”, Jesús de Nazaret, vive ese camino entre las humillaciones y los sufrimientos. Es el “Evangelio de la Pasión”. Seguramente cada Evangelio que tenemos nació en su parte más primitiva de la tradición que narraba oralmente el camino que Jesús hizo desde la fortaleza Antonia, casa y tribunal del procurador romano, Poncio Pilato, hasta el lugar de la ejecución: El Calvario o Gólgota. No podemos detenernos en los particulares de esta narración larga y cargada de detalles del sufriente del Mesías, tanto Mateo, Marcos y Lucas, narran con detalles de acciones y personajes la forma como esa mañana del 14 de nissán, se ejecutó al Hijo de Dios. Narrada en el Domingo de Ramos, es una clara intención la que la madre Iglesia nos ofrece para que todos siguiendo la misma narración, ocupemos el lugar de uno de esos personajes ante el drama de Jesús. ¿Quién soy yo hoy dentro de ese relato del injusto condenado? ¿estaré siendo uno de eso soldados que se burla del así llamado mesías preguntándole ¿quién te ha pegado? En otras palabras le piden que haga de profeta, que adivine por nombre y apellido a sus verdugos. El Evangelio de la Pasión, no está proclamado para hacer memoria narrativa de un hecho del ayer, se proclama hoy para repensar y comprender que Jesús sigue hoy sufriendo la burla, de los que en su incredulidad ven en estos días y en estos hechos que celebramos, el fanatismo religioso de muchos, que ocupa los días enteros y las ocupaciones habituales, pero que a la larga pasa todo tan rápido y de lado, que no cambia la vida de nadie, ni transformas todas esas formas de pecado por la que Cristo ha dado la vida. Es por eso, que la detenida lectura de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, debe hacer la más exigente llamada a que todos los que la escuchemos con fe y devoción, sepamos tomar partida en esta pasión de Cristo, que sigue siendo la pasión de todos los hombres y mujeres que cómo Él desean que el Reino de Dios llegue en justicia y en verdad para todos. Que hoy más que ayer, la Palabra de Dios en estos “Días Grandes”, sea la buena semilla que produzca un fruto bueno y duradero hasta la eternidad. ¡Qué no pase de largo la gracia de Dios, sin entrar y quedarse en nuestras vidas!

“Después sopló sobre ellos…” (Jn 20, 19-23 – Domingo de Pentecostés)

“Ese hombre que se llama Jesús hizo todo…” (Jn 9,1-41 – IV Cuaresma)



El contexto en el que nos encontramos este domingo es precisamente la fiesta de las Tiendas, celebración otoñal hebrea destinada a conmemorar la peregrinación de Israel en el desierto: en la noche de esta fiesta, se encendían en los muros del Templo de Jerusalén, antorchas, braseros que iluminaban la ciudad santa. El sumo sacerdote, luego, bajaba procesionalmente a la piscina de Siloé para sacar con un botella de oro agua para derramar luego sobre el altar de los holocaustos. Luz y agua de Siloé son también los elementos esenciales del milagro de Jesús. Para el evangelista ese marco religioso, está apuntando como el arquero que se fija en su objetivo para luego tirar la flecha. El “signo” parte del ciego de nacimiento. Todo se refiere a partir de esta narración de milagro hacia el bautismo cristiano que en los orígenes del cristianismo se llamaba precisamente “iluminación”. Junto al signo vienen los títulos que se le dan a Jesús, que quieren precisamente por su misterio pascual ya próximo, señalarnos quien es en verdad Él. Así cercana ya para nosotros la celebración de la Pascua, debemos realizar nuestro itinerario de fe, a saber, llegar al reconocimiento de Cristo como hombre (“ese hombre que se llama Jesús); en Siloé Él se presenta como el “Enviado”, el supremo mensajero de Dios, como “el que viene de Dios”. El ciego que ahora ya puede ver lo considera profeta, pero todo apunta a una confesión de fe más fuerte: se postra ante Él lo reconoce como el “Hijo del Hombre” y más tarde como “Señor”, es decir, como Dios. Nuestro itinerario cuaresmal nos hace recordar que ante el misterio de nuestro Señor, podemos estar ciegos, un bautismo recibido que no nos ha iluminado de verdad, por lo que en este tiempo debemos realizar este viaje espiritual, que nos permita el crecimiento de la luz interior que sólo Jesús nos puede dar, a través de la Semana Santa. Como el ciego debemos lavarnos en la piscina de Siloé, que significa la piscina del “Enviado”, nuestros pecados, ya que el Envidado es Jesús, debemos ser bautizados en Él. El gran “signo” que san Juan nos ofrece, está pues indicando como el arquero con su flecha, hacia la noche santa de la Pascua, cuando el crucificado se levantará como el lucero de la mañana, para borrar todas las sombras de la muerte y transportarnos a su reino de luz. ¿Estamos caminando diligentemente hacia esa meta espiritual?

“Después sopló sobre ellos…” (Jn 20, 19-23 – Domingo de Pentecostés)

Jesús, fuente de Agua Viva” (Jn 4,5-24 – III Cuaresma)

El escenario para la escena evangélica de hoy, es el pozo de Jacob, refiere sin duda a esa mística muy gustada por el evangelista Juan, la “mística del espacio”, donde ubica el mensaje en un lugar que hable tanto como las palabras. El gran signo topográfico de hoy es el agua del pozo, que llama a un significado muy alto y profundo. Para el hombre oriental buscar agua es fundamental, sabe que no sólo es fuente de frescura y purificación, sino que es también la raíz de toda vida y fecundidad. El agua combate la muerte del desierto haciendo allí renacer la vida; el agua fortalece las fuerzas para el peregrino cada día. Bajo este concepto están las palabras de la mujer samaritana: “Señor, dame de esta agua para que no tenga más sed”, que para nuestro contexto es la súplica de todo cristiano. Buscamos no un agua que aunque fresca y santa como la del pozo de Jacob, no es suficiente, buscamos “el agua que brota para la vida eterna”, es decir, Cristo con su bautismo que nos regenera y nos da la vida verdadera: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí” (Jn 7,37). Vemos pues, como todo el diálogo, género literario joánico para presentar su mensaje, está precisamente basado en el agua. Para la Biblia misma es un gran signo teológico. 1500 versículos del Antiguo Testamento y 430 en el Nuevo Testamento, están podemos decir “sumergidos” en este fundamental tema, con su cometido fundamental de dar la vida. Por eso, este discurso es una invitación a retomar en el camino cuaresmal con el símbolo del agua tan amado en la cultura bíblica, con su profundo valor espiritual, como signo del bautismo y de la purificación para nuestra vida. San Gregorio Nacianceno, Padre de la Iglesia, exclama: “Dios tiene sed del que tenga sed de Él”. Referido a nuestro itinerario cuaresmal, es clara invitación a buscar en Dios el agua que calma nuestra sed interior y existencial. Sin Dios la vida es soledad y angustia, es vacío y desierto, en otras palabras es muerte. Así como la tierra está muerta sin la lluvia y lo vemos estos días de verano, así el creyente tiene necesidad de Dios y de su palabra para estar vivo y existir. Con las palabras del Salmo 63 podríamos orar esta semana tercera de cuaresma, haciendo eco de su mensaje: “Mi alma está sedienta de ti, como tierra reseca agostada sin agua”. La experiencia que narra Juan de la Samaritana, es llamado a descubrir al verdadero manantial de la vida y a experimentar como dice Santa Teresa de Jesús: “La sed expresa el deseo de una cosa, pero un deseo tan intenso que morimos si carecemos de Él”.